En el paraíso nevado de Zermatt: esquí, grandes paisajes y hoteles centenarios
A este encantador pueblo de los Alpes solo se puede acceder en tren. Allí esperan imágenes icónicas de Suiza, como la silueta del Cervino, y experiencias únicas para los amantes de la montaña y el alpinismo
En lo alto del valle de Mattertal, en la margen izquierda del Alto Ródano, se encuentra el paraíso de Zermatt, un pueblo alpino por excelencia rodeado de glaciares y cimas de más de 4.000 metros de altura con nieves permanentes, al que solo se puede acceder en tren. Todo un universo independiente a los pies del famoso Matterhorn o Cervino (4.478 metros), dos nombres para la montaña piramidal más emblemática de los Alpes, aislada entre Suiza y la vecina Italia.
Estamos en el llamado Matterhorn Ski Paradise, con buena parte de las riquezas que incluye el Inventario Federal de Paisajes, Sitios y Monumentos Naturales de Suiza, que pretende conservar paisajes sublimes de importancia nacional. Un destino donde se multiplican las propuestas para los amantes de la montaña y la nieve en la zona de deportes de invierno más alta de los Alpes, con cerca de 350 kilómetros de pistas de esquí de gran calidad, y que funciona también en verano.
Nada más poner el pie en Zermatt atrae la mirada la omnipresente presencia de la gran pirámide de roca y hielo del Cervino, con sus cuatro caras apuntando a los cuatro puntos cardinales que, pese a no ser la cumbre más alta, es la montaña reina.
Quedan pocas horas de luz, así que mejor centrarse en la localidad, con unos 5.800 habitantes y a 1.620 metros sobre el nivel del mar, un auténtico centro de operaciones para disfrutar del paraíso natural al aire libre que lo envuelve. En su centro, en la calle Hinterdorfstrasse un conjunto de casas y graneros de madera dan testimonio de su época de aldea agrícola con la arquitectura popular de alta montaña a orillas del río Vispa. El subterráneo Museo Matterhorn-Zermatlantis se centra en la historia del pueblo y del primer ascenso al Cervino, el 14 de julio de 1865. Cerca, la iglesia de San Mauricio y su Cementerio de Alpinistas, quienes perdieron su vida intentando coronar estas cumbres —algunos de ellos españoles—. Y siempre el Cervino como telón de fondo.
Ecológica y sostenible, su apuesta más visible es ser núcleo libre de coches con motor de combustible fósil desde 1961. Solo pueden circular vehículos eléctricos locales, y con restricciones. Si se viaja en coche, el límite es la vecina localidad de Täsch, donde aparcar y tomar el tren lanzadera. Con las primeras luces, inicia su ascenso el tren cremallera (el primero eléctrico de Suiza, 1898) que serpentea la montaña hasta alcanzar la cima del Gornegrat, con su observatorio y el 3100 Kulmhotel Gornergrat, el hotel más alto del país. En el panorama, 28 colosales 4.000 y el majestuoso glaciar Gorner, con sus 12 kilómetros de longitud, que parece brotar de la masa del Monte Rosa, la montaña suiza más alta (4.634). Merece la pena madrugar para coger el primer tren y compartir su inmensidad con las cabras montesas.
Junto a él, aislado, el carismático Neue Monte Rosa Hütte (2.883 metros), un refugio prácticamente autosuficiente del ETH, la prestigiosa Escuela Politécnica Federal de Zúrich, impulsado por el profesor Andrea Deplazes y desarrollado por sus estudiantes, junto a estratégicos colaboradores. Se asemeja a una roca, su recubrimiento de aluminio lo mimetiza con el entorno. Su emplazamiento subyuga.
El Matterhorn Glacier Paradise se alza en la cumbre del Klein Matterhorn (3.883 metros), y luce varias marcas europeas: es la estación más alta, el teleférico más alto, el bar restaurante y la pista de esquí más alta, y la más larga de Europa. Puede funcionar como refugio en esta inmensidad rodeada de 38 imponentes cimas de 4.000 metros y 14 majestuosos glaciares, que se desparraman también hacia Francia e Italia. Aquí donde se difuminan las fronteras, se puede cruzar por pistas a la vertiente italiana. Y aquí está la única estación con nieves permanentes que funciona también en verano, y con nada menos que 21 kilómetros de pistas sobre el glaciar Theodul.
