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¿Qué le debe el PSOE a Marruecos? (III)

Entre todas las traiciones de Sánchez y Marlaska a los saharauis, la más dolorosa ha sido dejarlos fuera de la regularización extraordinaria

Manifestación en el aeropuerto de Barajas en 2024 contra la deportación de exiliados saharauis. Alejandro Martínez Vélez (Europa Press)

Como podrán ustedes apreciar por el título, esta columna es la tercera entrega de una historia que parece interminable: la de la traición del PSOE a los saharauis. La primera la escribí hace tres años, cuando Pedro Sánchez y los suyos se quedaron solos en el Congreso votando en contra de otorgarle la nacionalidad a los saharauis nacidos bajo la soberanía española. Incluso los de Vox fueron más dignos: s...

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Como podrán ustedes apreciar por el título, esta columna es la tercera entrega de una historia que parece interminable: la de la traición del PSOE a los saharauis. La primera la escribí hace tres años, cuando Pedro Sánchez y los suyos se quedaron solos en el Congreso votando en contra de otorgarle la nacionalidad a los saharauis nacidos bajo la soberanía española. Incluso los de Vox fueron más dignos: simplemente se abstuvieron.

La segunda la publiqué en 2024, cuando el Gobierno más progresista de la Galaxia le negó el asilo a más de 40 saharauis perseguidos por el reino marroquí, entre los cuales había dos niños menores de dos años y un enfermo. Si hubiera trabajado antes en este periódico podría haber escrito varias anteriores bajo este mismo epígrafe, como cuando Sánchez firmó una carta infame dirigida al reino alauí respaldando su plan de autonomía para el Sáhara ocupado.

Hay muchos motivos para pensar que el lobby de Marruecos en España se llama PSOE, como dijo Javier Otazu, corresponsal en nuestro vecino del sur durante 16 años. Pero de entre todos ellos el más doloroso es el abandono y la traición constantes a nuestros hermanos saharauis, víctimas de tercera división, porque hasta en esto hay clases. Está la del “te armo contra quienes te oprimen” (los ucranios), la del “dejo de armar a quienes te oprimen, o al menos hago el paripé” (los palestinos) y la del “armo a quienes te oprimen” (los saharauis).

La última de las infamias del PSOE contra ellos ha sido dejarlos fuera de la regularización de inmigrantes, que excluye a dos colectivos: a algunos menores no acompañados (aquellos que se han negado a hacerse pruebas que acrediten su edad o que han sido descubiertos mintiendo sobre ella) y a los apátridas, que en una aplastante mayoría son saharauis.

El argumento esgrimido por el Ministerio de Marlaska para excluir a los apátridas es que España ya cuenta con un procedimiento específico para el reconocimiento de su estatuto. Un trámite que, según las organizaciones de saharauis en nuestro país, puede alargarse durante años. Pero las excusas del Gobierno huelen a podrido (también existen ya procedimientos específicos para el reconocimiento del arraigo y la posterior regularización de inmigrantes en situación irregular) como huele a podrido que este mismo miércoles hayan rechazado reunirse en el Congreso con el Frente Polisario para analizar la situación discriminatoria en la que han dejado a su pueblo. Al contrario, por cierto, que el PP, porque en este asunto siempre hay un oponente dispuesto a sacarle las vergüenzas a los socialistas.

Si de entre todas las razones para preguntarnos qué le debe el PSOE a Marruecos la más dolorosa es la traición a los saharauis, de entre todas las traiciones del PSOE a los saharauis la más dolorosa ha sido dejarlos fuera de la regularización. Porque coloca a personas que nacieron españolas (y a sus hijos y nietos) por detrás no ya del resto de españoles, como cuando se negaron a devolverles la nacionalidad, sino del resto de inmigrantes. Porque deja en la estacada a los más débiles, a los palestinos del Magreb, que aún le enseñan español en escuelas de adobe a sus niños, que nacen sin país ni pasaporte. Y quizá ese también sea el problema: que los saharauis no son solo mano de obra y pagadores de pensiones, que es lo que quiere el sistema. Que no solo reclaman un domicilio fiscal, sino una patria.

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