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Así ayudó el Orgullo de Budapest a derrotar a Orbán

Esa manifestación por la diversidad y los derechos no venció por sí sola al autoritarismo, pero visibilizó la posibilidad de derrotarlo

Una mujer con una pancarta crítica con Orbán en el Orgullo de Budapest, el 28 de junio de 2025.Marton Monus (REUTERS)

En este texto de la Queerletter de esta semana, la newsletter LGTBIQ+ de EL PAÍS, coordinada por Pablo León, dos investigadores analizan el papel del Orgullo de Budapest en la derrita del autoritarismo de Fidesz. Apúntate aquí para recibirla.

Viktor Orbán no solo perdió la elecciones del 12 de abril. También perdi...

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En este texto de la Queerletter de esta semana, la newsletter LGTBIQ+ de EL PAÍS, coordinada por Pablo León, dos investigadores analizan el papel del Orgullo de Budapest en la derrita del autoritarismo de Fidesz. Apúntate aquí para recibirla.

Viktor Orbán no solo perdió la elecciones del 12 de abril. También perdió el control del relato nacionalista que durante años había contado a los húngaros: quién forma parte de la nación, quiénes la amenazaban y en quién se podía confíar para protegerla.

Durante más de tres lustros, Orbán gobernó mediante el clientelismo, el control de los medios y una política del miedo. Así, presentó a los migrantes, a Bruselas, a las instituciones independientes o a las personas LGTBIQ+ como peligros para Hungría y el orden moral. Fabricó ese asedio para consolidar su poder: a los húngaros les decía que solo él se interponía entre la nación y esas supuestas amenazas, que perfilaba como foráneas, ajenas a Hungría.

Ese relato, finalmente, se quebró. El 12 de abril, Orbán reconoció su derrota tras 16 años en el poder. Gran parte de los análisis sobre su pérdida del poder se han centrado en la economía, la corrupción y el agotamiento de la ciudadanía tras un prolongado mandato. Aunque todo eso es relevante, se ha pasado por alto algo crucial: la derrota de Orbán tuvo que ver también con una crisis del simbolismo político que defendía.

El ultraconservador perdió cuando más ciudadanos húngaros dejaron de verlo como ese guardián moral de la nación y empezaron a visualizarlo como responsable de su agotamiento. Y uno de los puntos de inflexión más claros ocurrió en 2025, cuando intentó prohibir el Orgullo de Budapest.

Ese veto estaba pensando como una trampa. Orbán llevaba tiempo instrumentalizando los ataques a los derechos LGTBIQ+ para, por un lado, movilizar a su base electoral y, por otro, dividir a sus oponentes.

Al señalar el Orgullo, aplicaba el manual básico del autoritarismo: escoger a un grupo social vulnerable y estigmatizado, convertir su señalamiento y ridiculización en espectáculo nacional, y retar a la oposición a defenderlo. Así, si la oposición alzaba la voz, se produciría una alienación política de los votantes conservadores; si guardaba silencio, parecería débil.

De hecho, Péter Magyar, que ha liderado a la oposición a la victoria, respondió con cautela. Como otros adversarios de Orbán, pareció tratar la prohibición del Orgullo menos como una afrenta democrática fundamental que como una cuestión divisiva que debía gestionarse con cuidado. Ese instinto era comprensible: Orbán había pasado años perfilando la visibilidad LGTBIQ+ como políticamente radioactiva.

Sin embargo, ocurrió algo que el Gobierno del ultraconservador no anticipó. El Orgullo no solo se celebró, sino que, en lugar de parecer marginal y amenazante, fue masivo e inclusivo, y contó con la participación de muchos ciudadanos húngaros de diversos perfiles. En lugar de aislar a las personas queer de Hungría, el intento de prohibición evidenció ante la ciudadanía el abuso de poder del Ejecutivo.

Esto importa porque la visibilidad es política. En nuestra investigación sobre el Orgullo de Budapest de 2025 —basada en una encuesta nacional realizada en tres oleadas, antes y después de la marcha, y otra más previa a las elecciones—, encontramos que las personas que siguieron el Orgullo de Budapest, en persona o en las noticias, perdieron confianza en Orbán y Fidesz en favor de Magyar y Tisza. El Orgullo marcó un punto de inflexión simbólico: fue el momento en el que empezó a fallar la narrativa de guerra cultural del Gobierno.

