El Jardín Botánico apuesta a la terapia de naturaleza en medio del caos de Bogotá
Según los estudios, este tratamiento reduce el estrés, mejora el sistema inmune y fortalece la salud mental y emocional
Cristina Forero, Teofilde Ayala, Liliana Villa y Yenni Santos se encuentran un martes, a las 9.30 de la mañana, en el Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá. No llegan solamente a visitar o a conocer, sino a proteger su salud. Las acompaña Lucila Espitia...
Cristina Forero, Teofilde Ayala, Liliana Villa y Yenni Santos se encuentran un martes, a las 9.30 de la mañana, en el Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá. No llegan solamente a visitar o a conocer, sino a proteger su salud. Las acompaña Lucila Espitia, una cuidadora que viene a recibir cuidado. Ellas son algunas de las ya miles de personas que demuestran que no solo los japoneses hacen baños de bosques para recuperar energía y salud emocional. Entre los trancones, ruidos y humos de Bogotá, es posible recibir una terapia de naturaleza. Ellas van por su sexta sesión de un programa que ha tomado gran impulso desde que la Secretaría de Salud de Bogotá comenzó a indicar estas terapias el año pasado, y realizó una exitosa prueba piloto para 6.000 pacientes con cáncer.
Estas terapias son herramientas que ya se han desarrollado en España, Japón o el Reino Unido, como explica María Claudia García, directora del jardín ubicado cerca del centro geográfico de la ciudad de ocho millones de habitantes: “Como sociedad, hemos buscado momentos para conectarnos con la naturaleza y el silencio interno”. Las terapias que realiza el Jardín son inmersiones guiadas en ambientes naturales que se basan en cuatro momentos: bajar el ritmo, dinamizar los sentidos, hacer reconexión vital y compartir.
El recorrido comienza en la cascada del jardín. Con el sonido de la caída del agua como fondo y en silencio, saludan a la naturaleza y al sol. Luego siguen su camino, sin hablar, y observan las plantas, los árboles y las flores. Manuel Marín, el dinamizador que las guía, se detiene en el mirador que da al humedal y allí las mujeres, quienes desde que se conocieron se llaman las mosqueteras, se quitan los zapatos y las medias, sienten la tierra negra y húmeda en sus pies.
Manuel les entrega colchonetas para que se sienten o acuesten. Les indica que cierren los ojos, que mediten siguiendo un cuadrado en su mente donde alternan la inhalación y la exhalación, mientras él toca la quena. Algunas se sientan alrededor del agua mientras la música las acompaña. El tiempo pasa sin que lo noten y Manuel termina la meditación. Cuando abren los ojos, sonríen, sus rostros revelando que están llenas de paz.
Todos siguen en silencio por el camino de piedra y se detienen en la Moraldina, un espacio del Jardín donde crecen los árboles que parecen llegar hasta al cielo. Manuel les indica que cada una abrace uno. Ellas lo hacen, miran hacia sus copas, ven el azul sin nubes, cierran los ojos y cada una se comunica en silencio con el tronco que tiene entre sus brazos. Unos quince o veinte minutos después, los abrazos con la naturaleza terminan y llega otro, ahora entre todas ellas. Son cerca de las 11.30 de la mañana.
Manuel ha traído tacitas y té. Se sientan en un círculo sobre el prado para tomarlo. Liliana cuenta que es la primera vez que llega tan “cargada” a esta terapia y que ha dejado en el tronco todo el peso que traía. Cristina ha dejado en la moraldina el dolor que padecía en el lado derecho de su cuerpo. Ya no lo siente, dice. Teofilde explica que el cáncer genera mucha angustia y desesperación, pero después de este recorrido siente calma y paz, y repite que esta enfermedad no es sinónimo de muerte. Yenni llora cada vez que viene a su terapia de naturaleza —esta vez también lo ha hecho—, y recibe lo que llama una recarga positiva. Lucila conoció la terapia gracias a trabajadores del Hospital Militar, que se la recomendaron, y dice que es maravilloso visitar el Jardín con sabiduría.
También cuentan que en sus visitas al Jardín han aprendido sobre el cuidado de la naturaleza, sobre las plantas y sobre ellas mismas. Sonríen, conversan, se terminan el té, agradecen a Manuel, a quien consideran el mejor dinamizador del Jardín, y se van felices para sus casas esperando una nueva invitación.
A largo plazo
Angelica Mota Nova, líder de la línea de naturaleza, salud y cultura del Jardín Botánico, cuenta la historia de estas terapias. En Japón querían reactivar varias reservas naturales y, ante los altos índices de suicidio entre los jóvenes, decidieron invitar a grupos de ellos a visitarlas. Luego, muchos de estos jóvenes reportaron que las visitas mejoraron su salud mental. Así, en los años ochenta el país asiático desarrolló estos baños de bosque o shinrin-yoku y, según un comunicado del Jardín Botánico, “han demostrado científicamente cómo la inmersión consciente en la naturaleza reduce el estrés, mejora el sistema inmune y fortalece la salud mental y emocional”.
En Bogotá, el jardín creó hace una década una línea de investigación para entender la relación entre la naturaleza y la salud física y mental, para ver cómo los seres humanos pueden usar el entorno para sanar y fortalecerse. Como parte de su trabajo, hicieron un estudio con el Instituto Nacional de Salud y el Hospital Militar en el que midieron la adrenalina, el cortisol, la tensión arterial y la frecuencia cardiaca de un grupo de personas que tomaba las terapias de naturaleza. Encontraron que estas producían un cambio físico, que iba mejorando tras cada sesión. Gracias a esta investigación, el jardín y el hospital recibieron el premio Cástulo Rodríguez Correa, de la Sociedad Colombiana de Medicina del Trabajo, en 2024.
Ya antes, entre 2018 y 2019, el Jardín se alió con el Forest Therapy Hub, una plataforma internacional encargada de la formación de guías de baño de bosque y profesionales de terapia de bosque, para realizar diplomados que permitieran capacitar a los llamados dinamizadores. Han formado a cerca de 130 personas, incluyendo a muchas que quieren aplicar las terapias en sus trabajos como guías de turismo en otros lugares. La institución cuenta con cuatro dinamizadores, que han sumado a esa formación saberes andinos como tambores o la quena que tocó Manuel. Mota, la encargada de la línea, explica que a veces también combinan las terapias con otras artes, por ejemplo, al realizar trabajos manuales y pinturas con material orgánico del propio jardín. La institución pública prevé ampliar estas terapias a otros bosques urbanos de Bogotá, para ayudar a conectar la metrópoli con una naturaleza que no solo la rodea, sino que está en su corazón.