Mercè Rodoreda no está muerta: el justo regreso de la gran escritora del exilio catalán
De ser una lectura escolar y cursi a convertirse en una voz radical y universal, la escritora conquista el canon con múltiples homenajes, relecturas y traducciones en todo el mundo. El reto pendiente es que el resto de España decida leerla
La casa ya no existe. En la calle de Manuel Angelon, una pequeña travesía del barrio barcelonés de Sant Gervasi, se alzaba la torre donde nació Mercè Rodoreda en 1908, propiedad de su abuelo, Manuel Gurguí, un comerciante devoto que había erigido en el jardín un busto de Jacint Verdaguer, poeta nacional de la Renaixença, el movimiento cultural que impulsó la recuperación del catalán como lengua literaria. En aquel rincón de lo que entonces eran las afue...
La casa ya no existe. En la calle de Manuel Angelon, una pequeña travesía del barrio barcelonés de Sant Gervasi, se alzaba la torre donde nació Mercè Rodoreda en 1908, propiedad de su abuelo, Manuel Gurguí, un comerciante devoto que había erigido en el jardín un busto de Jacint Verdaguer, poeta nacional de la Renaixença, el movimiento cultural que impulsó la recuperación del catalán como lengua literaria. En aquel rincón de lo que entonces eran las afueras de Barcelona se mezclaban los restos del siglo XIX con una modernidad incipiente: las verbenas y los tranvías, la tierra húmeda del huerto y las primeras farolas de gas. De ese paisaje ya no queda nada. El solar familiar se convirtió en un almacén sin encanto, con una fachada exhausta que hoy parece sostenerse por inercia, como si fuera un reflejo extemporáneo del movimiento entre arraigo y pérdida que atraviesa toda la obra de la escritora. Su prosa, de aspecto limpio y contenido, disfraza de sencillez lo que, en realidad, es una meditación sobre la violencia de su siglo, la metamorfosis necesaria del perdedor y la posibilidad, por pequeña que sea, de sobrevivir.
Rodoreda acabaría viviendo lejos de esa Barcelona pequeñoburguesa que la vio crecer, la de las tiendas de Sant Gervasi, los cines y los mercados de la vecina Gràcia, los paseos por la Rambla de Catalunya. Antes del fin de la Guerra Civil cruzó la frontera con todo el convoy de intelectuales y encadenó años de desarraigo en Francia: primero en Burdeos y Limoges, y después en París, siempre entre pisos prestados y con trabajos precarios. Más tarde llegó a Ginebra. Allí, en una soledad escogida, escribió algunas de sus obras más conocidas, como La plaça del Diamant, tal vez el libro más leído del siglo XX catalán. Cuando pudo regresar, encontró refugio en Romanyà de la Selva, un pequeño pueblo cerca de Girona, rodeado de encinas, dólmenes y caminos de musgo, donde escribió sus últimos libros, los más radicales, mientras cultivaba su jardín con fervor. “Vivía como una planta que había echado raíces por fin”, escribió Montserrat Roig, que la entrevistó allí poco antes de que Rodoreda muriera en 1983.
La escritora nunca ha estado tan viva. En Barcelona, basta con salir a la calle para cruzarse con su sombra. El CCCB inaugura el próximo viernes la muestra Mercè Rodoreda. Un bosc, que invita a recorrer el imaginario de la escritora a través de documentos históricos, obras de arte (también fue una destacada pintora), fotografías e intervenciones de artistas actuales como Oriol Vilapuig o Cabosanroque. Al mismo tiempo, Barcelona viaja como ciudad invitada a la FIL de Guadalajara (México) bajo el lema Vindran les flors / Vendrán las flores, tomado de un relato de Rodoreda. El Teatre Nacional de Catalunya inauguró temporada con La mort i la primavera, adaptación de su obra póstuma por la compañía La Veronal. Mientras, la actriz y directora Sílvia Munt, que protagonizó una adaptación de La plaça del Diamant en los ochenta, rueda un documental que recorre el paso de Rodoreda por los escenarios de su exilio y su regreso a Romanyà. “En 2025 no hay ninguna efeméride, pero se ha creado una especie de centenario alternativo. Vivimos una fiebre por Rodoreda”, dice Neus Penalba, especialista en su obra y comisaria de la muestra en el CCCB, además de autora de Fam als ulls, ciment a la boca (Tres i Quatre), un ensayo que reivindica La mort i la primavera, su obra más extraña y tenebrosa, como el verdadero corazón de su literatura.