Esto es lo que muchos analistas siguen pasando por alto sobre el Orgullo de Budapest y la política de las minorías. Con demasiada frecuencia, estas luchas se intentan dibujar como distracciones de lo que algunos denominan “política real” (como la corrupción, la inflación o el deterioro democrático). Algunos, incluso, han sostenido que la lección de Hungría para derrotar a la extrema derecha exige evitar por completo las cuestiones LGTBIQ+.

Sin embargo, la derrota de Orbán sugiere justamente lo contrario: el Orgullo ayudó a amplificar la resistencia a Orbán, no solo entre los progresistas, sino también entre los moderados, los votantes jóvenes y los indecisos. Nuestra investigación señala que el Orgullo permitió ensanchar la coalición anti-Orbán al hacer visible la represión y convertir una causa estigmatizada por el Ejecutivo en una cuestión democrática básica. El propio Orbán entendía que la política simbólica tenía consecuencias en la política real. Por eso trabajó tan duro para controlar la opinión pública y el relato político.

Autoritarismo y espectáculo

El autoritarismo depende del espectáculo, de dibujar la dominación como algo natural, de sentido común, y la disidencia, como algo marginal. El Orgullo reventó esa narrativa al mostrar una Hungría distinta: una más grande, más amplia y más común de lo que el régimen quería que la gente pensara. Bajo el dominio del populismo radical de derechas, con gobernantes que reclaman una autoridad moral exclusiva, una visibilidad masiva como la del Orgullo cuestiona el relato de quién forma “el pueblo”. Así, cientos de miles de personas pusieron en entredicho la autoridad moral del gobierno y su pretensión de encarnar la familia, la nación y el orden. El Orgullo evidenció que Orbán y sus relatos eran más débiles de lo que parecía.

De hecho, este último punto puede ser el más importante. En nuestro estudio, el efecto político de presenciar el Orgullo estuvo ligado en buena medida a cambios en las evaluaciones de la autoridad moral. En otras palabras, el Orgullo también moduló la forma en que la gente valoraba a las principales figuras políticas. Expuso la brecha entre la autodefinición de Orbán como protector de la nación y la realidad de un Gobierno que prohibía asambleas y reuniones, además de vigilar según qué identidades. “Ese día, la mayoría de los húngaros, y la mayoría de las personas que vieron el Orgullo, apoyaron nuestros derechos”, dijo uno de los organizadores de la manifestación.

Magyar no ganó por su defensa de los derechos LGTBIQ+. Su coalición fue amplia, cautelosa e impulsada por muchas quejas y reivindicaciones, entre ellas la corrupción o el deterioro democrático, como ya hemos mencionado. Pero, precisamente por eso, el Orgullo de Budapest fue importante. Marcó el momento en el que un descontento difuso se convirtió en algo tangible y colectivo. El Orgullo otorgó a la frustración democrática una vía de expresión, un lenguaje y un espacio público. Hizo que la resistencia pareciera imaginable.

Esta lección va más allá de Hungría. En Europa y Estados Unidos, a las democracias acosadas se les dice que defender a las minorías estigmatizadas es políticamente ingenuo; que la cautela es más sabia que la solidaridad; que la manera de vencer al autoritarismo es evitar los temas que más desea instrumentalizar. A veces, la cautela tiene su lugar. Pero el silencio conlleva sus propios riesgos: puede legitimar los términos fijados por la derecha autoritaria. Puede dejar intactos sus símbolos.

La derrota de Orbán sugiere que cuando los ciudadanos se enfrentan a una represión hecha visible —cuando ven al descubierto el absurdo, la crueldad y la inseguridad del poder—, la política del miedo pierde fuerza y empieza a resquebrajarse.

Las elecciones húngaras trataron de corrupción e inflación. Pero también trataron de quién podía aparecer en el espacio público sin miedo, una visibilización que hacía imaginable otra definición del pueblo más allá de la que defendía Orbán. Otro de los organizadores describió la manifestación como “una chispa de esperanza” que permitió a la gente imaginar que el país podía ser diferente, “algo que no habíamos sentido en 15 años”.

El Orgullo de Budapest no derrotó por sí solo a Viktor Orbán. Pero marcó el momento en el que más húngaros vieron factible que podía ser derrotado.‌

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