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Un humano y un robot entran en un bar… ¿Puede la IA ser graciosa?

El humor es uno de los problemas más difíciles para las máquinas. Pero por eso también nos dice mucho de lo que saben hacer y de lo que, quizás, no podrán hacer nunca

C-3PO y R2-D2 durante el estreno de 'Star Wars: los últimos jedi', en Londres, en diciembre de 2017.DANIEL LEAL ( AFP / GETTY IMAGES )

Imaginemos que dentro de unos años el afán de ahorro y, quizás, de experimentación, lleva a una plataforma (Netflix, HBO, la que sea) a estrenar un especial de comedia creado con inteligencia artificial. En apariencia, sería la clásica hora de un monologuista, pero ese monologuista no existiría: todo, las imágenes, las voces, las risas, el público, el texto, estaría creado con IA. ¿Nos haría gracia? ¿Nos repugnaría? ¿Sería algo más que una marcianada?

Quizás no sea ni posible. El humor es uno de los problemas más difíciles para la IA (y para nosotros, los humanos), por su complejidad y...

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Imaginemos que dentro de unos años el afán de ahorro y, quizás, de experimentación, lleva a una plataforma (Netflix, HBO, la que sea) a estrenar un especial de comedia creado con inteligencia artificial. En apariencia, sería la clásica hora de un monologuista, pero ese monologuista no existiría: todo, las imágenes, las voces, las risas, el público, el texto, estaría creado con IA. ¿Nos haría gracia? ¿Nos repugnaría? ¿Sería algo más que una marcianada?

Quizás no sea ni posible. El humor es uno de los problemas más difíciles para la IA (y para nosotros, los humanos), por su complejidad y por la multitud de ingredientes que necesita: conocimiento del mundo, del público, de las emociones, del lenguaje… A lo que se suma que en el humor hay multitud de géneros, formas y formatos: chistes, viñetas, monólogos, parodias, sátira… Pero justamente todo esto convierte el humor en un problema interesante. Los intentos de la IA por ser graciosa nos dicen mucho sobre los límites de esta tecnología y nos ayudan a poner en contexto sus logros.

Para empezar, las dificultades que citamos deberían ser salvables para las inteligencias artificiales generativas. Estas máquinas no necesitan instrucciones detalladas, sino, sobre todo, millones de ejemplos para entrenarse. Sin embargo, esta puede ser una de sus limitaciones. La cómica y guionista Pilar de Francisco explica que, al basarse en material ya existente, la IA no ofrece soluciones sorprendentes ni creativas, sino manidas. El humor juega con la incongruencia, la sorpresa y lo inesperado, a lo que es difícil que llegue un sistema que ofrece las respuestas más probables. “Si no aspiras a hacer algo muy creativo, sino puro entretenimiento, puede valer”. Por su experiencia, de momento no va más allá.

Otro problema para la IA: lo gracioso puede que ni siquiera esté en el texto. Umberto Eco escribía en uno de los ensayos de La estrategia de la ilusión que la principal diferencia entre lo trágico y lo cómico es que en una tragedia se menciona la regla quebrantada de forma explícita. Pero en la comedia se vulneran normas sin nombrarlas, porque, de hacerlo, estaríamos explicando el chiste (“van dos y se cae el de en medio, lo que es imposible porque dos es un número par”). “En el humor es tan importante el silencio como la palabra”, explica por teléfono el filósofo Bernat Castany, autor de Una filosofía de la risa (2026, Anagrama). Se refiere también a la interpretación del humorista: cuando el cómico, por ejemplo, calla “y posterga la resolución de algún tipo de tensión, el público se mete en su mente y ahí también aparece la risa”.

Para resolver este problema, la IA necesitaría algo parecido a una teoría de la mente. Es decir, la facultad de deducir lo que piensa nuestro interlocutor y lo que él piensa sobre lo que nosotros pensamos que él piensa. Sin embargo, la IA no tiene (aún) nada parecido a una mente consciente, como explica Tony Veale, profesor de Informática en la Universidad de Dublín y autor de un libro sobre las posibilidades de la IA en el humor, Your Wit Is My Command (tus ocurrencias son órdenes, sin edición en español, 2021). Veale apunta que durante mucho tiempo se pensaba que inteligencia y consciencia iban unidas, pero los avances en IA nos hacen pensar que puede haber inteligencia, aunque no sea humana, sin consciencia. Y la inteligencia es necesaria para el humor, pero a lo mejor no es suficiente.

