Ir al contenido

Retrato de Castilla y León: una Comunidad autónoma que busca la fórmula para dejar de vaciarse

De Soria a León, EL PAÍS recorre un territorio gobernado por el PP desde 1987, que irá a las urnas el 15: plantaciones agrícolas ultramodernas, pueblos desiertos, ganaderos hartos y localidades millonarias gracias a la lotería de los molinos de viento

Vista general de Castromonte, en la provincia de Valladolid, el miércoles 25 de febrero. ÓSCAR CORRAL

En un esquinazo del oeste de la provincia de Soria, no lejos del Burgo de Osma, se yergue una explotación moderna, tecnificada y gigantesca de manzanos que produce, ella sola, cerca de 40 millones de kilogramos de fruta al año. Más o menos el 10% de las manzanas que consume el país entero. Cerca del mar de manzanos, pero al otro lado del Duero, se levanta -es un decir- un pueblo llamado Navapalos abandonado por completo en los años 70 durante el éxodo hacia Madrid que desangró el pueblo, la comarca y la región. Hay viviendas hundidas, corrales destruidos, una atalaya musulmana que lleva ahí de...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

En un esquinazo del oeste de la provincia de Soria, no lejos del Burgo de Osma, se yergue una explotación moderna, tecnificada y gigantesca de manzanos que produce, ella sola, cerca de 40 millones de kilogramos de fruta al año. Más o menos el 10% de las manzanas que consume el país entero. Cerca del mar de manzanos, pero al otro lado del Duero, se levanta -es un decir- un pueblo llamado Navapalos abandonado por completo en los años 70 durante el éxodo hacia Madrid que desangró el pueblo, la comarca y la región. Hay viviendas hundidas, corrales destruidos, una atalaya musulmana que lleva ahí desde la Edad Media y un puñado de calles, en principio, desiertas. Parece un pueblo vacío, pero no: en él reside una pequeña colonia de cinco jóvenes antisistema empeñados en restaurar algunas casas con sus propias manos y vivir ahí dándole la espalda a la globalización. La explotación frutícola, propiedad del grupo Nufri, que emplea a cientos de trabajadores, muchos de ellos inmigrantes africanos, llegó a Soria en 2008 empujada por el cambio climático: en Lérida, su lugar de origen, las cada vez más frecuentes noches tropicales amenazaban la producción. Guillermo Jiménez, uno de los cinco pobladores del pueblo vecino, llegó a Navapalos en 2021 procedente de Alcobendas. Cuenta que a veces, cuando los de Nufri emplean insecticidas y el viento juega en su contra, el veneno cruza el río: “Sin querer, nos fumigan”. También que está empadronado en el Burgo, que trabaja ocasionalmente de camarero, que quiere quedarse a vivir ahí y que hace días le llegó la papeleta de las próximas elecciones autonómicas de Castilla y León del 15 de marzo. Con ella en la mano hace una defensa de lo que él considera un voto útil: “En Madrid yo votaba a Podemos; pero aquí, todo tan del PP, igual lo hago por el PSOE”.

Castilla y León es la región más extensa de España y una de las más extensas de Europa. Comprende el 18,6% de la superficie total de España. Desde donde Guillermo contemplaba el martes plácidamente deshacerse la tarde, en Navapalos, a las montañas de El Bierzo que hacen frontera con Galicia hay, en línea recta, casi 420 kilómetros. Dentro de ellos uno puede encontrarse prácticamente de todo. Por eso, recorrer esta comunidad autónoma es descubrir una España bella, antigua y sorprendente que sale poco en el telediario pero que constituye una parte del alma contradictoria del país. Un pedazo de alma cada vez más vacía: en Castilla y León viven solo 2,4 millones de personas, el 4,8% de los habitantes de España. Para hacerse una idea de la pérdida de peso demográfico: durante la década de 1930 en lo que ahora es Castilla y León residían 2,6 millones de personas y eso, entonces, constituía el 11% de la población española. La pérdida de población es constante, aparentemente imparable y progresiva: en 1994 se contaban 2,5 millones de habitantes; en 2004, bajaron a 2,48 millones; nada indica que la tendencia se vaya a revertir y los actuales 2,4 millones no dejen de serlo pronto. Por eso, viajar por esta zona es toparse con una sucesión dolorosa de pueblos desiertos, de tiendas cerradas, de pistas de baloncesto sin niños, de frontones inutilizados, de casas con las persianas bajadas, de ruinas de castillos e iglesias a las que nadie va nunca y calles por las que nadie pasa… En las encuestas del CIS aparece la despoblación como principal preocupación de los castellanoleoneses desde hace años; en el resto de España el problema es la falta de viviendas para la gente; aquí es la falta de gente para las viviendas.

