Moisès Villèlia, al cuidado de sus manos
En Valladolid, el Museo Patio Herreriano dedica una exposición al escultor catalán, pionero en el uso de bambú, fibras y otras materias frágiles, que hizo dialogar con la modernidad artística
Moisès Villèlia (1928-1994) nació en Vallcarca, barrio de Barcelona situado al norte de Gràcia, que estuvo durante mucho tiempo entre vieja zona residencial y el completo abandono, con cuestas empinadas y el viaducto que salvaba el torrente. Cirlot escribió un angustioso poema en prosa, La dama de Vallcarca, que rendía homenaje a la residencia barcelonesa, años antes, de ...
Moisès Villèlia (1928-1994) nació en Vallcarca, barrio de Barcelona situado al norte de Gràcia, que estuvo durante mucho tiempo entre vieja zona residencial y el completo abandono, con cuestas empinadas y el viaducto que salvaba el torrente. Cirlot escribió un angustioso poema en prosa, La dama de Vallcarca, que rendía homenaje a la residencia barcelonesa, años antes, de Arnold Schönberg: “Atraído por el lugar y el olvido, he llegado a Vallcarca…”. Villèlia, como Cirlot, adoraba las oscuras golondrinas de Bécquer, su poder, su aire de conjuro. La poesía de las palabras no era para él demasiado diferente de la poesía de las formas en el espacio, la de la naturaleza y su incesante movimiento creador.
Él mismo escribió poemas, o colaboró con los poetas en proyectos comunes. Los de Dau al Set, sobre todo Tàpies y Brossa, estaban fascinados por este anacoreta que ahora vivía y trabajaba en Mataró completamente a la suya, como un colaborador de la naturaleza misma, a la que parecía saber cómo escuchar y con la que mantenía una comunicación privilegiada. Deambulaba por la playa, recogía palitos —como Breton, como Manuel Ángeles Ortiz—, piedras gastadas por el viento y el agua, raíces secas por los vericuetos de la montaña.
En los años cincuenta trabajaba con su padre, un reputado ebanista, en obras a veces de envergadura (para edificios religiosos, por ejemplo), pero entonces decidió ser escultor. Sin embargo, aquel origen pegado físicamente a la materia y sus secretos le acompañaría siempre. Su arte es eso: una sabiduría, una sensibilidad. Sin afán social alguno, se encontró por azar con gente como aquellos amigos propensos a la magia. El galerista Joan Prats condujo a Miró, a Matisse y a los gerifaltes del MoMA hasta su estudio, como quien invita a descubrir a un yogui o un maestro vedanta.
Para entonces, el artista ya había cobrado conciencia de serlo, es decir, de pertenecer a una familia en la que Giacometti —el Giacometti más vertical—, Alberto Sánchez o el Naum Gabo de los hilos y los planos curvos —puso a su hijo el nombre de Nahum— habían trabajado o lo estaban haciendo en el mismo diapasón. Esta exposición del Patio Herreriano comienza con una obrita de aquellos tiempos, un homenaje al legendario gimnasta Joaquín Blume en la que la madera, primorosamente tallada y pulida, refleja hasta qué punto las manos del artista han asumido una suerte de encomienda, que un trozo de vida ha sido puesto a su cuidado.
Villèlia quizá sea el artista español que con mayor delicadeza ha hecho cantar a la materia natural. Cantar, es decir, alcanzar un destino que se ocultaba en la oscuridad y el silencio. El Patio Herreriano conserva el mayor fondo artístico y documental de Ángel Ferrant, un artista ubicuo en el arte español del siglo XX, clave no sólo para la continuidad entre las vanguardias y la posguerra, sino como origen, junto a Alberto y los vallecanos —las tintas de Palencia, las tallas de Pancho Lasso—, de una particular tradición contemporánea que se prolonga hasta hoy mismo —¿quién sabe dónde está la escultura de Ferrant que recibía a los clientes del Café Gijón?—. El sueño primigenio, la pureza ideal de unas formas artísticas brotadas de la materia y el tiempo con la espontaneidad de los frutos naturales.
En un punto de ese recorrido, a medio camino, brilla Moisès Villèlia. También Leandre Cristòfol, a quien el Patio Herreriano, constituido en el custodio por antonomasia de esa tradición de lo nuevo, dedicó otra exposición. Por supuesto, la parentela, más cerca o más lejos, incluye a otros: Calder, Miró, Paul Klee, de quien las líneas comunicadas por ojales en las obras de Villèlia retienen la omnipresencia que tuvo en la España de los cincuenta. Todo aquello se prolongó a través de Alberto Schlosser y Mitsuo Miura en los ochenta, sus ramajes, sus concavidades embreadas (como la que se expone en otro espacio del museo…). Hoy, Laura Lío, Alexandra Kuhn, y hasta las dos artistas —Esther Gatón y Núria Fuster, cada una a su modo— que acaban de inaugurar aquí mismo sus exposiciones.
Junto a su mujer, Magda Bolumar (quien pide a gritos el reconocimiento que no le ha llegado), Villèlia experimentó con cortezas, pieles de hortalizas, bulbos. Y lo siguió haciendo siempre, con fibrocemento, alambre, fibras de cualquier cosa, preferentemente lo más frágil, lo más pobre que podía encontrar. Pero los bambúes que ocupan el espacio más importante de la exposición, convertidos en móviles o en livianos ensamblajes, habrían de quedar ya para siempre como el testimonio más pleno de este poeta de las manos, la tierra y el aire.
A fines de los sesenta se instaló en París y, a falta de sitio para la escultura, trabajó en hermosas composiciones de papel, con mucho de escultórico, que vemos aquí y que, por lo general, han sido ignoradas. Después se asentó en América, en Quito, y las culturas precolombinas alentaron un componente que hace a sus obras especialmente magnéticas: las cañas y sus compartimentaciones largas o cortas, los hilos que tensan las lamas, el misterioso equilibrio de cada conjunto, insinúan un mundo apócrifo…: los arcos de caza, los silbatos y las flautas para la música, las rayas que marcan los cuerpos para la danza y la guerra en alguna fantástica cultura desaparecida. “Todo se parece a algo”, escribió alguna vez Ferrant.
Hubo quien lo asoció con el arte povera. Pero hay algo que lo aleja de ese tipo de tentaciones y de las que dominan nuestro presente: su resistencia a reducir el arte a un discurso verbal ajeno a la emoción de las formas. Decir de Villèlia, como se dice hoy de cualquiera, que “reflexiona sobre el medio ambiente”, sería esa tentación descaminada, casi una traición. La primera gran exposición dedicada a Villèlia se celebró en el IVAM en 1999, cuando ya había muerto. Los galeristas Michel Soskine, en Madrid, y Marc Domènech, en Barcelona, le dedicaron las últimas. Era un artista, hizo maravillas; sólo eso.
La promesa de Villèlia. Museo Patio Herreriano. Valladolid. Hasta el 7 de junio.