Porque el humor también es social, como muestran las investigaciones del psicólogo Robert Provine. En los años noventa, Provine y sus colegas tomaban nota en bares, calles y centros comerciales de cuándo se reía la gente, y constataron que nos reímos 30 veces más en grupo que a solas. “La risa tiene más que ver con las relaciones que con el humor”, escribía en Laughter: A Scientific Investigation (la risa: una investigación científica, sin edición en español, 2000).

Aunque suene paradójico, este carácter social explica para Veale que podamos sentir interés en contar con una IA graciosa. El humor es una herramienta para comunicar frustraciones y problemas de forma amable, lo que puede ser necesario en un contexto en el que estos programas, como los robots de Star Wars o Interstellar, pueden convertirse en colaboradores de trabajo.

Claude y ChatGPT aún están lejos de estos ejemplos cinematográficos, pero la IA generativa sí maneja mejor el humor que hace unos años: es buena a la hora de identificarlo (incluida la ironía) y ha hecho progresos al generarlo. Los modelos de hace una década apenas eran capaces de ofrecer juegos de palabras como que FBI significa “Fantastic Bureau of Intimidation” (oficina de intimidación fantástica), pero las IA actuales pueden escribir chistes o comentarios de actualidad más sofisticados. Por ejemplo, se le puede pedir a Claude que ofrezca ejemplos de comentarios irónicos sobre el juicio a Ábalos al estilo de un late night. Ninguno de los que da es bueno, pero todos tienen (más o menos) sentido: “Jésica, odontóloga de profesión, fue contratada en empresas ferroviarias donde, según testigos, ‘no hacía nada’. Un dentista en Renfe. Por fin alguien que entiende de sacar piezas que no funcionan”.

Pocos lectores se habrán reído con esto, pero hay experimentos recientes que no dejan en mal lugar a estos programas. Un estudio de 2025, llevado a cabo por investigadores de Suecia y Alemania, halló que los memes creados por una IA lograban mejor puntuación que los hechos por humanos solos o por humanos en colaboración con una IA. Eso de media, porque los humanos conseguían los memes individuales con mejor nota. La colaboración humano-máquina servía para producir más material, pero el resultado era el peor valorado, a pesar de que se nos vende esta tecnología como un asistente.

Se trata de un estudio pequeño, pero supongamos que la IA no solo sigue mejorando, sino que consigue superar todos los problemas que hemos comentado. Veale es optimista (o pesimista, según se mire) y cree que es cuestión de años. Aun así, nos encontraríamos con otro escollo: probablemente no nos creeríamos a la máquina. Si sabemos que hay un programa detrás, su texto nos suena falso.

Con el humor ocurre lo mismo que cuando leemos una novela, vemos una película o nos detenemos ante un cuadro: no buscamos solo técnica, sino que queremos un punto de vista, una perspectiva. Para reír no basta con un chiste técnicamente bien construido, queremos dialogar con una forma de ver el mundo. Si un cómico dice que “el otro día” le pasó algo en un taxi, igual miente o maquilla la verdad, pero al menos es alguien que puede coger un taxi y que probablemente lo ha cogido alguna vez, algo imposible para ChatGPT.

Como explica Castany, cómico y público “participan de una misma condición humana”. Se trata de una condición “ridícula, contradictoria, imperfecta”, pero que por eso mismo facilita el humor, y de la que las máquinas están de momento excluidas. Es decir, incluso si algún día las inteligencias artificiales consiguen dominar la comedia, puede que no nos interese lo que nos cuenten porque no sería solo una mentira, sería un simulacro, una impostura.

Su camino quizá se agote antes de ese hipotético especial que planteábamos al principio del texto: Veale ve la IA como una herramienta de apoyo —por ejemplo, en una tormenta de ideas— y Pilar de Francisco dice que apenas la usa para documentarse, como un buscador un poco más sofisticado.

Y si a pesar de todo las plataformas se llenan de contenidos humorísticos artificiales para ahorrarse sueldos de cómicos, guionistas y técnicos, De Francisco cree que puede cobrar aún más valor la autenticidad y el directo, y que vayamos a ver a los cómicos a teatros y salas. Quizás este sea el resultado más valioso de los esfuerzos cómicos de la IA: poner en valor lo difícil que es escribir humor y subirse a un escenario. A lo mejor Claude consigue hacernos reír, pero el próximo Gila será otro humano.

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