En Castejón del Campo, también en la provincia de Soria, sólo viven dos personas. Una de ellas es Ana Sánchez Castejón, psicóloga, aferrada al teletrabajo y decidida a que su pueblo -y la memoria de su pueblo- no desaparezca. El otro es su marido. Una noche de 1979, ella y su prima, por entonces dos niñas de diez y doce años, salvaron lo poco que quedaba de la vieja escuela, cerrada desde hacía mucho. Recogieron a la carrera los pupitres, los libros, los cuadernos, las fotografías y los registros antiguos de los alumnos porque iban a ser trasladados a la mañana siguiente a Soria. Hoy todavía los conserva en una especie de escuelita simbólica en Castejón. En uno de los registros, datado en 1942, se da cuenta del número de niños escolarizados entonces: más de 30. Uno de ellos es Antonio Jiménez Hernández, padre del reportero que firma este texto.

En Cabrejas del Campo, no lejos de Castejón, un agricultor de 54 años llamado Javier Díez calcula por encima las personas que viven de continuo en el pueblo: “Serán diez”. Y explica el motivo: “Si hubiera para vivir, habría gente. Antes, 40 hectáreas daban para una familia; ahora hacen falta 400.” Él tampoco vive en su pueblo: va y viene desde Soria, una ciudad de 40.000 habitantes que gana -o que no pierde- población gracias a la que vierten hacia ella las localidades cercanas. Las buenas carreteras sirven lo mismo para llegar que para irse. Madrid es el gran agujero negro que engulle todo el territorio central español; Soria, uno de los pequeños agujeros negros provinciales que engullen a pueblos como Cabrejas. El futuro, desde luego, pasa por otro lado: el hijo de Díez, Héctor, además de estudiante universitario de biomedicina es campeón del mundo de patinaje artístico. Este agricultor conoce la explotación de manzanas de Nufri. Y razona: “Así, sí. Con 800 hectáreas todas juntas, se puede. Pero yo tengo 400 desperdigadas, aquí y allá, y no doy abasto. Es la globalización. Y con el Mercosur será peor”.

El temor al acuerdo comercial entre Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay y la Unión Europa atraviesa todo el sector. En un terreno sembrado en la provincia de Segovia hay una montaña de balas de paja con una sábana colocada en un lado y una pintada hecha a mano: “No al Mercosur”. Y Mario Rojo, de 26 años, paradigma del agricultor joven vocacional, usuario de las redes sociales, lo expresa con un ojo en las próximas elecciones, sin querer especificar a quién vota él: “Todos mis compañeros agricultores coinciden: el PP y el PSOE han traicionado al campo con este acuerdo. Y por eso no les van a votar. Lo de que suba Vox es normal… Por lo menos ellos hablan del campo, de la agricultura y de la ganadería”. En esta tarde despejada de miércoles, después de semanas y semanas de lluvia, Rojo se ocupa en transportar con el tractor fertilizante a sus tierras en el término municipal burgalés de Quintanilla Sobresierra. Es hijo y nieto de agricultores, confiesa que este trabajo le gusta desde siempre, pero añade que su familia no quería que se dedicase al campo por la incerteza que arrastra y los nubarrones económicos que se ciernen sobre él. Pocos de los amigos con los que estudió lo hacen. Coincide punto por punto con Javier Díez, el agricultor soriano de Cabrejas del Campo, el padre del campeón del mundo de patinaje: “Antes, en tiempos de mi abuelo, con una buena cosecha, te comprabas un tractor. Ahora, con los precios de hoy, eso es imposible. Trabajo 250 hectáreas, y no me da la vida. No puedo contratar a nadie. Y si yo construyo una nave, e invierto, puede que, desde el punto de vista urbanístico, tal y como va la zona esta, esa nave con el tiempo no se revalorice, al contrario, pierda valor. Mientras que si invierto en un piso en Valladolid o Burgos siempre va a valer”. Añade que le gustaría, con el tiempo, sumar un puñado de vacas a su negocio, pero cuando lo dice duda: “Es difícil, ya casi nadie quiere ser ganadero: el cordero dentro de unos años va a ser un producto de lujo”.

