Finales felices

Relato de cuatro intervenciones de la policía que han sido condecoradas

El sargento mayor Fausto Escobedo Fernández, de 57 años, aguantó con cara de piedra el manoseo del alcalde en su pechera. Buscaba el primer mandatario -mucho más pequeño- un espacio libre de condecoraciones donde engancharle la medalla, la más alta insignia de las 81 concedidas ayer en el acto celebrado en el Retiro en honor de san Juan Bautista, patrón de los agentes locales. Al final, el alcalde optó por ponerse de puntillas y colgarle la cruz al mérito casi a la altura del hombro. Mil aplausos. Y Fausto Escobedo, sin que se le moviese el bigote, añadió cuatro aspas de calamina dorada a una ...

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El sargento mayor Fausto Escobedo Fernández, de 57 años, aguantó con cara de piedra el manoseo del alcalde en su pechera. Buscaba el primer mandatario -mucho más pequeño- un espacio libre de condecoraciones donde engancharle la medalla, la más alta insignia de las 81 concedidas ayer en el acto celebrado en el Retiro en honor de san Juan Bautista, patrón de los agentes locales. Al final, el alcalde optó por ponerse de puntillas y colgarle la cruz al mérito casi a la altura del hombro. Mil aplausos. Y Fausto Escobedo, sin que se le moviese el bigote, añadió cuatro aspas de calamina dorada a una colección iniciada en 1969 cuando fue galardonado por su disciplina, aseo y puntualidad. Veinticinco años después, el sargento -que dice "el caudillo" por Franco- mantiene su expediente igual de impoluto que su uniforme."Soy un ejemplo", afirma este guardia tan cumplidor que hasta tiene una hija -Consuelo- en el cuerpo. Y es que lo suyo, por eso la medalla, ha sido un premio a una intervención de décadas.

Distinto es el mérito de José Francisco Prieto, de 30 años, quien recibió la mención honorífica -una especie de diploma al valor- por una actuación fuera de servicio. Prieto se topó el 21 de enero con una Luger del calibre 8. Estaba el agente, de paisano y con su suegro, en una sucursal del Banco Santander de Alcorcón. Dos atracadores, con pistola y cuchillo, entraron. Un cliente se abalanzó sobre el del cuchillo. La Luger se disponía a matar cuando Prieto, sin más defensa que sus manos, se enfrentó al pistolero. Una bala perforó una papelera, otra salió a la calle. Al tercer disparo el arma se encasquilló y su portador fue reducido. "La cuestión es que el cliente se tiró sobre el del cuchillo porque le reconoció como el ladrón que le había quitado 5.200 pesetas unos días antes", bromeaba ayer el agente.

Y si Prieto salvó la vida a un desconocido, Pedro García López, de 40 años, y Manuel Domínguez Nieves, de 53, evitaron que otro se la quitase. Fue en la madrugada del 4 de junio, en la M-30, bajo el puente de Ventas. Mientras los coches pasaban a más de 100 kilómetros por hora, un hombre joven, de torso desnudo, se dedicaba a torearlos. Al ver a los agentes, se inició una persecución a pie entre las ráfagas de los coches. Detenido finalmente, fue conducido al arcén. Parecía tranquilo. "Quiero matarme", dijo y, tras patalear, se escapó. Manuel volvió a hacer de corredor suicida en la M-30 mientras su compañero le cubría convertido en una señal de stop. La segunda detención acabó con golpes. Manuel permaneció un raes de baja. Ayer, el recuerdo de aquella noche quedó enmarcado en una mención honorífica.

La misma que se le concedió, en el momento más emotivo del acto, a Emilio Almendros Gomis, el agente que el 21 de junio de 1993 sacó a Luis Gabarda, de ocho años, del infierno que acababan de esparcir -siete muertos- los dinamiteros de ETA en la calle de Joaquín Costa. El niño, con el cuerpo ensangrentado y los brazos despedazados, fue conducido por. el policía al Gregorio Marañón". Allí, el agente, con el moribundo en brazos, cruzó el aparcamiento corriendo, saltando. "Por favor, sujétame los brazos, que se me caen", le decía el pequeño. La velocidad le salvó la vida. A Emilio Almendros, de 30 años, el galardón se lo entregó ayer la víctima con sus manos.

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