Cómo contar (y reparar) un trauma
Para convertir un relato de rabia en uno de dignidad, hay que huir de los extremos: ni guardar celosamente el secreto, ni dar una avalancha de detalles innecesarios del evento traumático. Es lo que sostiene la psiquiatra Lucía del Río en ‘Un abrazo al dolor’, libro del que ‘Ideas’ adelanta un extracto
El trauma tiende a quedar atrapado en una polaridad narrativa perversa: entre el silencio del secreto y el ruido de la avalancha. El secreto es polivalente, pues es el secreto de las familias que callan lo que saben, el secreto de las instituciones que niegan lo que allí sucede, el secreto de los adultos que deberían haber protegido, el secreto de los niños con miedo a hablar… En muchos casos, el secreto es un código familiar o institucional que pesa como un mandamiento supremo y se convierte en una losa. En el caso de los niños violentados, el código familiar es interiorizado y el silencio se mantiene por fidelidad a la familia, por una falsa idea de proteger a los adultos, por evitar el conflicto, porque me culparán o no me creerán o por miedo a las consecuencias, entre otros motivos. También se llena de secreto todo lo que no pasó, porque ante tanta carencia se pierde la sensación de falta y ya nada se pide, ya nada merece ser expresado. En la lógica del trauma, lo que se guarda en secreto es como si no existiera. Es como el árbol que cae en el bosque y nadie oye: ¿realmente cayó? Para quien ha vivido algo traumático, mientras lo mantenga en secreto, siempre quedará la duda de si le creerán o pensarán que miente. Por eso, el secreto deja a la persona bajo sospecha y la hace sentirse desprotegida.
Cuando la persona es adulta, mantener el secreto se convierte en una tendencia de acción repetitiva y regresiva, según la cual sigue sintiéndose como cuando era niña. No puede dar dignidad a su relato, ni recibir apoyo, ni posicionarse como protagonista de una historia de dolor. También contribuye a disminuir aparentemente el sufrimiento. La persona se vuelve cómplice y víctima a la vez de una pauta que aprendió y mantiene. En los casos de trauma complejo y abuso sexual, esto es especialmente frecuente. Una de mis pacientes, cuando empezó a hablar en consulta del abuso intrafamiliar que había sufrido (bien entrada en la treintena), lanzó un alegato contra el secreto, que publicó anónimamente en un libro de relatos cortos y que, con su permiso, comparto con vosotros.
“Elegía al silencio: No sé por qué he elegido el tren para viajar. La verdad es que siempre me ha resultado demasiado melancólico. El traqueteo de los enganches y el ruido de los vagones contra las vías producen un lamento, un quejido constante que me genera cierta desazón. Quizá esa sea la razón, es posible que haya suplido la falta de tristeza que me provoca tu partida con un viaje nostálgico. Para mí te fuiste hace tiempo. En cuanto dejé esa casa desapareciste. En cuanto me libré de las visitas nocturnas a mi habitación pude dejar atrás a esa niña asustada y convertirme en la mujer que soy. En cualquier caso voy a despedirte, tal y como dictan los convencionalismos sociales. Resulta paradójico que esos mismos convencionalismos hayan hecho que los que ahora exigen mi presencia en tu entierro, cual plañidera frívola, callasen ante el abuso. El ser humano es peculiar, no hay duda. Hay hechos que por su propia naturaleza nos resultan repugnantes e intolerables. Hechos que hacen que nos levantemos e indignemos siempre que, claro está, esa indignación no amenace nuestra vida cotidiana, nuestra rutina. Y son el miedo, la incomprensión y la vergüenza los que, con otro puñado de excusas, nos invitan a callar y a mirar hacia otro lado. Hoy lloraré, pero no por ti, por ellos, por los que callan y, con su silencio, consienten. Por los cómplices del dolor, que hacen más daño con su cobardía que los indeseables con su maldad”.
El relato me puso los pelos de punta. Cuando llegó a casa el ejemplar del libro, mi paciente lo escondió tan bien que, cuando se lo pedí, no lograba encontrarlo. Ella vive con su marido, que conoce su historia, y con su hijo que no sabe leer, así que mi impresión es que lo escondió de sí misma. En la misma línea, cuando rompió el silencio dentro de su familia y le contó los abusos sexuales a su hermano, sucedió algo curioso. Tras contarlo, me relató haberse sentido aliviada y comprendida. Sin embargo, dos años después me confesó que el mes previo a nuestra consulta había estado ansiosa, preparándose mentalmente para contarle a su hermano lo ocurrido. Cuando finalmente se lo dijo, este le contestó sorprendido que ya conocía la historia y le recordó la conversación que habían tenido tiempo atrás. Mi paciente no recordaba nada: había disociado el propio acto de habérselo contado. La ruptura del secreto resultó tan abrumadora que tuvo que borrarla de nuevo. El trauma, bien no se narra, o cuando se narra, abruma tanto que puede volver a borrarse una y otra vez.
