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Formación Profesional dual, ¿acierto o error?

Extiende la formación en la empresa a todo el alumnado y promete acercar la educación al empleo, pero su implantación abre dudas sobre la capacidad del sistema y el equilibrio entre aprendizaje y productividad

Estudiantes en el CIPFP Mislata, un centro de referencia en Formación Profesional, que apuesta por el emprendimiento de forma transversal, en una imagen de archivo.Mònica Torres

La Formación Profesional vivió durante años en los márgenes del sistema educativo, asociada a itinerarios secundarios y lejos del prestigio académico. Hoy, el escenario ha cambiado de forma radical. Las matrículas crecen, la inserción laboral roza cifras inéditas y la FP se ha convertido en una pieza clave en el debate sobre el futuro del empleo.

En ese contexto, la nueva FP dual —impulsada por la Ley Orgánica de Ordenación e Integración de la Formación Profesional, aprobada en 2022 y desplegada progresivamente desde el curso 2023-2024— generaliza la formación en empresa a todo el alumnado. Se presenta como una de las grandes apuestas del sistema educativo español, llamada a transformar la relación entre educación y trabajo. Pero la pregunta que sobrevuela centros, empresas y especialistas es otra: ¿es realmente un salto de calidad o un modelo que aún no ha demostrado su viabilidad? La respuesta, como suele ocurrir en educación, no es unívoca.

Desde una perspectiva pedagógica, María José Chisvert, profesora titular del Departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Universitat de València, introduce cautela: “La FP ya había avanzado mucho en su conexión con el empleo, y hay que tener cuidado con desplazar el eje pedagógico hacia una lógica excesivamente productiva”. Su planteamiento introduce una duda de fondo: hasta qué punto reforzar la presencia de la empresa mejora la formación… o la condiciona.

El debate arranca con una paradoja que atraviesa todo el sistema: la reforma llega en un momento de expansión de la FP. “La ley que teníamos funcionaba muy bien”, sostiene Joaquín Escriche, vicedirector del CIPFP Mislata y vocal coordinador de FPEmpresa en la Comunitat Valenciana. “El alumnado salía bien formado y las empresas ya estaban acostumbradas”.

Su diagnóstico introduce una primera línea de fricción. Si el sistema ofrecía ya altos niveles de inserción y una relación consolidada con el tejido productivo, ¿qué problema viene a resolver la nueva ley?

Desde el ámbito académico, la respuesta no es uniforme. Ángel Soler Guillén, profesor de Economía Aplicada de la Universitat de València e investigador del Ivie, defiende la reforma en términos estructurales: “Se pasa de un sistema fragmentado a uno integrado”. Sin embargo, incluso desde esa posición introduce matices: “El resultado dependerá de la implementación”.

Una advertencia que refuerza Vicente Tamarit, representante de la Red de Profesores de Tecnología de FP (RED PT-FP): “El problema no es el diseño, sino las condiciones reales en las que se está aplicando”.

La FP dual española se ha mirado en el modelo alemán como inspiración, pero la comparación revela más límites que certezas. Allí, la empresa es el eje del sistema y la formación se articula desde una cultura empresarial consolidada. Aquí, el punto de partida es distinto.

“El modelo alemán no es trasladable directamente”, advierte Soler. La razón es estructural: el peso de las pequeñas y medianas empresas, que no siempre disponen de recursos para asumir funciones formativas complejas.

Desde los centros, esa distancia se percibe con claridad. Francisco Jaime Clausell, jefe de Estudios de Ciclos Formativos del IES Politècnic de Castelló, lo resume de forma gráfica: “Allí la empresa es el centro del sistema; aquí lo sigue siendo el centro educativo”. Más que copiar, el reto —coinciden las voces— es adaptar.

Más empresa, más presión

El corazón de la reforma es la generalización de la formación en empresa. “La formación pasa a ser un proyecto compartido entre centros y empresas”, explica Cristina Vicente, directora del Área de Formación de Cámara Valencia. La lógica es clara: acercar el aprendizaje a entornos reales y facilitar la inserción laboral.

Pero ese salto cuantitativo introduce una presión inédita. “Las empresas no siempre pueden absorber tal volumen de alumnado”, reconoce Vicente. La dualización en primero y segundo curso duplica la demanda de plazas y tensiona el sistema.

La dualización en primero y segundo curso duplica la demanda de plazas y tensiona el sistema.

