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‘Politainment’ o Presupuestos

Entender la política como una película de suspense ha sido la manera que han tenido los medios y los políticos para hacer la realidad política mínimamente atractiva para el ciudadano medio

El presidente del Parlament, Josep Rull, recibe de la consejera de Economía, Alicia Romero, el proyecto de ley de Presupuestos de la Generalitat para 2026.Toni Albir (EFE)

La decisión del Govern de llevar al Parlament el proyecto de Presupuestos de la Generalitat para 2026, sin esperar a tener asegurado el voto de ERC, ...

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La decisión del Govern de llevar al Parlament el proyecto de Presupuestos de la Generalitat para 2026, sin esperar a tener asegurado el voto de ERC, ha sido leído mayoritariamente como una jugada táctica. En este sentido, el PSC estaría forzando a ERC, que a su vez se vería presionada por Junts. Las lecturas, pues, han sido eminentemente tácticas, poniendo el foco en los riesgos que corren los diferentes actores de este supuesto drama, los pros y contras asociados a cada movimiento y las posibles salidas en caso de que se adopte una u otra decisión.

De los Presupuestos se ha hablado poco, por no decir nada. Alguna frase fusilada de la nota de prensa de la Conselleria o un retazo de declaración de la propia consellera. La lectura es evidente: aquí lo importante es la batalla política. Y eso que los Presupuestos aún se venden como la ley más importante del año, capaz —de no ser aprobados— de condicionar la continuidad del Govern.

Más allá de esto, los Presupuestos son la plasmación del programa político de cualquier Gobierno, la manera que tiene este de mostrar las prioridades de su acción, asignando los recursos a su disposición entre las diferentes partidas. Aún hoy es posible distinguir el proyecto de país de los diferentes partidos en función de cómo distribuye el gasto.

Pero esto no forma parte del relato de estos días. O solo tangencialmente. Desde hace tiempo la explicación de lo que pasa en la política se centra en la actuación de sus protagonistas y sus cuitas, y no tanto en lo que estos proponen o discuten, ya sea en despachos o en el Parlament, donde debería producirse el debate político. De hecho, es curioso cómo resulta tan extraño que un Gobierno lleve una ley al Parlamento sin el acuerdo previo de la mayoría, cuando en teoría ese acuerdo debe forjarse precisamente allí.

Entender la política como una película de suspense ha sido la manera que han tenido los medios y los propios políticos —o sus asesores— para hacer la realidad política mínimamente atractiva para el ciudadano medio, educado en tramas repletas de giros de guion y cliffhanger para mantener su atención. Puede entenderse como una estrategia adaptativa en tiempos de hiperconexión y comunicación ininterrumpida. En este marasmo no ya de noticias, sino de pedazos de pedazos de noticias que se suceden frenéticamente en la palma de nuestra mano, las discusiones parlamentarias suponen el anticlímax, el aburrimiento máximo. No digamos unos Presupuestos.

El problema —porque siempre hay un problema— es que la deriva espectacularizada de la política, lo que se ha venido a llamar el politainment, ese engendro que entiende la política como forma de entretenimiento, acaba siendo letal para la propia política, porque la convierte a ojos de la ciudadanía en un concurso televisivo más, de manera que se la juzga según las reglas de estos, es decir por su capacidad de entretener o emocionar, de producir espanto o de seducir. Es decir, de polarizar o aborrecer, o ambas cosas a la vez.

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