Entre tanta excelencia, difícil no repetirse en adjetivos, como al describir el paisaje que se ve desde el teleférico Matterhorn (3.821 metros), que sobrevuelan Klein Matterhorn o la estación italiana Testa Grigia. Una gesta perseguida durante décadas con dos propuestas de élite desde 2023: cabinas con grandes ventanales y asientos calefactables con diseño made in Pininfarina (que también arropa a Ferrari, Maserati o Jaguar) o las cabinas vip, que tienen suelo de cristal y están adornados de Swarovski.
Zermatt es una estación exclusiva en su doble sentido: por los precios y su cadena de miradores, observatorios e infraestructuras de alto nivel que emergen del paisaje. Todo un reto en el desarrollo arquitectónico y turístico, con construcciones adaptadas por las ingenierías a la vida geológica del propio territorio. Conectan coordinadamente hasta los puntos más alejados de sus cuatro áreas: Gornergrat, Klein Matterhorn, Schwarzsee y Sunnegga. Así que es interesante hacerse con el Peak Pass.
Un pedazo de historia del alpinismo y del turismo de montaña
La excelencia de estos paisajes atrajo desde los comienzos a los viajeros del mítico Grand Tour en el siglo XVII, cuando las grandes montañas alpinas parecían inexpugnables y poco más que la morada de seres mitológicos. Aristócratas, aventureros y algunos científicos competían por conquistar sus cumbres, acuñando con nombre propio al alpinismo.
El 1 de agosto de 1855 la primera expedición que alcanza el Punta Dufour, la cima más alta del Monte Rosa (4.634 metros), partió de Zermatt. Fue tal la repercusión, que el mismo año nace el primer hotel: Monte Rosa. En él se hospeda Edward Whymper, el joven grabador británico que recibe el encargo de ilustrar un libro sobre los Alpes y que acaba en julio de 1865 siendo el primero en coronar junto a su equipo el hasta entonces inconquistable Cervino. A partir de entonces, se intensifica la llegada de aristócratas y extranjeros adinerados durante largas estancias para curas de salud o expediciones. Zermatt se convierte en un destino mundialmente famoso: acaba de nacer el turismo de montaña, para el que cazadores y pastores son contratados como guías.
Conscientes del interés que despertaban y de los cambios de la vida del hasta entonces remoto y modesto pueblo, su párroco Josef Ruden anima a las antiguas familias de Zermatt a no vender parcelas a extranjeros y a construir un hotel para su propio beneficio. Lo hacen y lo gestionan: el Grand Hotel Zermatterhof (1879).
Travesías para disfrutar y concienciar sobre el deshielo
La industria turística suiza, junto a científicos e investigadores, sigue de cerca las ineludibles consecuencias del cambio climático: desde 1850, el volumen de los glaciares alpinos se ha reducido en un 60%. Zermatt es siempre el gran enclave para conocer de cerca la inmensidad de los colosos de hielo en pleno corazón de Europa, que enamoran y sensibilizan. Y también es estratégico para concienciar sobre su retroceso y los efectos del calentamiento global.
Además del esquí, se abren 70 kilómetros de senderos para rutas invernales y unos 20 kilómetros con raquetas, con puntos para una pausa y refugios donde tomar algo caliente —pueden estar bloqueadas o interrumpidas debido a la meteorología, así que siempre es importante consultarla online—.
Entre las más conocidas de invierno y siempre con ángulo hacia el Matterhorn, está la Ruta de los Cinco Lagos, con 11 kilómetros de longitud, y la Ruta Gornergrat, de 7 kilómetros de longitud hasta Zermatt. Aunque se puede partir a medio camino desde la estación de tren Rotenboden para descender al histórico hotel Riffelhaus 1853 y entrar en el valle que cobija Zermatt por la aldea Zum See, con un restaurante rústico del mismo nombre perfectamente integrado en cabañas con más de 350 años de antigüedad. Buen lugar para reponer fuerzas y seguir hasta Zermatt, donde sumergirse en las aguas termales de algún spa y reponerse en el cálido ambiente de sus locales.