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Del futuro del arte al arte del futuro

En su 45ª edición, que se celebra en Madrid del 4 al 8 de marzo, Arco dedica su sección comisariada a la creación en el año 2045. Artistas y expertos imaginan un sector más diverso, estable y con vocación pública

‘Face mapping’ (2022), obra de Filip Ćustić.Bowman Hal

Entre las promesas de un futuro de velocidad y transformación surgidas de la fantasía artística de principios del siglo XX y el presente del XXI, instalado en el pensamiento de crisis permanente, median los que probablemente hayan sido los años más vertiginosos de la historia de la humanidad: una centuria de pesadillas materializadas, utopías truncadas y un sinnúmero de proyectos a medio hacer. Lo que se presenta por delante enrosca un ovillo cada vez más complicado de desenmarañar: por eso, más que de predicciones, el arte contemporáneo prefiere hablar hoy de “práctica” y “deseos”. Ya no se e...

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Entre las promesas de un futuro de velocidad y transformación surgidas de la fantasía artística de principios del siglo XX y el presente del XXI, instalado en el pensamiento de crisis permanente, median los que probablemente hayan sido los años más vertiginosos de la historia de la humanidad: una centuria de pesadillas materializadas, utopías truncadas y un sinnúmero de proyectos a medio hacer. Lo que se presenta por delante enrosca un ovillo cada vez más complicado de desenmarañar: por eso, más que de predicciones, el arte contemporáneo prefiere hablar hoy de “práctica” y “deseos”. Ya no se erige en visionario, sino que invita a pausar y hundir un pie en el ayer para tomar impulso.

Desde esa premisa del arte actual como “imaginación del futuro” aterriza la sección central de Arco de esta 45ª edición (del 4 al 8 de marzo en Ifema, Madrid), comisariada por Magalí Arriola y José Luis Blondet, que sustituye a la antigua invitación a países y regiones del mundo. Bajo el título ARCO 2045, El futuro, por ahora, una veintena de artistas internacionales —de Albert Serra a Thomas Hirschhorn, de Barbara Bloom a Akira Ikezoe— transitan con sus esculturas, pinturas, vídeos o instalaciones la senda de un tiempo no lineal: “Un poema de Wisława Szymborska dice que, cuando pronuncias la palabra futuro, la primera sílaba ya pertenece al pasado”, apunta Blondet en una videollamada con Arriola. “Es imposible hablar de futuro, es una paradoja. Por eso pensamos en el déjà vu, en la anticipación, en la nostalgia. El futuro a lo mejor es un recuerdo reciente, una memoria fresca”.

Desde su experiencia en ferias, bienales y demás acontecimientos artísticos programados con antelación, los comisarios saben bien que lo que un día se percibe como novedoso o apremiante puede quedarse obsoleto al siguiente. “Odio decir esto, pero ocurre con Oriente Medio: de pronto ya nadie se preocupa por eso, porque no está en las noticias”, lamenta Arriola. De ahí el “por ahora” del título de su exposición, que toman prestado de una instalación donde, por medio de proyecciones láser, la afroamericana Nicole Miller explora la identidad a través de los cambios. Junto a ella, creadores como Patricia Fernández o el fallecido Rodolfo Abularach alientan a sumergirse en un tiempo fuera del tiempo: la española lo hace enmarcando grabados de Goya con madera tallada por su abuelo y por ella misma; y el guatemalteco se vale de dibujos de ojos que miran a la bifurcación entre los recuerdos y las visiones.

Al igual que Arriola y Blondet, otros gestores y artistas coinciden en interpretar el flujo de las corrientes creativas desde la incertidumbre y la ambigüedad temporal. Partiendo de la propuesta de Arco, varios aportan su perspectiva sobre cómo podrían evolucionar el futuro del arte y el arte del futuro en las próximas décadas. “Mientras que la modernidad europea imaginaba un futuro universal utópico, para el arte contemporáneo ya no hay un único futuro”, expone Sabel Gavaldón, jefe de programas del MACBA y excomisario de Gasworks, en Londres. “Hay futuros en disputa que, además, están distribuidos de manera muy desigual: piensa en los futuros indígenas o en los futuros no occidentales. Ya no hablamos de un futuro, hablamos de futuros”. De las humanidades a las ciencias, Manuel Segade, director del Reina Sofía, concuerda en esa noción de una temporalidad despojada de su significado tradicional: “Ahora que estamos en el mundo cuántico, o que las nuevas historias de la física nos hacen entender el tiempo de otras maneras, este se ha convertido en algo más subjetivo”.

