Monteverde, el pueblo turístico costarricense que refugia a migrantes deportados por Trump
Meses después de ser deportados de Estados Unidos, una familia de Rusia y otra de Azerbaiyán viven con incertidumbre y ayuda de un grupo de cuáqueros
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En la tarde del último sábado de 2025, el ruso German Smirnov y su hijo, Timur, hicieron una visita corta al parque favorito en el centro de Monteverde, un pequeño pueblo turístico en las montañas de Costa Rica lleno de extranjeros como ellos. La luz dorada y el viento fresco que agitaban los bosques alrededor iluminaban la cara sonriente del papá y el niño de 7 años en medio de grupos de turistas dispuestos a celebrar aquí el año nuevo. Parecían iguales, pero había dos grandes diferencias entre los visitantes y esta familia: todos ellos sí eligieron venir y pueden regresar a sus países. Los Smirnov no tienen alternativa. Deben quedarse.
Llevan aquí desde que en febrero las autoridades de Estados Unidos los obligaron a subir a un avión junto a otros 200 migrantes de naciones lejanas para viajar a un país centroamericano llamado Costa Rica, de cuya existencia apenas habían escuchado. Estuvieron prácticamente presos por meses en un recinto en el sur del país, se negaron a aceptar el retorno a su país de origen donde seguramente German caería preso como opositor político y ahora se considera afortunado porque, al margen de la rabia interna y la incertidumbre por el futuro cercano, tienen lo básico para vivir el día a día gracias a la ayuda de una organización religiosa de cuáqueros icónica de Monteverde. Al principio eran seis familias beneficiarias, pero tres decidieron volver a intentar el sueño americano y ahora están detenidas de nuevo en Texas.
“No me puedo quejar”. Esta es una frase que German, de 37 años, repite en la entrevista que concede a América Futura en el pequeño piso donde vive con su esposa Anastasiya y el niño. Es una más de las conversaciones que ha tenido con periodistas por ser de los pocos que hablaba inglés entre aquel grupo de migrantes de terceros países que el Gobierno de Rodrigo Chaves aceptó recibir con el argumento de tratar bien a la Administración de Donald Trump (“amor con amor se paga”, dijo entonces). Las ayudas gubernamentales han sido mínimas desde entonces, pero el grupo de cuáqueros locales les ayuda con dinero para el alquiler, comida, salud y clases de español.
Él ahora tiene algo de trabajo en lo suyo, acondicionamiento físico, y ella labora en una cafetería en uno de los variados miradores de Monteverde. “Nos gusta este lugar para vivir. Tal vez en el futuro pueda cambiar de opinión, pero ya hemos sufrido bastante y apreciamos mucho todo lo que tenemos aquí. No tenemos muchos amigos, por supuesto, pero es cuestión de tiempo”. Es evidente su esfuerzo por mirar de manera optimista y admite que trata de explicarle al niño la situación como si fuera “una gran aventura” y no una secuencia triste que comenzó en 2024 cuando tuvieron que dejar San Petesburgo porque las opciones de German eran la cárcel o ir al frente de guerra en Ucrania, cuenta.
Por eso no puede dejar de valorar que aquí, en Monteverde, a tres horas y media en auto desde San José, pueden disfrutar la vida por ahora y hasta encontró una similitud con la ciudad enorme de donde huyó. La frescura de 18 grados de este pueblo montañés de 7.000 habitantes le remite a los veranos de San Petesburgo y eso es muy bueno, dice mientras el niño se balancea como un acróbata olímpico en un área de juegos.
Reitera que la gente es buena, que el lugar es agradable y que el pequeño disfruta de ir a la escuela. Poco a poco van pillando el español y las costumbres locales, incluida la celebración de la Navidad con la copiosa decoración que puso Timur en su habitación, calcetines incluidos. Quisieran quedarse por un tiempo largo si el Gobierno le aprueba la extensión de un estatus legal humanitario dado a los pasajeros de aquel vuelo, pero la respuesta ha tardado y las experiencias recientes le han enseñado que cualquier cosa puede pasar. Por eso no duda en resumir el sentimiento que envuelve a la familia al finalizar el año: “inestabilidad”.
Y es algo que no solo sienten los Smirnov. El sentimiento también carcome a la familia Yusifov, que intenta sobrellevar el momento entre los bosques de Monteverde. Azar y su esposa, Vusala, lo explican con ayuda del traductor automático en el teléfono celular. Hablan sólo el idioma de su país, Azerbaiyán, y turco. El inglés se les hace difícil y el español casi imposible hasta ahora. Apenas pueden comunicarse con otras personas del pueblo, las opciones de trabajo se limitan a servicios ocasionales de peluquería y así la convivencia es más que complicada, pero lo peor es no saber qué viene.