Desde los centros, la percepción es similar. “Ha habido momentos en los que no sabíamos si podríamos ubicar a todo el alumnado”, señala Escriche. En territorios con menor densidad empresarial, la dificultad es estructural. “No es lo mismo una gran ciudad que una comarca con menos tejido productivo. En esos contextos, la dualización puede convertirse en un reto logístico antes que pedagógico”, explica Ofelia Cháfer, directora del CIPFP Batoi de Alcoi.

Otros centros, como el CIPFP Canastell, añaden otra dimensión: la implantación real exige más coordinación, más seguimiento y más gestión. “Supone un trabajo constante de búsqueda de empresas, seguimiento del alumnado y coordinación que antes no teníamos en este nivel”, explican desde el centro.

Desde la visión empresarial, Inmaculada García, secretaria general de la Confederación Empresarial de la Comunitat Valenciana (CEV), introduce un matiz clave: la FP dual es una oportunidad, pero “las empresas necesitan acompañamiento para poder formar”.

Uno de los cambios más relevantes es la incorporación del alumnado a la empresa desde el primer curso. La medida busca adelantar la experiencia laboral, pero choca con la lógica empresarial.

Desde el alumnado, la crítica es clara. “En primero no hemos adquirido suficiente formación teórica”, señalan desde la Xarxa d’Estudiants de la Comunitat Valenciana – Xarxa Aitana. Esa falta de base limita el aprendizaje y genera experiencias desiguales.

A ello se suma un factor clave: el perfil del alumnado más joven. Francisco Jaime Clausell advierte: “Estamos hablando de alumnado menor de edad, con limitaciones legales y menos autonomía, lo que complica su incorporación a la empresa”. A estas barreras se suman cuestiones prácticas, como el transporte o la disponibilidad de empresas cercanas.

¿Aprender o producir?

La ampliación del tiempo en empresa reabre un debate de fondo: el equilibrio entre formación y productividad.

“Existe el riesgo de que el alumnado realice tareas poco formativas”, advierte Cháfer. Desde Xarxa Aitana lo expresan con mayor contundencia: “Vas a la empresa a aprender y muchas veces acabas haciendo tareas que no aportan formación real”.

Frente a esta visión, el ámbito empresarial introduce matices. García defiende la FP dual como herramienta de empleabilidad, pero reconoce que no todas las empresas están preparadas para formar.

La tensión es evidente: mientras unas voces ven en la empresa un espacio de aprendizaje, otras advierten del riesgo de que la lógica productiva se imponga.

A medida que el modelo se despliega, emergen desigualdades. Como explican desde el CIPFP Canastell, no todos los sectores tienen la misma capacidad de absorción. Hay ámbitos donde la inserción en empresa fluye con relativa facilidad y otros donde se convierte en un reto constante.

Los ciclos vinculados a la industria, la sanidad o la logística cuentan con una mayor red de empresas y una tradición más asentada de colaboración. En cambio, en sectores más fragmentados o con menor implantación empresarial, encontrar plazas suficientes se convierte en una tarea compleja.

Desde el alumnado, esa desigualdad se percibe con claridad. “No todo el mundo tiene las mismas oportunidades según el ciclo o el lugar donde estudia”, señalan desde Xarxa Aitana, que añaden: “En zonas rurales hay menos oportunidades y mayores costes”.

El resultado es un sistema que puede generar trayectorias desiguales. Aunque no todas las voces coinciden. “La FP sigue siendo una herramienta de igualdad”, defiende Escriche.

Un modelo en construcción

Pese a las divergencias, hay un consenso amplio: la FP vive un momento de expansión. La demanda crece, la percepción social mejora y las empresas buscan perfiles técnicos con intensidad creciente. Pero ese crecimiento convive con un sistema en ajuste permanente. “Estamos ante un modelo en construcción”, resume Cristina Vicente.

La cuestión, por tanto, no es solo si la FP dual es un acierto o un error. Es si el sistema está preparado para sostenerla sin perder el equilibrio entre formación, equidad y empleabilidad.

Porque, como advierte Escriche, el reto no está en la norma, sino en su aterrizaje: “La ley puede ser buena, pero ahora hay que digerirla y ver cómo funciona en la práctica”.

En ese margen —entre lo que la reforma promete y lo que el sistema es capaz de asumir— se juega el futuro de la FP. Y, con él, el de miles de estudiantes que ya han empezado a transitar un modelo que todavía está definiendo sus propias reglas.

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