Cristina Kirchner pide calma a sus seguidores tras cinco noches de vigilia en la puerta de su casa

La policía de Buenos Aires reprime las manifestaciones en apoyo a la vicepresidenta en un clima de tensión por el pedido de condena por corrupción

Kirchner habla ante sus seguidores, este sábado.
Kirchner habla ante sus seguidores, este sábado.LUIS ROBAYO

Cristina Fernández de Kirchner finalmente tomó la palabra sobre las 10 de la noche, después de una semana de manifestaciones de apoyo en la puerta de su casa. El lunes, un fiscal federal pidió condenarla a 12 años de cárcel por corrupción y sus fieles tomaron la calle. Este sábado, tras una semana de noches sin descanso para los vecinos de uno de los barrios más caros de Buenos Aires, la vigilia de decenas de personas se convirtió en una concentración multitudinaria. La decisión del Gobierno de la capital, en manos opositoras, de vallar las inmediaciones terminó en enfrentamientos con la policía. La situación se calmó cuando Kirchner tomó un micrófono y pidió a sus seguidores que regresasen a sus casas. “Vayamos a descansar, que ha sido un largo día”, dijo la vicepresidenta. Cuando volvía a su edificio, empezó la pirotecnia.

Kirchner está acusada de encabezar una asociación ilícita creada con el fin de enriquecerse con la obra pública durante sus dos Gobiernos, entre 2007 y 2015. “Este no es un juicio a Cristina Kirch­ner, es un juicio al peronismo”, respondió el martes, desde su oficina en el Senado, y la mitad del país lo tomó como un llamado a su defensa. Cientos de militantes se congregaron en la esquina de su edificio en Recoleta. Este sábado, fueron miles. A las cinco de la tarde, la primera línea de los manifestantes intentó voltear las vallas que les impedían el paso y 12 policías resultaron heridos. Las fuerzas de seguridad intentaron reprimir las protestas con gas pimienta y un camión hidrante. Cuatro personas fueron detenidas y liberadas. “Una cosa es una manifestación y otra cosa muy diferente es un plan organizado de ocupación del espacio público. Eso no lo podemos permitir”, defendió el jefe de Gobierno de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, uno de los principales líderes de la oposición.

La decisión de colocar vallas fue un imán para los manifestantes que defienden a Cristina Kirchner. Una decena de marchas convocadas en Buenos Aires y su periferia desviaron su curso y se dirigieron hacia el domicilio de la vicepresidenta. La tensión de una semana se salió finalmente de control en el bastión conservador de la ciudad, en una de las direcciones más famosas del país.

La esquina de las calles Uruguay y Juncal forma parte del imaginario colectivo de Argentina desde el 9 de diciembre de 2015, la última noche que Cristina Kirchner fue presidenta. El departamento en un quinto piso con ventanas a las dos calles le pertenecía desde hace décadas, pero esa noche, tras su despedida en un acto masivo frente al palacio presidencial, los argentinos se enteraron de que la mujer más odiada y más amada del país viviría allí. Solo dos de cada 10 de sus vecinos la votó en las elecciones de 2019, y en este tiempo nunca faltaron los cacerolazos o los carteles en su contra. Más extrañas se habían hecho las convocatorias de sus militantes, que esa noche de 2015 colmaron el barrio en respuesta a una manifestación de repudio contra la nueva vecina. Kirchner tuvo que desistir de llegar y se fue a dormir a la casa de su hija. Iba a dejar la ciudad al día siguiente, el de la investidura del conservador Mauricio Macri.

Esta semana, el pedido de condena devolvió a su gente a la calle. Tras noches con decenas de personas montando guardia en Juncal y Uruguay, la militancia de la capital que se había convocado a un acto en Parque Lezama, en el sur de la ciudad, marchó a Recoleta. La policía cortó el tráfico en un perímetro de al menos 10 calles alrededor de la casa de la vicepresidenta, y los militantes colmaron las calles. Recoleta ya no es el barrio de los más ricos de Buenos Aires, pero mantiene su abolengo: entre los vecinos de la vicepresidenta están la nunciatura apostólica, tres de las sedes del Opus Dei, los palacios de las embajadas de Brasil y Francia, hoteles, restaurantes y tiendas de diseño. Como Josephina’s, un café de pastelería francesa que este sábado decidió no abrir. En la plazoleta donde suele desplegar sus mesas, los kirchneristas cantaban acompañados de percusión.

A la escultura de una Venus Citerea, la diosa del amor protegida por rejas en el centro de la plaza, le colgaron un cartel con una fotografía de Cristina. El letrero decía: “Amor con amor se paga”. Frente a ella, Silvia Machuca, de 72 años, acompañaba la música haciendo palmas. Le quedaba más cerca la concentración en Parque Lezama, pero no dudó en venir a Recoleta. Llegó sola. “Cristina nos dio todo, ¿cómo no voy a venir?”, pregunta. “Si la quieren tener presa en su casa, aquí estaremos”.

Los grupos organizados llegaron primero y se acercaron lo más posible a las barricadas. Mientras la policía reprimía la tentativa de quebrar un vallado en la calle Uruguay, en el resto del barrio el corte de las calles simulaba un día de paseo. Familias, parejas, muchísimos jóvenes tomaban mate, comían choripanes, compraban alguna camiseta con la imagen de Cristina Kirchner junto a la de Eva Perón. El canto nacía de alguna voz tímida, y el resto se sumaba brevemente: “Si la tocan a Cristina, ¡qué quilombo se va a armar!”.

“El quilombo es estar acá, donde no nos lo permiten”, aclara Eliana Rodríguez, de 35 años, primera universitaria de su familia. “Quizás para el que no conoce nuestra pobreza, el que no conoce nuestros barrios, el amor a Cristina resulte exagerado”, dice esta ingeniera en sistemas que viene de la ciudad de Quilmes, en el sureste de la periferia bonaerense. “Cristina es democracia, es el amor al pueblo, es las políticas que han dado oportunidades a mi generación”. Llegó a mediodía y a las cinco de la tarde buscaba algún negocio que le vendiera agua caliente para revivir un mate. “Los vecinos dicen que no tienen luz, que no pueden darme. No pasa nada. Hoy es pura alegría”.

A unos metros de allí, la policía empezaba a correr calle abajo. “¡Cristina!”, gritaba un hombre saltando a un metro de la barricada. “¡Te amo!, ¡no sabés lo que te amo!”. La policía lo interrumpió y comenzaron los empujones. “¡Hijos de puta! No son dueños del país”, siguió el hombre mientras otros manifestantes empezaban a acercarse. La policía formó un cordón detrás de las barricadas y empezó a desconcentrar a la multitud. Mariana Sosa, de 65 años, había viajado junto a tres amigas desde San Antonio de Padua, dos horas en coche desde el oeste de Buenos Aires. Llegó con las palabras justas. Mientras el hombre empezaba a amenazar a la policía, lo abrazó y le dijo con calma: “No, compañero. Acá vinimos por amor. Deja para ellos todo lo demás”.

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