El fenómeno tiene que ver con un cambio de mirada. “En Cataluña ha habido un replanteamiento, la sensación de que quizá no la habíamos leído bien. La etiquetaron y menospreciaron como autora blanda o para mujeres, y al mismo tiempo la convirtieron en estatua, en una estampa nacional. Esa canonización ha servido para neutralizar su radicalidad como escritora”, opina Penalba. La paradoja se vuelve evidente incluso en La plaça del Diamant (1962), la novela que le dio fama y su obra más consensual. En la superficie, es la historia de una mujer humilde, Natàlia —rebautizada como Colometa, “Palomita”—, que atraviesa la República, la Guerra Civil y la posguerra bajo el peso del hambre y del duelo por un marido autoritario caído en el frente. Pero bajo ese argumento late otra cosa: un texto de una violencia soterrada poco común, teñido del hedor amargo de los crisantemos, lleno de animales muertos que anuncian una sociedad en descomposición. Es la guerra contada desde la retaguardia, emblema de la literatura de los vencidos y escrita en un catalán de expresión popular de una gran magnitud literaria. En la necrológica de Rodoreda que publicó en este diario, Gabriel García Márquez la definió como “la novela más bella que se ha publicado en España después de la Guerra Civil” y lamentó el desinterés que despertó en el mundo hispanohablante.
En Cataluña, Rodoreda quedó reducida durante años a ser un nombre de currículo escolar, a la lectura obligatoria en el instituto, al comentario de texto atropellado y a la incomprensión adolescente ante la complejidad de sus símbolos literarios (nuestra nota en la selectividad da fe de ello). “Se la trató como una autora inofensiva”, recuerda Maria Bohigas, directora de Club Editor, el sello fundado por su abuelo Joan Sales, histórico editor de Rodoreda. “Era considerada una escritora que hablaba de flores y jardines, de historias de amor, y completamente apolítica, como si hubiera surgido sin época ni contexto. Es al revés: la suya es una mirada de época, una toma de posición, una reflexión moral y estética sobre el derrumbe”. Tal vez por eso volvamos hoy a ella con fervor. “Nos hemos familiarizado de nuevo con el hecho de que las cosas son frágiles y se vienen abajo”, confirma Bohigas. “Hay un cambio de sensibilidad que hace que nos interesemos por lo que pasa a la intemperie, cuando las cosas se desbaratan”. Ese es, después de todo, el territorio por excelencia de esta escritora.
El punto de inflexión tiene fecha: el otoño políticamente explosivo de 2017. “Antes, en los congresos académicos se reían en tu cara si hablabas de Rodoreda”, recuerda Penalba. Ese año, Club Editor publica una nueva edición de La mort i la primavera, novela póstuma empezada en los sesenta y abandonada por su autora, acompañada también de una traducción castellana. La imagen de Rodoreda pasa de la autora institucional a una escritora de gran resonancia contemporánea. El libro transcurre en un pueblo sin nombre sometido a rituales de una tremenda crueldad: los muertos son emparedados en los troncos de los árboles, con la boca llena de cemento. Los hombres deben lanzarse a un río subterráneo para probar su valentía y las embarazadas caminan con los ojos vendados para que el posible deseo por otros cuerpos no contamine a sus embriones. El narrador es un chico de 14 años que asiste al suicidio de su padre, es forzado a casarse con su madrastra, engendra una criatura sin nombre y acaba provocando una guerra larvada. No hay fechas ni topónimos, ni paralelismos fáciles de trazar, porque en su relato no hay buenos ni malos, aunque la violencia y el autoritarismo resulten muy familiares.
Mariana Enriquez, autora del posfacio en castellano y fan declarada de Rodoreda, la describía como un “cuento de hadas macabro” donde naturaleza y muerte se confunden en el mismo barro, y “una cicatriz difícil de ocultar” que obliga a releer su obra de otra manera. Por ejemplo, viendo en ella una huella temprana de la simbiosis con la naturaleza y de ese poshumanismo que hoy está en todas las bocas. El cambio no ha sido solo editorial, sino también crítico: La mort i la primavera ha modificado su respetabilidad literaria. “Después de la reedición de 2017, hay un consenso mucho mayor sobre el lugar que ocupa: se ha convertido en un clásico”. Incluso su versión más pop, con Rodoreda convertida en meme irónico en una cuenta de X o en icono de tote bag con el lema Rodoreda is not dead, puede ser un síntoma de su canonización: de aburrida escritora estudiada por obligación en las aulas a figura cool reivindicada por muchos lectores jóvenes. Penalba, sin embargo, desconfía de este péndulo. “En Cataluña, la extrema visibilidad ha producido una especie de miopía: Rodoreda está en todas partes, pero a veces es mal entendida. Con el redescubrimiento, hemos creado otra caricatura: antes teníamos la Rodoreda cursi y ahora tenemos una Rodoreda gore”, afirma. En realidad, dice, el body horror ya estaba en La plaça del Diamant, en El carrer de les Camèlies, o en el empalamiento de la adolescente que aparecía en Mirall trencat, narrado con una insoportable serenidad.
