La disciplina, el nuevo cociente intelectual
Crece el debate en las escuelas sobre cómo forjar el autocontrol de los estudiantes. La falta de atención por conductas inapropiadas socava la labor docente y la motivación del alumnado por alcanzar metas y ampliar los conocimientos
Una mañana de hace muchos años, cuando era maestro raso y no tenía teléfono móvil ni fijo, a Toni García Arias no le sonó el despertador. Se durmió. Llegó a su colegio a las 9.45, desesperado. Su director lo interceptó:
–¿Con quién están tus alumnos? [un grupo de 5º de Primaria]
–Y yo qué sé, acabo de llegar.
–Ay, madre, que se han quedado solos.
Ambos echaron a correr. Al acercarse al aula, todo estaba en silencio, y temieron que la clase en bloque hubiera decidido irse al patio a dar vueltas. Hasta que se asomaron al ojo de buey que tenía la puerta. Vieron que el delegado y la delegada habían tomado el mando y se encontraban de pie en la pizarra mientras el resto corregía, en grupo, un ejercicio del día anterior.
García Arias, que ha ganado varios premios internacionales al mejor docente, cuenta la anécdota con evidente orgullo y la intención de explicar que, para él, disciplina es capacidad de autocontrol, y sobre todo respeto a los demás. Añade que la consigue dialogando y trabajando con sus estudiantes en la gestión autónoma de sus conflictos. “Las aulas han de ser espacios habitables que favorezcan la atención compartida y el aprendizaje”, establece Carlos Magro, experto en innovación educativa, quien rechaza la etimología de la palabra disciplina —castigo, represión, sumisión— por “anti-educativa”. Mar Hurtado, maestra y presidenta de la asociación Rosa Sensat, pide resignificar el término para que se entienda como “un hábito relacionado con el dominio de uno mismo”. Supone “aprender a gobernar tu propia libertad mediante un compromiso hacia ti y los demás”. Si esa es la definición, “¡que reine la disciplina en las aulas!”, proclama.
“La disciplina que importa no es la del profesor sino la que te lleva a la autodisciplina, entendida como la capacidad de manejar las riendas de tu vida”, aporta el pedagogo y filósofo Gregorio Luri. A su juicio no se llega a ese horizonte mediante un régimen cuartelario, con un sargento chusquero llevando su clase a golpe de silbato. Pero tampoco haciendo del aula un “parque de atracciones” al que los niños acuden a divertirse y ser felices. “Hay que exigir; aprender requiere un esfuerzo”, establece. Y es por ese camino, alcanzando metas y superando conocimientos, por el que se va encontrando la motivación. “Si esperas a estar motivado para ponerte a trabajar corres un riesgo grave», advierte. Luri considera clave el fomento de la atención, una destreza o competencia que se puede trabajar. La define como “el nuevo cociente intelectual”.
Clima favorable
“El clima en el aula determina el aprendizaje”, afirma Lucas Gortázar, director de Educación de EsadeEcPol, quien aboga por reglas y normas que ordenen y favorezcan entornos de trabajo eficaces, donde reine el respeto y una cierta calma; que cultiven la atención y permitan dedicar tiempo a la instrucción y el apoyo. Los datos le dicen que este “ambiente de aprendizaje” está empeorando. “En los últimos cinco años el ruido y el desorden han aumentado”, admite. “Está creciendo la falta de disciplina, hacia el profesor y entre los alumnos”, estima García Arias. “Se habla del bullying pero en realidad existe poco acoso, como tal, persistente en el tiempo. Lo que detectamos es más ruido, falta de respeto y cuestionamiento de la autoridad del docente”, corrobora Ana Cobo, presidenta de la Confederación de Organizaciones de Psicopedagogía y Orientación de España (COPOE) y orientadora en el IES Ben Gabirol de Málaga.
El informe español del estudio internacional Talis 2024, de la OCDE, se refiere al mantenimiento de la disciplina en su tercer capítulo, dedicado a las condiciones laborales del profesorado. Revela que un porcentaje significativo de docentes españoles de Primaria y Secundaria perciben que enfrentan “un entorno de aula más disruptivo por encima de la media internacional”. En las encuestas que incorpora el informe, un 29% de quienes dan clase en un instituto y un 26% de quienes las imparten en un colegio declaran perder bastante tiempo por interrupciones del alumnado; un 25% de los primeros y un 13% de los segundos refieren que un número alto de chavales no comienza a trabajar hasta mucho después de tocar el timbre; un 20% y un 24%, respectivamente, lamentan tener que esperar sus buenos minutos hasta que se hace el silencio y pueden comenzar.
