La izquierda en el país de las deudas
Las candidaturas que hoy se disputan la representación de la izquierda y el progresismo en la próxima elección presidencial, ¿tienen propuestas frente al endeudamiento?

Mi madre, que estudió trabajo social en los años sesenta, siempre me recuerda que la pobreza en Chile “no es ni pariente” a la que ella conoció en las poblaciones de Santiago durante su formación universitaria. Tiene razón. Cualquier persona de su edad ha visto a Chile transitar de ser un país pobre y atrasado -de esa pobreza de no tener zapatos- a ser un país mucho más rico y, también, mucho más desigual.
Es cierto que la pobreza aún existe, pero es distinta a la de aquellas décadas. Hoy el hacinamiento en viviendas de tamaño y calidad insuficiente, las economías ilegales como alternativa de vida cada vez más atractiva para los jóvenes y el abandono familiar –“socialización de calle” como se le llama ahora- son las caras de la pobreza en el Chile contemporáneo.
Pero los años de neoliberalismo y democracia política han producido una combinación de crecimiento económico, sensible reducción de la pobreza y alarmante desigualdad, que da como resultado una particular fisionomía social. En las condiciones actuales, la inmensa mayoría de la población no es pobre, pero sí es precaria. Y en esta definición buscamos englobar experiencias vividas por sectores muy amplios de la sociedad como el trabajo de mala calidad y los bajos salarios (que a veces obligan a tener más de un empleo), la alta rotación laboral, el subempleo profesional, la falta de tiempo para estar con los hijos, la angustia ante el futuro, los elevados niveles de depresión y otros problemas de salud mental, el temor a enfermedades impagables y el miedo a una vejez pobre.
Este panorama, sombrío y desalentador, podría parecer contradictorio con otras escenas cotidianas tan reales como las anteriores: mall repletos, exitosos “cyber days” y, en general, elevados niveles de consumo. Y es que en Chile precariedad y consumo conviven palmo a palmo, porque el sujeto precario de hoy –y más vale entenderlo- no es el pobre de ayer, sobre todo por efecto del masivo acceso al crédito.
Es un hecho. El endeudamiento se ha convertido en una estrategia frecuente para la mayoría de las familias de nuestro país. De acuerdo con la Encuesta Financiera de Hogares del año 2021, un 57,4% de los hogares tiene alguna deuda, y el hogar mediano destina un 21% de sus ingresos mensuales a su pago y debe en promedio 3,5 veces su ingreso mensual.
La deuda, el “estar encalillado”, forma parte de la experiencia colectiva de las y los chilenos, pero, como en todo, se vive de manera socialmente muy desigual. Los fines y las formas de endeudamiento tienen un fuerte componente de clase. De acuerdo con un estudio desarrollado en el 2020 por los académicos Lorena Pérez-Roa y Matías Gómez, los hogares de bajos ingresos se endeudan para acceder a productos de reproducción de la vida (bienes durables, vestuario y mercadería) mientras que los de ingresos superiores lo hacen para acceder a bienes posicionales (vacaciones, vehículos, ampliaciones) o para invertir o financiar otras deudas. Además, los hogares de ingresos bajos y medios acceden mayoritariamente a créditos de casas comerciales, aceptando condiciones notoriamente desfavorables en comparación con los grupos altos, que acceden con facilidad al crédito bancario.
Los efectos sociales y psicológicos del endeudamiento son tan hondos que han sido abordados latamente por la sociología y la filosofía contemporánea. En La fábrica del hombre endeudado, el filósofo italiano Mauricio Lazzarato comparte una ilustrativa reflexión acerca de cómo la deuda se ha convertido en la forma más eficiente de realizar una sideral transferencia de recursos desde los Estados y desde las personas comunes y corrientes hacia la minoría supermillonaria que está detrás de las instituciones financieras globales.
Más cerca de nosotros, las intelectuales y militantes argentinas Verónica Gago y Luci Cavallero han puesto de relieve el endeudamiento de las economías domésticas como parte de una estrategia de financiarización de grupos antes excluidos de la posibilidad de endeudamiento, como los trabajadores informales y las dueñas de casa, en una trabazón de subsidios estatales y penetración financiera de amplio alcance.
Chile no es ajeno a estos procesos.
Ante esta realidad, que tiene impactos severos en la calidad de vida y en la salud mental de las personas, particularmente en los sectores populares, es pertinente que nos preguntemos por qué el endeudamiento, sobre todo aquel producido por ausencia de derechos sociales (deudas por estudiar, para pagar consultas médicas, intervenciones quirúrgicas o medicamentos) no ha sido una agenda prioritaria para la izquierda y la centroizquierda en nuestro país.
Quizás persiste en alguna parte de la izquierda una mirada castigadora hacia el consumo popular o, por efecto de décadas de focalización como principio rector de la política social, una preocupación exclusiva por los “verdaderamente pobres” y un descuido de los sectores populares precarizados, la llamada “clase media emergente”.
Ahora bien, es justo reconocer que el Frente Amplio, y nadie honesto podría decir lo contrario, ha dado pasos importantes al insistir porfiadamente en la eliminación del CAE y en la condonación de las deudas educativas, pero la izquierda en Chile, en su conjunto, debiera estar planteando cuestiones mucho más sustantivas en esta materia. Por ejemplo, respecto a los intereses permitidos a los bancos y casas comerciales por los créditos de consumo, o a las tasas de los hipotecarios o a las deudas por razones médicas.
Las candidaturas que hoy se disputan la representación de la izquierda y el progresismo en la próxima elección presidencial, ¿tienen propuestas frente al endeudamiento? El Frente Amplio, que ha empujado la condonación de las deudas educativas, ¿está dispuesto a seguir avanzado sobre otras deudas ilegítimas?, ¿hay candidaturas dispuestas a enfrentar las deudas por derechos sociales como la salud y los intereses usureros de las casas comerciales y los bancos? ¿Hay candidaturas dispuestas a ponerse del lado de los consumidores contra los abusos del sistema financiero?
Tohá, Jara y Winter se reivindican representantes de “la izquierda moderna”, pero ese significante queda vacío si no se le agrega contenido social concreto. Porque, convengamos que hoy en día no basta con “no ser estalinista” o con “no ser estatista” o con “estar a favor de la colaboración público-privada”. Para ser “moderno y de izquierda”, es necesario plantearse con determinación frente a los problemas de los trabajadores y sectores populares, y el endeudamiento es uno de los más relevantes y extendidos.
La izquierda moderna debiera tener propuestas que defiendan a las y los chilenos de los abusos del sistema financiero, y que se propongan acabar con todas las deudas por derechos sociales. En eso, el Frente Amplio ha abierto un camino que, esperemos, esté dispuesto a continuar. Esperemos también que las otras candidaturas coincidan en que ese es un camino correcto.
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