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En democracia, las redes, el espacio público, no pueden convertirse en un ámbito donde la violencia y el odio se normalicen y la impunidad sea la regla
Las plazas de nuestras ciudades y pueblos no han desaparecido, pero el debate político ahora está en las pantallas. En las pantallas discutimos, nos organizamos, nos informamos y, cada vez más, vivimos políticamente. Hace una década ofrecían la posibilidad de alzar la voz a personas sin capital social o económico suficiente para hacerlo a través de los medios tradicionales. Así, las redes sociales y el feminismo hicieron match. Desde la horizontalidad, dando poder a la palabra y a la idea, y siempre en comunidad, las mujeres tejimos otras redes, las de apoyo y reconocimiento, relatos compartidos y fuimos conscientes de la capacidad que tenemos para romper el silencio y transformar experiencias personales en agenda política. Sirvan dos ejemplos: en 2016 la repuesta en el juicio de La Manada sin la que no existiría la Ley de Libertad Sexual y en 2017 el #MeToo sin el que es imposible entender la denuncia de los casos de acoso y violencia sexual que estamos conociendo en los últimos años.
Una década después, la realidad es muy distinta. El mismo lugar que amplificó voces feministas y democratizó la palabra ahora monetiza el odio y la misoginia. En la virtualidad que habitamos hoy, el antifeminismo se articula en comunidades organizadas y discursos reaccionarios que han encontrado en las plataformas un terreno especialmente fértil para reforzarse y viralizarse.
Mujeres periodistas, políticas, creadoras de contenido o simplemente usuarias anónimas reciben a diario una lluvia de insultos, burlas y campañas de desprestigio. No estamos ante críticas constructivas ni ante el debate argumentado que toda democracia necesita, sino de un intento sistemático de desacreditar voces de mujeres y expulsarlas de la conversación pública. Charo, puta, feminazi, rodilleras o guarra son palabras que todas las mujeres que tenemos algún perfil en internet hemos recibido alguna vez.
No se trata, por tanto, de un debate o de una postura política legítima porque utilizan mentiras, insultos, y odio. No buscan convencernos sino derribarnos. No ofrecen argumentos por los que debamos cambiar de opinión. No los ofrecen porque no existen. La estrategia es expulsarnos del espacio público. Que dudemos antes de escribir, que borremos antes de publicar, que bajemos la intensidad de nuestra propia voz.
El mismo espacio que amplificó voces feministas y democratizó la palabra ahora monetiza el odio y la misoginia
Detrás de cada comentario aparentemente inocuo circula una narrativa que refuerza la desigualdad, cuestiona los avances en derechos de las mujeres y persigue volver al orden social que el feminismo cuestiona desde hace tres siglos. Bajo la apariencia de humor, ironía o una mal entendida libertad de expresión, se difunden estereotipos sexistas y ataques personales que no solo buscan castigar a la mujer que alza la voz, sino advertir a todas las demás de lo que ocurre cuando sucede. El objetivo es disciplinar a todas las mujeres y transmitir un mensaje muy antiguo, que el espacio político no es para nosotras.
Meme tras meme el insulto deja de escandalizar y pasa a formar parte del paisaje de nuestro scroll. Lo peor del escándalo es que te acostumbras y lo intolerable se vuelve cotidiano. Y así, casi sin ruido, se está estrechando el hueco en el que las mujeres pueden habitar la conversación pública en igualdad. Muchas mujeres están reduciendo su presencia, moderando su discurso, se autocensuran o abandonan determinados ámbitos digitales. En los casos más graves, la violencia ha salido de las pantallas y el acoso, la violencia y el miedo está llegando a las puertas de sus casas.
Nada de esto ocurre de forma espontánea. Estos discursos se organizan, se retroalimentan y se amplifican en comunidades digitales que legitiman el desprecio hacia las mujeres como seña de identidad. Blogs, foros, plataformas de juego, podcasts o canales de streaming centrados en una idea monolítica de lo que debe ser la identidad masculina conforman un universo propio. Allí el feminismo se caricaturiza y los avances en derechos de las mujeres se presentan como una amenaza. Construyen una narrativa de agravio permanente en la que la igualdad de las mujeres se interpreta como un ataque y el resentimiento se transforma en comunidad.
La manosfera no es solo un conjunto de sites virtuales, sino un relato compartido donde la misoginia funciona como lenguaje común y como vínculo de pertenencia. Responder a esta realidad requiere de políticas públicas, educación y acompañamiento familiar que permitan a los chicos construir su identidad sin tener a las mujeres y el feminismo como enemigo.
Este 8 de marzo toca visibilizar la violencia, las estrategias de silenciamiento contra las mujeres y el coste que tiene no callar cuando defendemos que la igualdad y la libertad deben ser derechos efectivos también para nosotras. Los lugares donde la ciudadanía se politiza no pueden estar inundados por un ejército anónimo que ejerce de manera sistemática violencia contra las mujeres y que está desplazando el umbral de lo intolerable no solo en las pantallas. Las redes sociales no pueden ser lugares donde las mujeres quedemos relegadas a ser visibles como objetos de consumo e invisibles como sujetos políticos. En democracia, el espacio público no puede convertirse en un ámbito donde la violencia y el odio se normalicen y la impunidad sea la regla.
La respuesta siempre es más feminismo, pero necesitamos encontrar formas para acompañar a las que, literalmente, están poniendo el cuerpo, su salud mental y sus trayectorias profesionales para defender lo de todas. No debería tener coste ser feminista ni en la calle ni en las red; al contrario, debería contar con reconocimiento social quien impulsa una propuesta democratizadora de todos los ámbitos de la vida. Pero mientras no sea así, mientras siga teniendo un precio, tenemos que pensar estrategias para defender a quienes nos defienden. El derecho a ocupar el espacio político en igualdad es una cuestión democrática. Este también es nuestro sitio.