Luri cree que lo que abunda en las clases es la desorientación, la misma que atraviesa toda la comunidad educativa, desde las familias hasta los claustros. ¿Para qué hago lo que hago? debería ser, a su juicio, una de las grandes preguntas a formularse. Su modelo predilecto es el de la escuela republicana francesa, que “convierte a un hijo en un ciudadano”, aclara. “La escuela ha perdido la claridad sobre sus fines”, medita. “Vivimos una deriva psicológica que convierte a la institución en terapéutica. Estamos más pendientes de los malestares que del aprendizaje”, denuncia, mencionando una anécdota que le había ocurrido justo el día anterior: “El director de un centro me dijo, ‘Es que si los niños no son felices, no pueden aprender’; a lo que respondí, ‘¡Es que si no aprenden no van a ser felices!”. Considera un hecho incuestionable que el sistema genera “más deficiencia que excelencia”.
“Ahora hay más diversidad y más complejidad; la sociedad ha cambiado, pero ni la escuela ni el instituto lo han hecho”, hace notar Mar Hurtado. “El docente se enfrenta a problemas sociales dentro de las aulas con las mismas herramientas de siempre, y con un pensamiento del sentido de la escuela sin replantear; eso supone un choque y una guerra constante y a contracorriente”, añade la presidenta de Rosa Sensat. En EsadeEcPol, por s parte, llevan tiempo analizando los factores que están conformando una nueva realidad en las aulas: aumento de la pobreza infantil; mayor proporción de alumnado de origen migrante; problemas de atención relacionados con los móviles y las redes sociales; crisis de bienestar y de salud mental entre los jóvenes, y empeoramiento de las condiciones laborales del profesorado.
La demandada bajada de ratios es una medida con un impacto comprobado en la disrupción, certifica Gortázar. También se puede apostar por soluciones más estructurales, como la codocencia, o una reformulación de la duración de las clases o de la propia jornada escolar. Dice Magro que los “malestares”, que son evidentes, se solucionan mejorando la atención a los estudiantes y la situación de los docentes, no pensando que “hemos perdido algo esencial, llámese disciplina o autoridad, y que como no lo tenemos todo va mal”. Tampoco “añorando un pasado que siempre fue peor”, apuntilla. Tilda de error generar la sensación de que la escuela está rota y que las aulas son espacios en disputa en las que nunca se generan buenas condiciones de aprendizaje. Tales circunstancias se producen, matiza, en ocasiones; “con unas personas sí, y con otras, no”.
A Rosa Rocha, directora del IES Guadarrama —en la homónima localidad madrileña— y presidenta de la Asociación de Directores de Institutos Públicos de Madrid (Adimad), le llegó la invitación de EL PAÍS a participar en este reportaje cuando acompañaba a sus alumnos de Bachillerato de vuelta de un intercambio en Francia, y aprovechó la circunstancia para preguntarles. “Ellos ven bien las normas”, valora. Pero distinguen entre diversas manera de aplicarlas. Han tenido tutores que se muestran demasiado autoritarios y abusan de las sanciones; otros que las aplican de manera arbitraria, y un tercer perfil que no se hace con su clase porque va de colega y no mantiene unas pautas definidas. “El modelo que funciona es el del profesor con criterio, límites y normas claras”, establece la presidenta de Adimad.
“Hemos de redefinir nuestro papel como docentes y ganarnos la autoridad mediante una comprensión hacia el alumnado, sus vidas, sus realidades, sus dificultades y sus potencialidades”, interviene Hurtado. “La autoridad se gana, no te viene dada solo por el hecho de ser docente”, remacha. “Yo intento escuchar a los grupos, les muestro confianza, les proporciono momentos de diálogo. Pero sobre todo soy coherente entre lo que digo, hago y recomiendo. Ellos valoran mucho la coherencia. También hay que decir no de forma contundente cuando es necesario», reconoce desde su propia experiencia profesional.