Si ahora los días avanzan en zigzag, a saltos o replegándose sobre sí mismos, puede que no resulte tan pertinente mirar al frente como volver la cabeza para vislumbrar el horizonte. “El arte siempre ha sido como los posos del café, hay que saber leerlos. Creo que los artistas se adelantan a su tiempo y son capaces de ver cosas que nosotros todavía no imaginamos, con lo cual a veces hay que estar más atentos al arte que a muchas noticias. Por eso, a la pregunta de cuál es el futuro del arte, ahora mismo yo te diría: Maruja Mallo”, responde Segade. “Para leer el futuro hay que ir al pasado también”, reafirma Gavaldón. “Hay que mirar atrás y pensar en los futuros que quedaron a medias, en los que apenas se insinuaban, en lo que pudo ser y no fue”.

De lo que sí se ha construido, pero se encuentra en riesgo de demolición, también deben extraerse lecciones. Es lo que reivindica Chus Martínez, curadora asociada de TBA21 que co-comisarió la primera muestra sobre el futuro en la edición de Arco de 2018: El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer. (Habrá otras convocatorias sobre este mismo tema, como ya ocurrió con el agua como concepto central de la feria). “[Desde aquella exposición] se han radicalizado algunos puntos, y ahora es importantísimo entender que el arte y la cultura son parte esencial de la regeneración democrática”, defiende desde Basilea, donde dirige el Instituto Arte, Género y Naturaleza de la Academia de Arte y Diseño. “Desde hace dos o tres décadas, el arte ha entendido la necesidad de sostener valores como las empatías, la inteligencia plural o la investigación en el tejido social de los procesos extractivistas, colonialistas, feministas…, y creo que su futuro va en esa dirección”.

Gavaldón: “La modernidad imaginaba un futuro universal utópico; ahora no hay un único futuro”

En un contexto global de autoritarismo, como a todo personaje público, se exige a los artistas involucrarse políticamente. ¿Les corresponde a ellos abanderar los cambios sociales? “Se atribuyen responsabilidades a los artistas que no creo que tengan”, contesta Magalí Arriola. “No creo que sean responsabilidades ni del arte ni de los artistas, sino de todos nosotros, como seres humanos, y desde el día a día”. Para Chus Martínez, en tanto que colectivo, el sector del arte sí ostenta un papel decisivo: “No se trata tanto de programar una cosa u otra, sino de sincronizar un mensaje a la ciudadanía sobre la importancia de los valores que estamos sosteniendo a través de nuestras instituciones culturales. Vayas o no vayas a los museos, los museos van a tu favor. Sostienen valores fundamentales”.

Viendo el rumbo político, Martínez subraya la necesidad de que el ecosistema del arte refuerce su función pública frente a los intereses corporativos. “Estamos en un momento de grandes asambleas: debemos pensar de forma conjunta”, prosigue. “El empobrecimiento de los tejidos culturales empobrece la educación y las oportunidades”. Así, la misión de los museos como espacios de encuentro debe pasar, como dice Segade, por el cultivo de “la amabilidad”. Esto es, “por implantar un sistema de escuchas para garantizar que la gente se sienta como en casa”. “Las galerías y museos históricamente se suponían lugares de sofisticación, inaccesibles, por lo que debemos trabajar en difundir que son espacios accesibles, muchos de ellos públicos y gratuitos, y que son fundamentales para exponer el trabajo de los artistas y generar pensamiento”, agrega Tania Pardo, directora del CA2M de Móstoles.

