Ir al contenido

Cómo está gestionando la crisis la cúpula de poder en Irán

Una transición no sería solo un problema constitucional. Sería, sobre todo, una prueba de cohesión entre instituciones, facciones y aparatos de seguridad

El líder supremo Ali Jamenei, durante un encuentro con estudiantes en Teherán el pasado 3 de noviembre. Office of the Iranian Supreme Leader (via REUTERS)

En Irán hoy en día, la cuestión central no es quién reemplazaría mañana al líder supremo Alí Jameneí, sino quiénes están hoy mejor situados para decidir cómo se gestionaría ese relevo si la cúspide del sistema quedara súbitamente abierta. La pregunta importa...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

En Irán hoy en día, la cuestión central no es quién reemplazaría mañana al líder supremo Alí Jameneí, sino quiénes están hoy mejor situados para decidir cómo se gestionaría ese relevo si la cúspide del sistema quedara súbitamente abierta. La pregunta importa porque, en la República Islámica, una transición de ese tipo no sería solo un problema constitucional. Sería, sobre todo, una prueba de cohesión entre instituciones, facciones y aparatos de seguridad. Y esa prueba ya ha comenzado, aunque nadie la anuncie como tal.

La primera clave es entender que el poder en Irán funciona como un sistema de arbitraje, en el que la autoridad última se apoya en una red de órganos formales y centros informales. Si se produjera un relevo en la cúspide, la Asamblea de Expertos tendría el papel formal de validar al sucesor. Pero la verdadera decisión no se definiría allí de manera autónoma. Estaría condicionada por el equilibrio entre la Oficina del líder, los cuerpos de seguridad, el aparato clerical y las instituciones de arbitraje político.

Por eso, más que mirar solo a un eventual sucesor, conviene observar a quienes controlan el proceso. En ese mapa, Alí Larijani, secretario del Consejo de Seguridad Nacional, aparece hoy como una figura especialmente relevante, no tanto por su perfil ideológico, sino por su utilidad funcional. Es el tipo de actor que el sistema suele reactivar cuando necesita disciplina, coordinación y canales abiertos a la vez. Su importancia reside en que puede actuar como puente entre el lenguaje de la seguridad, la gestión política y la interlocución externa. En un escenario de relevo, perfiles así pesan menos por ambición personal que por capacidad para ordenar el terreno.

Algo parecido ocurre con Ali Shamjani, secretario del Consejo Nacional de Defensa desde agosto de 2025, cuyo retorno a una posición activa sugiere que el sistema está priorizando experiencia operativa y capacidad de coordinación por encima de viejas rivalidades faccionales. Shamkhani representa una figura de enlace entre lo militar, lo estratégico y lo diplomático. Su reposicionamiento indica que, si llegara una transición, uno de los objetivos inmediatos sería evitar vacíos de mando y asegurar una cadena clara de decisiones en materia de defensa, crisis regional y negociación internacional.

En otro plano, Bagher Ghalibaf encarna la dimensión más visible del poder securitario con fachada institucional. Desde la presidencia del Parlamento, no decide solo leyes, ayuda a traducir la lógica de seguridad en discurso político, en gestión del orden interno y en señales hacia el exterior. Su papel sería clave en cualquier transición porque ofrece algo que el sistema valora especialmente en momentos críticos: capacidad de administrar la narrativa de estabilidad mientras se refuerzan los mecanismos de control.

Sadegh Larijani, secretario del Consejo de Discernimiento, por su parte, importa menos por exposición pública que por su capacidad de arbitraje institucional. Desde los órganos de arbitraje y supervisión legislativa e institucional, forma parte de ese nivel del sistema que filtra, corrige o bloquea decisiones para mantener la coherencia del régimen. El hecho de que él y Ali Larijani sean hermanos no es un detalle menor, recuerda que en Irán también operan redes de confianza de largo plazo, donde parentesco, trayectoria y acceso se convierten en capital político.

Por encima de todos ellos sigue estando el factor menos visible y más sensible: la red de lealtades que rodea al entorno inmediato del líder y, en particular, el peso del aparato de seguridad, con la Guardia Revolucionaria como actor indispensable. Los Pasdaran no necesariamente “eligen” en público, pero sin su aceptación no habrá transición ordenada posible. Su interés principal no sería producir una apertura, sino garantizar continuidad, proteger sus prerrogativas económicas y políticas, y evitar que un relevo se convierta en una negociación sobre la naturaleza misma del sistema.

Un reordenamiento de este estilo podría destrabar la situación internacional de Irán sólo de manera limitada. Si el objetivo central de la élite es preservar continuidad, el margen para una gran reconciliación seguirá siendo estrecho. Lo más plausible sería un intento de reducir riesgos, ganar tiempo y negociar alivios parciales, no redefinir la relación bilateral. En otras palabras: una transición controlada podría facilitar una desescalada táctica, pero no necesariamente un giro estratégico. En Irán, incluso cuando el poder cambia de manos, lo primero que intenta hacer es demostrar que, en realidad, nada esencial ha cambiado.

Archivado En