Estrategias
A Rosa Rocha le parece muy necesario conocer estrategias para manejar una clase, con sus particularidades y sus interacciones sociales internas. Lucas Gortázar ve que para pacificar un aula —en el sentido urbanístico del término, de convertirla en un lugar seguro, accesible y calmado en el que se prioriza la convivencia— habría que mejorar las condiciones sociales de quienes acceden a ella; por ejemplo, con políticas de vivienda o de salud. Y una vez dentro, acrecentar la capacidad de los docentes para gestionarla. “Sabemos que hay un montón de técnicas eficaces de gestión del aula, pero no es algo en lo que se incida mucho en las facultades de educación”, lamenta el director de EsadeEcPol.
La legislación, aclara Rocha, dota a los centros de herramientas para garantizar la disciplina. El marco de normas, derechos y deberes de una comunidad educativa está regulado por los decretos autonómicos de convivencia; varias regiones tienen, además, leyes de reconocimiento de autoridad del profesorado que les otorga la condición de autoridad pública. “Las medidas están, y se aplican”, dice Rocha. “Habrá casos y centros puntuales en lo que la cosa se haya ido de madre, no digo que no, pero, en general, en los IES realizamos un trabajo enorme para que los alumnos se encuentren bien, escuchados y respetados; cuando se produce una conducta incorrecta, hay consecuencias”. Incluida la más extrema que supone la expulsión. Aunque “son casos muy concretos; no estamos todos los días expulsando gente”, puntualiza esta directora de instituto.
Líneas rojas
Toni García Arias ha sido capaz de bajar el nivel de conflicto del CEIP que dirige, el Joaquín Carrión Valverde de San Javier (Murcia). Se muestra tajante respecto a los alumnos disruptivos que se aburren, no quieren estar en el aula y se dedican a boicotearla. “Tiene que haber líneas rojas y sanciones”, enfatiza. Opina que una expulsión debería llevar aparejado el envío de tareas y un aviso a la policía municipal para que el sancionado no pueda salir de casa. Separar a estos chavales del resto —en aulas de convivencia o enlace— para ofrecerles los apoyos necesarios hasta que puedan reintegrarse a su grupo es una medida controvertida que García Arias defiende: “Si su derecho a asistir a clase vulnera el derecho de otros 30 compañeros a aprender, algo habrá que hacer”. A Magro, sin embargo, le parece “segregadora, elitista, antidemocrática e ilegal”.
“La evidencia científica reciente confirma que las suspensiones y expulsiones tradicionales, y las medidas de tolerancia cero no corrigen la conducta y aumentan el riesgo de fracaso escolar”, declara Fernando Trujillo, profesor en la Universidad de Granada, director de la cátedra en Inteligencia Artificial y Tecnologías Emergentes para el Bienestar (Cátedra Ceuta-IATEB) y miembro de la consultora especializada en la transformación educativa Conecta13. Por oposición, los centros educativos más innovadores están adoptando modelos basados en la prevención y la reparación del daño, hace notar. Aquellos que han abordado la disciplina desde la convivencia, con el bienestar y la mejora educativa en el núcleo, y la restauración como objetivo “reportan una reducción de hasta un tercio en la indisciplina, y una mejora significativa en el rendimiento académico, especialmente en áreas críticas como las matemáticas», concluye el experto.
“Voy a llamar a mi abogado”
“A veces ocurre que sancionamos a un alumno por una conducta inadecuada y encontramos una oposición por parte de su familia, que cuestionan la decisión”, se queja Rosa Rocha, directora de instituto y presidenta de Adimad. Cuenta que incluso le han venido padres con sus abogados. No es que sea lo habitual, precisa, pero sí que observa una tendencia al alza en ello. “Trabajamos con una norma pero no somos expertos jurídicos, sino profesores, y nos encontramos en un ámbito educativo”, recuerda. “Somos una figura de autoridad pública; tenemos presunción de veracidad”, insiste. Por eso, cuando un padre o una madre acude a un instituto diciendo que la versión de su hijo o hija es otra, recomienda escuchar y leer primero lo que dice el docente. “Explicamos a las familias que la versión del chaval no tiene por qué ser la correcta”. Pide la colaboración a las familias. “Buscamos lo mejor para sus hijos. Si todos remamos a una, será más fácil que el alumno sancionado se dé cuenta de su actitud, recapacite y no reincida; por contra, si la familia no solo no apoya sino que nos cuestiona, estamos perdidos», lamenta Rocha.