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Nuevas distopías: transformar el Estado en una sucursal de los gigantes tecnológicos

Palantir, la empresa de tecnología y defensa del magnate Peter Thiel, ha publicado un manifiesto que plantea una hoja de ruta para el tecnofascismo

El cofundador y consejero delegado de Palantir, Alex Karp, durante una charla en Washington el pasado 30 de abril.BRENDAN SMIALOWSKI (AFP / GETTY IMAGES)

Transformar al Estado en una especie de sucursal de las colosales empresas tecnológicas, vaciando la soberanía de su propia dimensión democrática. Este podría ser un resumen del manifiesto que Palantir, uno de los gigantes de Silicon Valley, ha hecho público en la red social X, y que ha generado una gran controversia. De todos los mastodónticos imperios californianos, Palantir, la sociedad fundada y presidida por Pe...

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Transformar al Estado en una especie de sucursal de las colosales empresas tecnológicas, vaciando la soberanía de su propia dimensión democrática. Este podría ser un resumen del manifiesto que Palantir, uno de los gigantes de Silicon Valley, ha hecho público en la red social X, y que ha generado una gran controversia. De todos los mastodónticos imperios californianos, Palantir, la sociedad fundada y presidida por Peter Thiel en 2003, es probablemente la que suscita más temor entre los defensores de la democracia. Ha desarrollado herramientas de inteligencia artificial (IA) y de análisis generalizado de datos que han protagonizado la persecución de inmigrantes en EE UU, así como los bombardeos sobre Irán y la persecución de palestinos en Gaza. Thiel, tronco de Trump y de Elon Musk, estuvo recientemente en Roma dando una serie de seminarios sobre el Anticristo.

El manifiesto no parece ser obra directa suya, sino de su director ejecutivo, Alex Karp, que hace un tiempo publicó un libro titulado La república tecnológica que se parece mucho a las 22 tesis virales sobre el futuro de EE UU. Alguien lo ha definido como un plan para forjar un Occidente tecnofascista. En la revista europeísta Grand Continent se hace la siguiente distinción: mientras Peter Thiel establece una separación entre la libertad y la democracia, y Curtis Yarvin (otro de los gurús trumpistas) teoriza explícitamente sobre un orden posdemocrático basado en la figura de un “director general monarca”, en el manifiesto, Karp parece mantenerse en el horizonte republicano sin proponer una ruptura frontal ni una salida evidente del marco institucional americano, sino que su proyecto se presenta como una reformulación interna del poder ante los nuevos retos del espacio digital y la rivalidad geopolítica.

Es una interpretación muy bondadosa. ¿Qué dice en resumen el manifiesto? Que hay que volver al servicio militar obligatorio y universal; que lo significativo es el poder duro y el poder blando es casi anecdótico; que no hay que regular nada, sino que a las empresas les debe importar tan solo su propio crecimiento; que la era atómica está llegando a su fin como era de disuasión, y va a ser sustituida por otra basada en la IA; que hay que acabar con la neutralización de Alemania y Japón, los países perdedores de la Segunda Guerra Mundial, etcétera. Yanis Varoufakis, el controvertido economista griego, ha publicado rápidamente en la misma red (X) una especie de contramanifiesto, en el que afirma que la empresa de Thiel defiende que hay que despedir a los funcionarios públicos en masa, excepto unos pocos aprobados por Palantir que recibirán enormes salarios pagados por los contribuyentes, o que la política debe ser como la IA, desprovista de cualquier carácter empático, etcétera.

Es evidente que la acelerada revolución tecnológica está provocando la aparición de nuevas distopías, que dejan viejas a las clásicas, como las de Orwell o Huxley. Hace menos de medio siglo, el escritor americano de ciencia ficción Walter Tevis puso en circulación la del “sinsonte”, especialmente cruel: la humanidad había perdido la capacidad para leer y sentir emociones profundas; la lectura se convertía en una especie de resistencia porque la mayoría de las personas eran analfabetas y dependían totalmente de los androides. Todas estas distopías abundan en contradicciones, pero también en complementariedades: en la de Orwell (1984), la verdad se manipula de modo activo mediante la propaganda, mientras que en Un mundo feliz la verdad deja de importar. En ambos casos la libertad desaparece, ya sea por imposición o por desinterés.

Son los dos modelos clásicos del control social. El manifiesto de Palantir abre otras fórmulas más relacionadas con el capitalismo tecnológico de nuestros días. También envejece, aunque no tanto, el viejo chiste ruso: un ciudadano se encuentra con un viejo camarada del Partido en Moscú y le espeta: ¿sabes que todo lo que nos contaba el Partido Comunista era mentira? El amigo, melancólico, le responde: lo peor no es eso, lo peor es que todo lo que nos contaban del capitalismo era verdad.

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