En su faceta de profesionales, los artistas guardan para el futuro unas aspiraciones de mejora largamente pospuestas. La más urgente, el fin de una precariedad sistémica. “Espero que consigamos que se valore todo el trabajo que hacemos”, resume la artista de performance Laia Estruch, que protagonizó el año pasado una gran muestra en el Reina Sofía pero, aun así, compatibiliza su labor con la enseñanza y el apoyo en un negocio familiar. “Y no estamos solo nosotras: trabajamos con comisarias, programadoras, gente que trabaja en instituciones, en medios de comunicación… Pero hay quien piensa que el arte es un trabajo altruista”.

Incluso si lo fuera, siempre seguiría habiendo quien lo practicara. “Para mí, lejos de ser algo malo, que no se pueda vivir 100 % del arte me parece algo bastante higiénico”, afirma Ampparito, alias del artista urbano Ignacio Nevado. “Que se pueda depender de otra cosa permite una toma de contacto con el mundo real: todos esos referentes que provienen de ámbitos no artísticos son mucho más nutritivos”, opina. Y lanza un deseo: “En el futuro, me gustaría que el arte también tuviera esa parte de hacer por hacer, de hacer no porque tengas una expo o un encargo, sino por decir: mira esto, cómo me gustaría hacer esto. Y ponerte a hacerlo sin saber si va a llegar a ninguna parte”.

“Nunca abandonaremos la parte artesanal”, dice Ćustić. “La tecnología es solo una herramienta”

Si en algo coinciden creadores y gestores es que la materialidad del arte no es reemplazable: no habrá crisis ni metaverso que la destruyan. “Nunca abandonaremos la parte artesanal, la tecnología simplemente es una herramienta más”, sostiene Filip Ćustić, artista que usa desde la inteligencia artificial hasta los NFT —“una buena idea en bruto que se McDonaldizó”— para construir obras que remiten a una realidad más allá de lo humano. “No sé hasta qué punto vamos a llegar a ser biónicos y cómo afectará eso a lo que hacemos”, reflexiona Estruch, cuyos trabajos toman muchas veces la voz como materia. Por el momento, ilustra Pardo, las tendencias apuntan en el sentido contrario: “Surgen artistas muy centradas en lo objetual y lo material desde un lenguaje escultórico y, hoy en día, hay una tendencia creciente en el mercado hacia la pintura”.

Como prescriptores y escaparates, los museos y galerías deberán adaptarse a los formatos que seguirán apareciendo, que exigen formas alternativas de exhibición e interacción con un público cada vez más “diverso” —como aspira Pardo—, pero también más versado en lo que Ampparito describe como “la bulimia de las imágenes”. “Parece que ese desafío de las pantallas y de la digitalización progresiva del mundo aleja a la gente de las exposiciones, pero no es verdad. Lo estructural deberá ser cómo proteger la experiencia única de ver un mundo en vivo”, sentencia Segade. Quedan otras problemáticas pendientes: la bajada del IVA cultural, la sostenibilidad o la masificación de los museos. “Seguramente en el futuro tendremos que reservar con más antelación para visitarlos, como está pasando con los restaurantes”, vaticina el director del Reina Sofía sobre la última.

Con sus retos y contradicciones, este 2026 fue una vez ese porvenir que se adivinaba brillante. Y aunque pudiera parecerlo, convendría, como remata Chus Martínez, no perder de vista que no todo en él ha resultado en catástrofe. “Siempre hablamos de lo negativo, pero si piensas en la España de hace 30 o 40 años, hay un amor por la cultura y un conocimiento que antes no había. Lo que pasa es que los aspectos terribles de la pandemia, con el auge de la conspiranoia, así como el empobrecimiento y el tener la sensación de que todas las noticias que nos rodean son negativas, hacen que no se mire con tanta generosidad”, plantea. Y ofrece una cura, un remedio acrónico para todos los tiempos: “Ahora que nuestras universidades se están privatizando, debemos evaluar la situación de nuestros estudiantes, de sus sueños y aspiraciones. La educación es un armamento para la defensa nacional”.

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