Ir al contenido
suscríbete

Son las nueve de la tarde

Las artificiales convenciones horarias han difuminado los límites naturales de los distintos tramos del día

Puesta de sol en Palma, en enero de este año.Clara Margais (picture alliance / Getty Images)

Tenemos un buen jaleo para nombrar las tres partes del día que se establecieron en función de la luz del Sol. Para empezar, en español solemos acudir a un plural cuando expresamos buenos deseos, pese a que nos estamos refiriendo a un singular: “Buenos días”, “buenas tardes”, “buenas noches”, igual que hacemos con “felices Pascuas”, “mis condolencias”, “recuerdos”, “saludos”, “abrazos”, “felicidades”… El singular les parecía ramplón a nuestros antepasados, que prefirieron transmitir un valor más amplio, no reducido a un momento sino extensible a todos los que vengan.

Deseamos “buenos día...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Tenemos un buen jaleo para nombrar las tres partes del día que se establecieron en función de la luz del Sol. Para empezar, en español solemos acudir a un plural cuando expresamos buenos deseos, pese a que nos estamos refiriendo a un singular: “Buenos días”, “buenas tardes”, “buenas noches”, igual que hacemos con “felices Pascuas”, “mis condolencias”, “recuerdos”, “saludos”, “abrazos”, “felicidades”… El singular les parecía ramplón a nuestros antepasados, que prefirieron transmitir un valor más amplio, no reducido a un momento sino extensible a todos los que vengan.

Deseamos “buenos días” solamente por la mañana. “Día” se opone a “noche”, y sin embargo también designa las 24 horas de una fecha, que incluyen la noche. Si decimos “el envío tardó cuatro días en llegar”, ahí van incluidas sus respectivas horas nocturnas aunque no se mencionen (de igual modo que los genéricos incluyen los dos sexos aunque tampoco se expliciten). El significante que nombra el todo puede nombrar la parte, como ocurre igualmente con “jornada”, que vale para el día entero o ceñirse al horario laboral (“jornada completa”, “media jornada”…) .

También pisamos un suelo resbaladizo con la palabra “mediodía”. Siempre dudamos si el mediodía se produce a las 12.00 (la mitad de 24) o si designa el tiempo de la comida, coincidente ahora con el cénit del Sol. Cuando nos informan de que “habrá lluvias a mediodía”, ¿a qué momento se refieren? Esa ambigüedad horaria se debe a que, frente a las costumbres de nuestros ancestros, ya no comemos en función del ciclo solar, sino del reloj. (Comer, por cierto, también designa el todo y la parte: comemos al comer y comemos al cenar, de modo que la cena es una comida).

Más problema aún hallaremos con los dos siguientes segmentos: “Buenas tardes” y “buenas noches”. Las artificiales convenciones horarias de hoy han difuminado sus límites. Todos diríamos que la tarde comienza tras el mediodía, pero en este caso la lengua tiende a considerar como tal las 12.00. Por eso decimos “son las dos de la tarde” (la una de la tarde en Canarias). Y no “son las dos del mediodía”; ni “las dos de la mañana” (esto queda para la madrugada, paradójicamente).

¿Y cuándo acaba la tarde? Tradicionalmente, cuando llega la oscuridad, una vez que se ha puesto el Sol. En el presente abril, el astro rey se está ocultando en España sobre las nueve. Y el 23 de junio no lo hará hasta las 21.50 (con alguna diferencia según la zona), hora que expresaríamos con un aproximado “son las diez menos diez”. Y hasta casi finales de agosto, el Sol no se esconderá antes de las 21.00, si bien la claridad seguirá unos 25 minutos más, con el crepúsculo. En esta fase del año, esto nos llevaría a considerar la posibilidad de cenar “a las nueve de la tarde”. La contradicción que sentimos al leer esta locución explica la locura a la que hoy nos conducen las agujas del reloj.

La acción humana ha ido desorganizando la vieja correspondencia entre la lengua y la luz. Ya no dividimos nuestros ritmos biológicos en función de los condicionantes naturales, sino de extraños intereses de los que nadie se responsabiliza. Será muy difícil regresar a los tiempos en que la gente se levantaba con el alba y se acostaba con el ocaso, pero tanto el lenguaje como el desarrollo de la actividad humana resultarían más lógicos si al menos no le robáramos una hora más a la noche cada marzo. (Yo voto por el llamado “horario de invierno”).

De alguien torpe se dice que “no sabe distinguir el día de la noche”. No vamos a caer todos en eso, pero de momento ya no sabemos distinguir la noche de la tarde.

Archivado En