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El problema con Xenia Monet: la cantante generada por IA que acumula millones de seguidores

La entrada en las listas de lo más escuchado de una artista R&B que no existe parece mostrar que el público está dispuesto a aceptar canciones artificiales

Xania Monet, una exitosa cantante de R&B que no existe.Getty Images / Blanca López (Collage)

La historia de Xania Monet se ha vendido como una pequeña revolución tecnológica: una cantante generada con IA que se cuela en las influyentes listas Billboard y firma un contrato de tres millones de dólares. Detrás del avatar hay una autora real, la poeta de Misisipi Telisha Nikki Jones, y un motor de IA generativa, Suno, capaz de convertir texto en una voz sedosa que encaja en la radio estadounidense. Su balada, How Was I Supposed to Know?, debutó en el puesto 30 de la lista Adult R&B Airplay tras pasar por el nº1 en ventas digitales de R&B, viralizarse en TikTok y acumular más de siete millones de streams en Spotify. A fecha de la publicación de este artículo son casi doce millones y medio de reproducciones.

Pero ¿qué tiene Xania Monet para conectar con el público si físicamente no existe? Lo que la música comercial lleva décadas puliendo: un tono íntimo, un relato de fragilidad y una producción que imita el R&B de los 2000, entre Brandy, Aaliyah y Toni Braxton. La canción habla de crecer sin la figura paterna y de aprender a quererse a sí misma. La voz suena humana, el dolor parece reconocible y encaja en cualquier playlist nocturna. Pero todo nace de un cálculo estadístico sobre qué estructura emocional funciona mejor.

La autenticidad es un efecto: si la voz conmueve, el origen poco importa. De hecho, para buena parte de la generación Z la autenticidad ya no se define por quién crea una obra. Según un estudio de 2024, casi la mitad de jóvenes en EE UU se mostraban “abiertos a la música generada por IA siempre que les hiciera sentir algo”. La pregunta deja de ser “¿es real esta artista?” para convertirse en “¿encaja este artista con mi estado de ánimo?”.

Ese cambio tiene consecuencias: si lo único que pedimos a las canciones es que cuadren con nuestro estado de ánimo, ¿no bastará con optimizar el algoritmo que decide cómo debe sonar la soledad, la nostalgia o la superación? Xania Monet revela, en cierto modo, que el ideal romántico del artista tiene los días contados. Hay otro detalle incómodo: la canción reproduce al milímetro un arquetipo ligado a la música negra y femenina. Una mujer sin padre que convierte el trauma en versos. La IA no ha inventado esa historia, la ha aprendido de un archivo sonoro lleno de canciones que, durante décadas, han codificado el sufrimiento racializado y de género como prueba de autenticidad. Cuando un modelo de IA genera esa narrativa se limita a consolidar los mismos patrones que la industria ha explotado durante años.

Mientras, Walk My Walk, una canción country hecha con IA, ha llegado también al número uno. La cantante Emily Portman denunció que un álbum que no había grabado apareció en Spotify bajo su nombre. Y lo mismo le ocurrió a Blaze Foley, que publicó nuevas canciones en su perfil de Spotify... cuando lleva muerta desde 1989. Existen innumerables canales de YouTube con mashups, interpolaciones no permitidas y canciones hechas con IA que combinan a dos o más artistas. Otros fabrican éxitos nostálgicos de soul que no existieron jamás.

Al mismo tiempo, empiezan a aparecer señales de algo más extraño si cabe: la cultura generada por IA se está usando para entrenar más cultura generada por IA. Billboard ha documentado el caso de canciones creadas con ayuda de modelos generativos que han registrado un volumen inusual de descargas de pago. Hay una hipótesis sencilla y perturbadora: algunos creadores descargan estos archivos porque sirven como material “limpio” para entrenar nuevos modelos generativos. Es decir, las canciones artificiales no solo compiten con las creadas por personas, también se convierten en alimento técnico para la siguiente generación de canciones artificiales. La IA generativa tiende a estos circuitos cerrados y muchos teóricos temen lo que algunos llaman Model Autophagy Disorder: que los modelos de IA se canibalicen a sí mismos.

En este escenario, las listas de éxitos y los medios especializados actúan como legitimadores mucho más que como observadores. Que Billboard declare “histórico” el debut de Xania Monet en la radio asigna valor cultural a algo que podría haberse tratado como una simple curiosidad técnica. Si la única vara de medir es la respuesta del público y la tracción en plataformas, cualquier cosa que funcione acabará siendo equiparada con arte. Esta situación es cómoda para el mercado, pero erosiona una distinción fundamental: no todo lo que suene y se consuma está ampliando nuestra experiencia cultural.

¿Significa esto que habría que prohibir la IA en la música o expulsar a los avatares de los charts? No necesariamente. La herramienta, por sí sola, no es el problema. El punto delicado está en la forma en que se combina con un ecosistema que ya llevaba años empujando hacia la homogeneidad. La IA, en este caso, tiene la capacidad de llevar a su máxima expresión lo que nosotros mismos hemos validado. Si los rankings, los premios y la crítica renuncian a marcar diferencias entre una obra que asume riesgos y un producto que simplemente encaja, el terreno queda despejado para que este ruido ocupe todo el espacio. Al final, el caso de Xania Monet importa menos por lo que ella es, un avatar bien diseñado con buenas canciones genéricas, que por lo que revela de nuestro consumo actual y nuestra altísima tolerancia al simulacro. Que una voz sin cuerpo real pueda ser percibida como suficiente dice bastante del grado de desgaste al que hemos llegado. No se trata de añorar un pasado “más auténtico”, pero sí de preguntarse qué esperamos de la música en un presente donde casi todo puede automatizarse. Si aceptamos que todo da igual mientras la canción funcione, la industria seguirá empujando en esa dirección.

Justicia musical (o tierra sin ley)

Hoy por hoy, el marco legal avanza a trompicones. La Oficina de Copyright de EE UU insiste en que las obras generadas por IA no pueden registrarse como creaciones protegidas, y el Congreso discute leyes que pretenden blindar la voz y la imagen de los intérpretes frente a las clonaciones. Sobre el papel, el mensaje es claro, pero la práctica es otra. Las discográficas demandan a empresas como Suno por usar su catálogo y, a la vez, negocian con los productos de esos modelos. El resultado es una zona gris donde todo el mundo dice defender a los artistas mientras ajusta su posición para no quedarse fuera del próximo reparto.

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