La gala de los ricos, la moda de los pobres
Mientras los magnates tecnológicos compran legitimidad cultural en las escaleras del Met, la moda real va desapareciendo poco a poco de las calles
A la séptima avenida de Nueva York se la sigue llamando Fashion Avenue y a la zona entre las calles 34 y 42 el Garment District. Históricamente alli se concentraban, respectivamente, los estudios de los diseñadores y los talleres de confección. De los primeros quedan algunos, pocos, de los segundos no hay ni rastro, solo algunas tiendas de tejidos al por mayor y algún que otro pequeño taller suelto. Hace mucho que la moda ya discurre por otros cauces, con producciones masivas de grandes enseñas en fábricas deslocalizadas (la mayoría en el Sudeste asiático) y sin apenas marcas de diseño independiente, en un contexto donde dos grandes holdings (Kering y LVMH) dominan y monopolizan el mercado.
Durante mucho tiempo Nueva York, con sus talleres y sus estudios, fue el centro de lo que se dio en llamar el ‘estilo americano’, una moda mucho más realista y practicable que la parisina, con menos ínfulas pero más visión comercial. Salvo excepciones con más de medio siglo a sus espaldas, como Ralph Lauren, Michael Kors o Carolina Herrera, tampoco queda ni rastro de aquello.
Este lunes en Nueva York había dos modas paralelas, que no se han cruzado en ningún punto. La primera tiene que ver, obviamente, con la gala del MET, una gala que hasta hace bien poco servía para recaudar fondos para la exposición de moda anual del museo, pero que desde hace unos años tiene una vida propia al margen de la muestra en sí. Solo importa el quién y el cómo (va vestido), y no el porqué. La segunda está ligada a todos los trabajadores, creativos, costureros, dependientes, patronistas... que tienen cada vez menos que ver con lo que se muestra de la moda en las redes. No es casual.
El lunes, mientras Anna Wintour presentaba junto a Lauren Sánchez Bezos la nueva exposición, en un encuentro previo a la gala, el alcalde de la ciudad, Zohran Mamdani, lanzaba a través de su oficina y de la fotógrafa Kara McCurdy un mensaje: la moda es de quien la sostiene a diario. “Es posible gracias a los miles de trabajadores entre bambalinas cuyo inmenso talento y dedicación merece ser celebrado”, contaba en exclusiva a la revista I-D a la vez que su oficina enviaba seis retratos de McCurdy: tres sastres, una empleada de Macy’s y dos mensajeros de Amazon, todos involucrados en sindicatos de trabajadores y/o con proyectos de formación para migrantes. Porque, irónicamente, como recordaba la temática del MET del año pasado, buena parte del relato estético (como tantos otros relatos) de los Estados Unidos, se construyó a partir de las migraciones latinas y africanas, entre otras. Mamdani ha declinado la invitación de Wintour a la gala, alegando que tiene otras preocupaciones más inmediatas, como bajar el precio de los alquileres y del coste de la vida en un Nueva York cada vez más tomado por las clases altas.
Pero la moda, al menos la moda que se mira en redes y no cuelga de nuestros armarios, discurre por otro cauce. Y las escalinatas del museo Metropolitano se van alejando de la realidad año tras año, no solo por los vestidos que llevan los invitados, también, y sobre todo, por los juegos de poder que maneja. Hace unos años las marcas de todo tipo compraban una mesa en la cena de gala por unos cincuenta mil dólares. Ahora los precios han subido tanto que solo pueden pagarlos un puñado de marcas de moda y muchas empresas tecnológicas. Hace unos años el ala que acoge las exposiciones de moda se llamaba Costume Institute, ahora se llama Anna Wintour Costume Institute y este año Condé Nast inaugura nuevas galerías. Hace años eran las marcas de moda las que patrocinaban el evento, hoy son los Bezos a título personal, no a través de Amazon. Wintour le sigue cerrando la puerta a Trump, pero se la ha abierto a un magnate deseoso de obtener la validación cultural del lujo y que apoya ciertas políticas trumpistas. También se la ha abierto a Mark Zuckerberg, que hace unos meses se sentaba por primera vez en un desfile (de Prada) y este lunes entraba al MET por la puerta trasera. O al CEO de TikTok, el de Instagram y al cofundador de Google, Sergey Brin, que sí posaba en las escaleras junto a su novia, una influencer abiertamente trumpista. Quizá la noticia real sea esa, la cantidad de millonarios de la tecnología que han subido este año esas escaleras mientras, entre los curiosos, una serie de manifestantes clamaban contra ‘la gala de los Bezos’ por las políticas de explotación a las que están sometidos muchos de sus trabajadores.
Al mundo tecnológico nunca le había interesado la moda hasta que, ahora que lo poseen casi todo, se han dado cuenta de que les falta el capital simbólico que otorgan el lujo y el gusto. Resulta curioso cómo esos magnates acuden a la gala con piezas hechas a mano por costureros e inspiradas en obras de arte de otros siglos. También es fascinante comprobar como los altos mandos de la moda han abrazado a dichos magnates, para recibir inyecciones de dinero, quizá, o para que el algoritmo les premie sus contenidos, o simplemente por estar en el lado ganador de la historia actual, mientras la Inteligencia Artificial amenaza con recortar puestos en los estudios de diseño y por supuesto en los talleres, y en ciertas redes sociales proliferan las copias (cuando no las falsificaciones) y la publicidad invasiva de sucedáneos sin ningún tipo de legislación que regule la propiedad intelectual.
Frente a la MET Gala está la Garment Gala, que pone en valor no solo el trabajo de todos los que hacen, venden y transportan ropa de verdad, de la que cuelga en los armarios de todos, también pone el foco en la verdadera moda norteamericana, muchas veces creada por migrantes, que tuvo y tiene a un buen puñado de diseñadoras femeninas al frente (algo no muy común al otro lado del charco) y que una vez hizo frente al artificio de París con sus diseños fluidos, prácticos e ingeniosos.
El lunes Sarah Paulson llevaba un vestido de Matières Fécales con un billete de dólar tapándole los ojos, es decir, cegada por el dinero. El diseño pertenece a la última colección del dúo, titulada El uno porciento, que refleja los arquetipos de los poderosos, sus ambiciones y sus hipotéticos miedos. Fue la única muestra de disidencia visible entre vestidos de colas kilométricas, celebridades con velos y un sin fin de artificios para, precisamente, alimentar el algoritmo, mientras ahí fuera la moda es otra cosa muy distinta. Lo que sí continúa siendo es un reflejo de la sociedad, aunque esta vez a su pesar: no hay mejor metáfora del mundo actual que la de un grupo de magnates tecnológicos posando en las escaleras de un museo vestidos con firmas de lujo mientras los trabajadores se manifiestan separados por varios metros de vallas. Tampoco hay mejor metáfora del mundo actual que contemplar cómo con esta alianza con ciertos magnates tecnológicos la moda está tirando piedras contra su propio tejado. Comiéndose a sí misma, como el propio capitalismo.