La trampa detrás de la epidemia de las raquíticas
En la nueva moda de la delgadez extrema, internet nos infantiliza y nos trata como a idiotas
A estas alturas ya sabemos que todo el mundo miente en redes. Las señales siempre estan ahí, solo hay que saber codificarlas. ¿Una pareja que apenas se dejaba ver ahora cuelga sin cesar fotos juntos? Esto huele a crisis y separación inminente. ¿Esa supermodelo que cada día sube stories de sus abdominales seguidos de platos de carbonara del restaurante de moda? Amiga, esos carbohidratos rara vez serán ingeridos. Aparentar lo contrario a lo que pasa, para muchos, puede ser hasta terapeútico. Todos nos autoengañamos en la performance que da sentido a lo que queremos proyectar. Lo qu...
A estas alturas ya sabemos que todo el mundo miente en redes. Las señales siempre estan ahí, solo hay que saber codificarlas. ¿Una pareja que apenas se dejaba ver ahora cuelga sin cesar fotos juntos? Esto huele a crisis y separación inminente. ¿Esa supermodelo que cada día sube stories de sus abdominales seguidos de platos de carbonara del restaurante de moda? Amiga, esos carbohidratos rara vez serán ingeridos. Aparentar lo contrario a lo que pasa, para muchos, puede ser hasta terapeútico. Todos nos autoengañamos en la performance que da sentido a lo que queremos proyectar. Lo que sí irrita es la trampa delirante con la epidemia de las raquíticas.
Desde que la delgadez extrema y los rejuvenecimientos faciales se han vuelto un marcador de estatus y privilegio, prácticamente cada semana se viralizan fotos y vídeos de famosas estrenando nueva cara y nuevo cuerpo en la alfombra roja del evento de turno. Y, cada semana, las cuentas que mueven ese negociado, desde revistas de moda a creadores de contenido con centenares de miles de seguidores, instrumentalizarán esos cambios radicales como cebo de atención para ganar seguidores y visibilidad. Los administradores de esas cuentas saben que sus métricas subirán si muestran a esos cuerpos desvaneciéndose, mujeres que sentimos que conocemos de toda la vida, pero nos las enseñarán alabando su imagen, haciendo como si no pasara nada. Utilizarán fórmulas tramposas como “acapara miradas” o “impacta” y exhibirán esos cuerpos al borde la desnutrición mientras suena Young and beautiful de Lana del Rey. Lo han hecho con Kelly Osbourne, Ariana Grande o Demi Moore y hace unos días pasó con la alfombra roja de la serie Euphoria. Casi todas esas actrices habían perdido peso de forma evidente, pero los posts que más se popularizaron eran los que mostraban el antes y el después de Alexa Demie diciendo lo guapa y cambiada que estaba…. porque apenas llevaba maquillaje. No solo nos manipulan, encima nos toman por idiotas.
Las que sufrimos el heroin chic de los 2000 pensábamos que sobrevivimos al infierno pero, viendo la ferocidad de esta nueva ola, no fue ni la mitad de desquiciante que el lavado de cerebro que estamos viviendo. Internet no solo nos hace luz de gas sin llamar a las cosas por su nombre, sino que está haciendo caja normalizando una cultura hipócrita.
Qué perverso volantazo ha dado la pedagogía feminista de la década pasada en la que se peleó contra aquella misoginia normalizada que ridiculizaba el aspecto físico de las mujeres. En esa regla no escrita se escudan ahora las cuentas que nos destrozan la autoestima. “Recuerda que el canon de belleza siempre va de elitismo. Tienes que tener lo que las demás no tienen”, ha compartido, harta, la actriz Jameela Jamil, resumiendo lo agotadora que es la ley del péndulo con nuestros cuerpos porque “pronto la gente estará tan delgada como la última vez y se volverá aburrido. Entonces volverán las curvas como sinónimo de riqueza y glamur”.
Sabemos que se han disparado los trastornos en la conducta alimentaria (TCA) en mujeres y niñas —en España, un 15% desde 2020 y una mayor incidencia en menores de 12 años—. No hace falta buscar estadísticas. Ninguna lo diremos en voz alta, pero miro a mi alrededor y casi todas mis amigas han bajado de talla desde la pandemia. Las que son madres, me cuentan alarmadas que, en las quedadas de sus hijos preadolescentes, las niñas apenas prueban las pizzas o reniegan de los dulces. Cómo no va a pasar si, como denuncio Chloé Wallace, cada vez que abren Instagram ahí están “más delgadas que la semana pasada (...), más y más, como si hubiera una competición que nadie nombra, pero todas están jugando”. No quiero imaginar cuántas chicas se miran con asco estos días primaverales de quitarse las medias sabiendo que, en las redes, marcar los huesos de sus caderas se viviría no con preocupación, sino como una proeza.