Si sus libros están hoy traducidos a unas 40 lenguas en todo el mundo, también es por el nuevo interés de la industria editorial por esa generación de autoras. “Rodoreda ha encontrado, al fin, un espacio donde ser acogida”, dice Bohigas. “Con pocas excepciones, hasta ahora no habíamos dejado a las escritoras que ocuparan esa primera fila, ni se las había leído como responsables de una forma artística que expresaba una reflexión, un pensamiento”.
La paradoja es que, fuera de Cataluña, su nombre siga siendo poco más que un secreto. En el resto de España se la sigue tratando con una mezcla de distancia y desinterés, pese a que sus traducciones al castellano existan desde hace décadas. Bohigas habla sin rodeos de “una anomalía editorial” ligada a la que escogió como su lengua de expresión, que habría creado un prejuicio en lectores, editores y libreros. “Para perderse a una autora de la dimensión, del talento y del esplendor de Rodoreda tiene que haber una voluntad de no leer, un deseo de negación”, dice la editora. Mientras sus libros se traducen en Francia, Alemania o Italia, país en el que ha protagonizado un fenómeno editorial, y se estudian en universidades de EE UU, donde autores como Colm Tóibín y Jia Tolentino la han elogiado repetidamente en público, Rodoreda apenas entra en la conversación literaria en el mercado español.
“Para perderse a una autora del talento de Rodoreda tiene que haber una voluntad de no leer, un deseo de negación”, dice su editora sobre el escaso interés que ha despertado en el resto de España
La crítica y ensayista Mercè Ibarz, autora del libro biográfico Abeja furiosa de su miel (Anagrama), cuyo título toma prestado un verso de Rodoreda (también poeta), insiste en que su radicalidad se encuentra en sus obras tardías, en novelas como Quanta, quanta guerra o Viatges i flors. “Su obra se conforma en el exilio, de eso no hay ninguna duda”, indica Ibarz. Solo que las suyas no son novelas de exilio “al uso”, con campos de refugiados y alambradas, sino algo más esquivo: transmiten una poética del desarraigo interior. En una entrevista le preguntaron por qué siguió escribiendo en catalán en Suiza; Rodoreda citó a Cortázar, con quien simpatizó en París: si no hubiera podido usar su idioma, se habría dedicado a cuidar perros: “Un escritor siempre tiene que producir en su propia lengua”. “Rodoreda repitió que, si no hubiera podido escribir, habría enloquecido; la literatura fue su modo de no disolverse en la sensación de estar perdida en medio del mundo”, dice Ibarz.
Además de su libro, las lecturas sobre Rodoreda se han multiplicado en los últimos tiempos. Por ejemplo, Cartes a l’Anna Murià, su correspondencia con la única amiga con la que intimó durante el exilio; Mercè i Joan, de Eva Comas-Arnal, que ficciona su historia con Armand Obiols, mientras D’una fredor que crema, del expresident Quim Torra, también se centra en la figura de su compañero. Por su parte, Las abandonadoras, de Begoña Gómez Urzaiz, habla de las circunstancias que llevaron a Rodoreda a dejar atrás a su hijo.
En paralelo, su literatura también influye a una nueva generación que escribe en catalán. Irene Solà, con su lírica desbordada en Canto jo i la muntanya balla o Et vaig donar ulls i vas mirar les tenebres, reconoce que Rodoreda “siempre está un poco presente” en su lenguaje alucinado. Su influencia es todavía más explícita en autores como Pol Guasch, que ve en sus protagonistas masculinos, errantes y vulnerables, un modelo para los de sus novelas Napalm al cor y Ofert a les mans, el paradís crema. “Es una autora que me ha marcado mucho, en la que más he pensado”, afirma Guasch. “De Adrià Guinart, el protagonista de Quanta, quanta guerra, no sabemos de dónde viene ni adónde va y que se pasea por el bosque como por un espacio sagrado, fue una inspiración directa para escribir sobre otros jóvenes vulnerables e ingenuos ante la hostilidad del mundo".
Para otros creadores, la relectura de Rodoreda se ha convertido en algo parecido a una obsesión. “No es la gran dama de las letras catalanas, sino su mejor escritor, a secas”, dice David Uclés, autor de La península de las casas vacías, que confiesa tener La mort i la primavera entre sus tres libros de cabecera. El escritor se ha prestado a firmar el prólogo de una nueva edición del libro y a dibujarle una portada “más expresionista” para acercarla a los lectores que convirtieron su novela en un superventas. En la obra, Uclés observa “lo más nítido” que haya leído sobre “el barranco de la muerte”, aunque en sus pesadillas malsanas siempre terminen infiltrándose los colores de la primavera. “Tengo una novela en ciernes sobre Barcelona. Rodoreda será una de las tres protagonistas”, nos anuncia Uclés, por sorpresa. Tal vez así, la escritora logre conquistar el único territorio que aún se le resiste.