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Los 19 segundos de Alba Carrillo

Es el tiempo que la colaboradora ha necesitado, vestida de época y con una máscara de plumas en la cara mientras acudía a un estreno, para decir y hacer feminismo

Alba Carrillo durante el photocall de máscaras para celebrar el estreno de la segunda parte de la cuarta temporada de la serie 'Los Bridgerton', este martes en el Casino de Madrid.Daniel Gonzalez (EFE)

La pesadilla del tertuliano es el tiempo. Un cronómetro que no le indica, sino más bien le ordena, que tiene menos de medio minuto para resumir una idea. Un sujeto con predicado que resuma cualquier asunto. Los accidentes de trenes ayer, la dana de antesdeayer, el burka de hace un cuarto de hora. La pesadilla del tertuliano es el tiempo y el bálsamo son los lugares comunes. El aborto siempre es un asunto “complejo y con muchas aristas”, dirán aquellos que no saben muy bien ...

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La pesadilla del tertuliano es el tiempo. Un cronómetro que no le indica, sino más bien le ordena, que tiene menos de medio minuto para resumir una idea. Un sujeto con predicado que resuma cualquier asunto. Los accidentes de trenes ayer, la dana de antesdeayer, el burka de hace un cuarto de hora. La pesadilla del tertuliano es el tiempo y el bálsamo son los lugares comunes. El aborto siempre es un asunto “complejo y con muchas aristas”, dirán aquellos que no saben muy bien de qué lado toca ponerse esta vez. Estamos hablando de un asunto muy “delicado”, dirán cuando toque hablar de agresiones sexuales. Y delicada es una blusa de seda, no una violación.

Tras este desahogo, quiero hablar de una mujer, una tertuliana perfecta, de esas capaces de soltar verdades resumidas en menos de 30 segundos. “¡La mujer más inteligente de España!”, he gritado en mi salón después de escuchar una de sus últimas declaraciones, porque una tiende a emocionarse. Se llama Alba Carrillo y ha dicho esta semana, tras ser preguntada por los periodistas en un estreno sobre el incipiente idilio de dos famosos: “Yo no creo que las mujeres tengamos que reconstruir a nadie. Quiero decir, ellos tienen que venir ya bien. Esos de ‘es que esta mujer le va a venir bien porque va a sentar la cabeza’, no. Que venga bien y ya disfrutemos juntos”.

Podría haber dicho que lo disfruten, que son guapos los dos, que les desea lo mejor, o simplemente que no quiere hacer comentarios. Pero ha necesitado 19 segundos, vestida de época y con una máscara de plumas en la cara, para decir y hacer feminismo.

Para quitarle a las mujeres esa laboriosa tarea de arreglar las piezas que vienen rotas de fábrica, para soltar ese lastre cuidador que se nos presupone desde la cuna. No ha necesitado que un moderador le dé paso ni ninguna tribuna en el Congreso. Lo condensa bien porque sabe de lo que habla. Ella se creyó como tantas el cuentito ése de que se puede cambiar a alguien solo con proponértelo. El maldito si quieres, puedes. Lo intentó con el padre de su hijo y con el hombre con el que se casó después, del que se separó tras 11 meses y del que dijo en una portada de la revista ¡Hola!: “Feliciano (López) me ha pedido el divorcio de manera fría y distante”. “Hasta el más facha se vuelve rojo por un polvo”, le dijo a Martín Bianchi en este periódico. Otro resumen perfecto. Y nada delicado.

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