Si analizamos con calma el relato, obtendremos alguna pista de que esta ruptura del silencio no conformaba una narrativa reparadora completa: permitía una expresión de enfado hacia los que mantuvieron el secreto, pero a la vez revelaba el intento de enterrar a su niña interior herida. Era un relato de rabia, no de dignidad, despedía a la niña, en vez de abrazarla y recogerla, así que tuvimos que seguir trabajando en ello. El funcionamiento de la paciente en consulta oscilaba entre el borrado y una actitud que acabamos bautizando como “valentía terapéutica”. Era una persona que se esforzaba, responsable y comprometida con el trabajo terapéutico. Realizaba actos convencida de que eran lo que debía hacer para curarse, pero que, en realidad, eran más de lo que podía sostener. De esta forma contrafóbica se armaba de una valentía desvinculada de la capacidad de cuidarse y terminaba por realizar movimientos que parecían un avance, pero que después le pasaban factura. El trabajo con ella tenía que conseguir ajustar el termostato. De nada nos servía que trajera un relato descorazonador sobre sus vivencias si al escribirlo terminaba vomitando o metiéndose en la cama. La narración necesitaba salir de la polaridad entre el secreto y la avalancha, nutrirse de ternura en el sentido gestáltico: la capacidad de sensarnos y tomar conciencia de nuestras propias necesidades. Continuamos trabajando para que encuentre su propia medida.
En el extremo de la expresión infrarregulada del contenido traumático está la narración a bocajarro: la avalancha. Hay pacientes que cuentan los eventos traumáticos que les han afectado de una forma que puede resultar brusca, excesivamente intensa, cargada de detalles y evidentemente desde un lugar interno de desbordamiento. El relato parece una vomitona en la que la persona intenta echar fuera lo que le ha sentado mal. A veces, este tipo de pacientes son recibidos con juicio, distanciamiento o sospecha. “Si lo cuenta así de exagerado, seguro que no le ha pasado; si te ha pasado, no lo cuentas tan alegremente”. Campo abonado para el prejuicio. Cuando el relato de un trauma toma esta forma desregulada, cuesta mucho que quien lo escucha pueda sostenerlo con ternura. Además, no suele aliviar a quien lo cuenta, que a menudo repite la historia una y otra vez, de forma mecánica y en contextos poco adecuados, pues es como un flashback narrativo, una repetición traumática. Este tipo de narraciones suelen carecer de estructura: son escenas sueltas que aparecen como una avalancha de fotogramas, lo que impide contarlas de forma que ayude a procesarlas e integrarlas.
Por tanto, es importante trabajar para que el secreto deje de serlo, pero solo en condiciones de seguridad. Narrar el trauma tiene que poder aportar algo mejor que mantenerlo en silencio. Así que la persona tendrá que pensar muy bien a quién lo cuenta, cómo, dónde y sobre todo para qué. Cuando el lugar escogido es la consulta, siempre que el vínculo esté establecido y la escucha esté disponible, el paciente tiene posibilidades de sentirse acogido y de que su relato pueda hilvanarse. Para ello, el terapeuta tendrá que modular a menudo la forma de narrar del paciente, ayudándole a dosificar la información, a contarla despacio y dejar que sienta lo que le sucede mientras la relata. Lo animará a distinguir el sentimiento que experimenta en el presente mientras narra los sucesos, del que sintió en el pasado. Si los sentimientos son demasiado parecidos, el acontecimiento se ha quedado congelado en el tiempo y el pasado es el que habla. Además, la profundización en los detalles es a menudo innecesaria y solo un síntoma postraumático más. Aunque hay excepciones, pues a veces el paciente sí necesita expresar un detalle concreto o varios, porque le resulta importante que la experiencia pueda ser compartida en su forma más realista y detallada. Si los pormenores enfatizan lo escabroso y producen desregulación, entonces no son curativos. Cuando se ponen al servicio de transmitir la historia desnuda tal cual fue, entonces son bienvenidos. Para distinguir estas dos situaciones con frecuencia pido a los pacientes que, entre una frase y otra, hagan tres respiraciones profundas y un chequeo corporal para poder sentir lo que el relato les está produciendo antes de seguir hablando. Favorecemos así que el relato se vincule con las emociones y sensaciones corporales. Les recuerdo también el doble foco. Solo cuando los recuerdos, el cuerpo, las emociones y la narrativa (las ideas) estén alineadas y conectadas al presente, hablamos de un relato conectado. La posibilidad de reparación solo surge a través de relatos conectados, expresados a través del yo siento con todo mi ser.