“Estamos desesperados. No tengo ni idea de a dónde vamos a ir”, se lamentaba Azar mientras su hija, Inji, de ocho años, reía jugando con dos perros en el césped alrededor de la casa de campo que una familia estadounidense les cede para atender a invitados. El paisaje es hermoso, con numerosas montañas verdes y allá al fondo la costa del Pacífico. Cualquier turista pagaría por pasar el atardecer aquí, pero en la mirada de Azar había angustia; sentirse en medio del bosque no le provoca sensaciones tan agradables. Anhela volver a intentar entrar a Estados Unidos, donde tiene familiares, pero las posibilidades de hacerlo de manera legal son ínfimas y no está dispuesto a exponerse de nuevo a una deportación.
Ambas familias habían recibido en 2024 desde México noticias favorables de acceso a una opción migratoria conocida como CBP One, que fue cancelada este año después del retorno de Trump al poder, por lo que decidieron entregarse a oficiales de Migración en frontera con la esperanza de alguna excepción. Igual ocurrió a otra familia establecida en un pueblo a 100 kilómetros de aquí. Saben que ahora, pasado casi un año de la segunda administración del republicano, las políticas migratorias no se han relajado; es alto el riesgo y el temor, admite Azar, que en Azerbaiyán trabajaba como publicista y mecánico de barcos, hasta que un día le contrataron para un trabajo de tipo político que le provocó represalias personales, según su relato. Después de 2024, casi todo ha sido una cadena de infortunios. La fecha del cambio de año está alejada de ser un motivo de celebración o fiesta, como le era usual en su país: “2025 estuvo lleno de dificultades, es un año interminable para nosotros”.
Cada familia lo vive distinto, pero coinciden en sentirse víctimas de injusticias. Ambas alegan que tuvieron que huir por razones políticas que, en la teoría, deberían recibir la comprensión del sistema de asilo estadounidense, pero lamentan haber entrado en las estadísticas masivas de las deportaciones sin que se les haya escuchado su historia o sus posibilidades de acoplarse a la sociedad de ese país. También los aflige el desinterés del Gobierno de Rodrigo Chaves, quien a menudo se ufana de su relación con la administración Trump. Recuerdan que en suelo costarricense estuvieron detenidos por meses hasta que en junio el Tribunal Constitucional ordenó que se les liberara. Después llegaron ayudas de particulares y la mano del grupo cuáquero Asociación Los Amigos de Monteverde, que antes había colaborado con otros migrantes.
“Tienen mucho estrés porque es difícil que puedan saber su futuro cercano”, dice Harriet Joslin al salir de la reunión dominical de la comunidad religiosa a la que asisten varios herederos de los cuáqueros fundadores de granjas y que mantienen algunas costumbres de mediados del siglo XX, rodeados de estas montañas que décadas después se convirtieron en referencia del ecoturismo en Costa Rica con sus bosques nubosos. Joslin, estadounidense que llegó hace 21 años al pueblo, advierte que otros grupos sociales han colaborado con las familias, pero no el Gobierno.
Con ella coincide Marcia Aguiluz, directora para América Latina del Comité de Servicio de los Amigos Americanos (AFSC), que agrupa a otras asociaciones de esta comunidad de principios cristianos de solidaridad y pacifismo. “Puedo decir que son historias de resiliencia, resistencia e insistencia, pero también de amor. Se trata de personas que ayudan a otras sin conocerlas y entendiendo que otra cosa es lo que hagan los Gobiernos o la política”, resalta.
Más de la mitad de los migrantes deportados por Estados Unidos hacia Costa Rica, la mayoría asiática o del este de Europa, aceptaron retornar a sus países de origen. Unos 60 se marcharon a otras naciones, 30 decidieron entrar en la larga lista de solicitantes de refugio que tiene pendiente Costa Rica, según cifras de la Dirección de Migración, suministradas para esta información. La mayoría carecía de posibilidades de trabajar en suelo costarricense, tenía cerradas las puertas en Estados Unidos y dificultades en sus países de origen. Al menos una familia emprendió el viaje por tierra, de nuevo, hacia la frontera estadounidense, pero no hay noticias de éxito. Seguirles el rastro es difícil, advierte Aguiluz. Sí conoce de las familias establecidas en Monteverde y de su incertidumbre porque las autoridades no emiten aún la extensión del estatus legal.
German sólo espera esa noticia porque dice estar listo para vivir varios años en Monteverde, ojalá sin necesidad de ayudas, hasta que pueda regresar a su país o entrar a Estados Unidos de manera legal. Retornar ahora a Rusia no es una opción, se lo han advertido conocidos que aceptaron volver desde Estados Unidos. “Mis amigos me dicen que soy valiente, pero en realidad no tenemos otra opción. Nos pasó todo esto y no me sorprende porque veo lo que ocurre en el mundo (...) No estoy de acuerdo, pero es una especie de lotería de la que tuve que participar y gané el premio de ir a Costa Rica, ¿o no?”.