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Kiko Veneno, la tierna mirada del entrañable tunante

El cantante dio una lección de sabiduría popular en un concierto en Barcelona en el que supo imponer el silencio

Kiko Veneno, durante un concierto en Barcelona. JUAN BARBOSA (EL PAÍS)

Es un músico popular en todo el sentido del término, pues es conocido y su música se hunde en aquello que nos suena familiar, que parece llegado con las primeras papillas. En consecuencia, hacerse mayor no puede sino favorecerlo; el tiempo otorga cátedra, las palabras suenan más sabias y las canciones se agigantan, pues el público ha tenido aún más tiempo para hacerlas suyas, vincularlas a su vida y convertirlas en catecismos de la vida de barrio. Tal que un Lazarillo de Tormes contemporáneo, sus canciones reflejan la pillería y el gracejo de quien necesita de ambas cosas para vivir, y sus frases, escritas con la poesía a veces tierna, a veces tunante, siempre con la chispa de la frase sencilla, van por la vida en zapatillas, tratándola con doméstica familiaridad. Kiko Veneno tiene 74 años, pero sus canciones no tienen edad. En una nueva gira pasó por Barcelona estrenando algunas nuevas que formarán parte de su próximo elepé, dejando clara su vitalidad, también su carácter y cantando esas grandes verdades de bolsillo que lo hacen único. Kiko Veneno es un reflejo de cómo éramos, la foto de unos tiempos que están capitulando, atropellada su humanidad por velocidades que no dejan ver.

Pero él sigue ahí, fresco, con un repertorio tan lleno de gemas que siempre se queda alguna en el zurrón. Viéndole en escena con su banda, se notaba que el concierto no se guiaba en piloto automático, de manera que no solo no fue idéntico a los anteriores, sino que el momento pautó variaciones incluso sobre lo que estaba previsto. Se inició con material nuevo, seis temas entre los que destacaron las composiciones más próximas a la balada, Guitarrica, una oda a su compañera de fatigas y Puentes romanos, interpretación que interrumpió para con una gracia no exenta de firmeza, solicitar el silencio de un público al que las barras estaban animando a subir el tono de sus conversaciones. Su trabajo merecía el respeto de ser escuchado, vino a decir. A partir de ahí el silencio mandó, en especial cuando se quedó solo con su guitarra para cantar La casa cuartel, una canción de amor simplemente maravillosa con el trasfondo biográfico de un padre militar. Y el público cantó quedo el estribillo… ”y solo quiere irse muy lejos/cogerla de la mano y salir corriendo”. Inútil decir que el público estaba en el bolsillo, había entrado al concierto ya dentro de él. La cosecha del 92, año de Échate un cantecito, se descorchó inmediatamente con Lobo López y como dice la ranchera, ya todo fue rodar y rodar hasta el final.

De este disco solo sonaron otros tres temas, Echo de menos, En un Mercedes blanco y Superhéroes de Barrio, sin Joselito o Me siento en la cama, aunque sí sonó Veneno, del mítico y homónimo disco con los hermanos Amador, o un estruendoso, surreal y por momentos psicodélico Traspaso que dio paso a la romántica Dice la gente, donde morir de amor es algo cotidiano. El cancionero de Kiko Veneno tiene tanto fondo que cada una de las personas que llenaron el Paral·lel 62 debe tener su propio repertorio ideal, por lo que en sus conciertos siempre se echa algo en falta. La que últimamente no falta es Los tontos, esa rumbita, otra más, que cantara con C Tangana para aupar el sentido de frases como “tú te has creído que por ser yo bueno/puedes ir pisando por donde friego”, que en la asistencia de más edad, nutrida, debió recordar los tiempos previos a la fregona, cuando las mujeres se arrodillaban sobre trapos o, las más modernas, almohadillas de gomaespuma, para dejar impecables los suelos. Son esas observaciones a pie de calle las que hacen creer que escribir bien es algo fácil, que descubren una forma de mirar detallada que encaja en pocas palabras el sentido emocional de unos tiempos ahora felizmente encadenados a la nostalgia.

Con una banda impecable nutrida con guitarras, percusiones, coros y teclados, Kiko voló sobre Barcelona, a la que homenajeó con La rama de Barcelona ya en la parte final del recital, en el que, pese a las normas, alguien puso notas de marihuana. Como en cada uno de sus conciertos, Kiko fue igual a sí mismo sin llegar a la abulia de quien canta con automatismos o porque en esta vida no tiene otra cosa que hacer. Mientras mantenga la mirada, su capacidad de observación y esa ternura de pillín, Kiko Veneno aún dará más alegrías. La vida puede ser un rincón oscuro, pero Kiko siempre tendrá una cerilla para iluminarlo, un fuego tan tímido, humilde y popular como sus propias canciones.

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