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¿Le habrán pedido perdón a Dolores Vázquez?

¿Se acuerdan de lo que le hicieron? ¿De lo que contribuyeron a hacerle? La disculpa hoy será gubernamental, y podrá ser un primer paso; la responsabilidad de lo ocurrido le pertenece a muchos

Dolores Vázquez, a su llegada al juzgado para escuchar el veredicto el 19 de septiembre de 2001.Sergio Camacho

Acción y efecto de reparar algo roto o estropeado. Desagravio, satisfacción completa de una ofensa o injuria. Como tantos otros, cuando las palabras no terminan de corresponderse con la realidad a la que creo que aluden, recurro de manera instintiva al diccionario. Lo hago con una fe infantil, como si de alguna de las acepciones del vocablo “reparación” pudiera entresacar un rasgo distintivo, un matiz definitivo que moldee la palabra a la medida de la realidad para paliar la disonancia cognitiva que me provoca que se le quede pequeña. O más bien demasiado grande.

El acto de reparación a Dolores Vázquez, que anunció el Gobierno hace semanas y que se celebra hoy, es justo y necesario en primer lugar porque ella lo reclamó. “En mi corazón, necesito que el Gobierno me pida perdón”, declaró el año pasado durante la entrega de un premio que se le concedió, en Betanzos, su localidad natal y de residencia. “Este es mi pueblo y no es lo mismo, es mi gente, la que lleva siete años conviviendo conmigo y me conoce. Lo de hoy es especial y sé que no voy a tener otra oportunidad así, pero no es suficiente”.

Me pregunto si será suficiente para ella el acto del Ministerio de Igualdad, que contará con la presencia de la ministra Ana Redondo y del ministro Fernando Grande-Marlaska. Si la entrega de la Medalla a la Promoción de los Valores de Igualdad conseguirá que Dolores Vázquez se sienta resarcida del enorme daño que se le infligió. Si una distinción gubernamental convalida una disculpa nacional. Y si en tal caso, la disculpa nacional que merece una mujer que pasó 519 días en la cárcel, condenada injustamente, dentro y fuera de los tribunales, en un juicio que tuvo más de ordalía mediática que de proceso con garantías, le podría, de algún modo, bastar. Si cuanto más nos empeñamos en ensalzar a una víctima es porque menos dispuestos estamos a agachar la mirada frente a ella y rogarle un perdón que nos queda tan grande como a esta coyuntura el significado profundo de la palabra reparación.

Me pregunto si a este perdón simbólico, de mano del Gobierno, le acompañarán o han precedido otros perdones concretos. Si en algún momento los miembros del jurado popular que la declaró culpable han tenido el valor de disculparse con ella. O el juez instructor del caso. Si ha hecho lo propio, por ejemplo, Juan Manuel de Prada, que escribió una columna en ABC titulada El amor estéril, el que, según él, sienten por defecto las mujeres enamoradas de otras, como hipótesis repugnante sobre el móvil del crimen.

Él y otros tantos, que, en la prensa y en las televisiones, echaron leña al fuego del mito de la lesbiana perversa, como bien explicó Beatriz Gimeno en su ensayo sobre el tratamiento mediático del caso, ¿le habrán pedido perdón a Dolores Vázquez? ¿Se acuerdan de lo que le hicieron? ¿De lo que contribuyeron a hacerle? La disculpa hoy será gubernamental, y podrá ser un primer paso, pero la responsabilidad múltiple de lo ocurrido no debería difuminarla. Tiene nombres y apellidos. Del mismo modo, Dolores Vázquez es mucho más que el emblema de un gravísimo error del sistema, cimentado en un terrible prejuicio compartido, a quien ahora se intenta reconocer con un acto simbólico, le baste a ella o no. Es una persona.

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