Es cierto: por lo menos es lo que aseguraba unas horas antes un pastor al lado de la carretera N-234, que va de Soria a Burgos, a la altura de su pueblo, Barbadillo del Mercado. Se llama Ciriaco José Acinas, tiene 63 años, se jubilará pronto, y confesaba que llevaba tres años sin dejar crías en el rebaño. Un rebaño, por lo tanto, cada vez más reducido, condenado a extinguirse. A lo largo del viaje y de los días, a lo largo de las diferentes provincias, cunde la sensación en esta tierra de que un mundo desaparece sin que se le haya encontrado reemplazo. Acinas habla del lobo, de que desde enero se muestra más, de que hace unas semanas vio uno a unos metros y de que no se atreve ya a dejar al rebaño solo. Luego comenta las elecciones en su pueblo: “Aquí siempre ha sido el PP, pero Vox va sacando…”

El profesor de Sociología de la Universidad de Salamanca Ángel Martín asegura que la extrema derecha ha sabido introducirse por una brecha abierta en Castilla y León: “El de la geografía del descontento, el de acercarse a los lugares a los que nadie importa, el de los perdedores de la globalización”. Según el promedio de encuestas de TVE, el PP volverá ser el partido más votado y ganará dos escaños, pasando de 31 a 33, pero estará lejos de la mayoría absoluta, que se sitúa en los 42. Por lo tanto, necesitará el voto de los procuradores de Vox , que obtendrán 15, dos más que en 2022. El PSOE, según este promedio de encuestas, mantendrá los 28 escaños que tiene ahora.

La consultora política y profesora de la universidad de Valladolid Alicia Gil-Torres recuerda que la Comunidad Autónoma de Castilla y León lleva gobernada por el PP desde 1987: “Estamos ante una población envejecida (el 27,3% tiene más de 65 años), que busca la estabilidad, un territorio muy poco volátil, que protesta poco -debido, entre otras cosas, a que hay pocos jóvenes- que tiende al conformismo y al conservadurismo”. Una tendencia conservadora que no solo se refleja en las elecciones y en el campo. Un ejemplo: el rechazo de una parte de la ciudad de Burgos a las nuevas puertas de la catedral encargadas por el arzobispado de la ciudad al pintor Antonio López. Esto ha causado que, meses después de que el artista las haya terminado aguarden aún en un rincón del templo el permiso final para su instalación.

Económicamente, Castilla y León también constituye una paradoja: el PIB de la autonómico representa solo el 4,7% de la riqueza del país. Pero, repartida esa riqueza entre sus habitantes (el PIB per cápita), el resultante arroja que Castilla y León está solo un poco por debajo de la media nacional. El paro asciende al 8,3%, menos que la media de España (9,9%). Administrativamente, más que paradoja, es un follón. Muchos la tachan de comunidad autónoma artificial, compuesta por dos regiones históricas distintas, carente de una identidad común: de hecho, no tiene himno ni una capital formal, aunque Valladolid haga las veces de capital vicaria de las nueve provincias. La provincia de León se siente ninguneada por Castilla y buena parte de su población aspira a la independencia; Burgos se siente menoscabada con respecto a Valladolid, que como sede del Gobierno ha sido más favorecida institucionalmente; Soria se siente abandonada por todos. Y Valladolid se queja de que todos se quejan.

Mientras, sus habitantes tratan de encontrar la ruta hacia el futuro. En el último rincón de la Comunidad Autónoma, en el extremo opuesto a los pueblos cerealistas vacíos de Soria, languidecen las comarcas mineras de León, con las cuencas cerradas y el porvenir en suspenso. Una zona socialista, pintada de rojo elección tras elección y que destaca dentro del mapa por lo general azul del PP del resto de la Comunidad autónoma. Vicente Mirón, alcalde de Toreno, de 2.800 habitantes -llegó a tener 7.000 cuando las minas funcionaban- se lamenta: “Llevamos más de 100 años siendo mineros y, por ahora, no sabemos ser otra cosa”. Y denuncia que sin un plan B llegará el segundo bajón económico de la comarca-y puede que definitivo- cuando los jubilados de las minas con buenas pensiones desaparezcan. Ajenos a eso, en el centro de Castilla, en una comarca conocida como los Montes Torozos, en la provincia de Valladolid, el alcalde de Castromonte, con 100 vecinos en invierno y 450 en verano, asegura haber encontrado una vía de supervivencia. Gracias a su estratégica posición geográfica y al viento que bate la meseta, ha llenado los alrededores del pueblo de aerogeneradores eólicos. Hay 85 en el término municipal. El pueblo parece un erizo. No hay esquina, pared o edificio en la que no asomen las aspas de un molino. Diversas asociaciones ecologistas denuncian su excesiva proliferación y el impacto paisajístico y ecológico que suponen. Pero el alcalde, Heliodoro de la Iglesia, independiente en las listas del PP, con una calculadora en la mano, explica que el presupuesto municipal se ha duplicado en los últimos años. Los aerogeneradores arrojan más de 500.000 euros al año a las arcas municipales. Gracias a eso el Ayuntamiento ha construido un edificio con aliento moderno para alojar el bar pueblo, una circunvalación, una piscina para el verano y pronto iniciará las obras para un gimnasio. Todo encaminado a lo mismo que buscan todos en esta comunidad autónoma extensa y vacía: “Conseguir que la gente venga; conseguir que la gente no se vaya”.

Archivado En