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La Luna de los plutócratas

Las ambiciones de los magnates tecnológicos enturbian un reto ilusionante como la exploración del satélite con la misión Artemis

Despegue de Artemis II, la noche del miércoles en Florida. ZUMA vía Europa Press (ZUMA vía Europa Press)

El miércoles, a las 18.30 hora local, un cohete SLS, el más potente jamás construido, despegaba del Centro Espacial Kennedy, en Florida (EE UU) y ponía rumbo a la Luna. A bordo de una cápsula Orion, de más de tres metros de longitud y cinco de diámetro, cuatro astronautas —tres estadounidenses y un canadiense— tienen previsto dar la vuelta al satélite y regresar. Si lo logran, serán los primeros humanos en sobrevolarlo desde 1972. Es la segunda misión del programa Artemis, desarrollado por la Agencia Nacional del Espacio y la Atmósfera estadounidense (NASA) en cooperación con otras agencias espaciales (entre ellas, la Agencia Espacial Europea) cuyo objetivo es poner astronautas en el suelo lunar antes de 2028 y establecer allí una base permanente que sirva para misiones aún más ambiciosas, como un hipotético viaje a Marte.

Esta misión y este programa traen consigo la misma carga política e ideológica que pesó en la primera carrera espacial (1957-1972). Si aquella fue una competición entre Estados Unidos y la Unión Soviética, esta es una pugna entre Washington y China, que también ha manifestado su intención de poner a seres humanos en la Luna. Pero, al contrario que la competición por ser los pioneros en el espacio, inspirada por un deseo de exploración científica y cierta ambición ideológica de liderar el progreso de la humanidad, esta misión está manchada por la descarnada ambición de la oligarquía tecnológica hegemónica en el actual EE UU. El objetivo declarado de NASA es “asegurar la superioridad estadounidense en el espacio”. “Estamos ganando: en el espacio, en la Tierra y en todo lo que hay entre medias”, escribió el presidente Donald Trump antes incluso del despegue de la Artemis 2.

Las obsesiones de la actual Casa Blanca se notan también en otras cosas. Esta es la primera misión lunar con una mujer (Christina Koch) y un afroamericano (Victor Glover) en la tripulación, algo que la NASA no puede promocionar tanto como antaño por el visceral rechazo del movimiento MAGA a la discriminación positiva.

La ambición de demostrar fuerza y adelantarse a China está llevando a Estados Unidos a actuar con cierta imprudencia. La cápsula Orion se ha lanzado hacia la Luna sin haberse probado antes con humanos. Esta actitud temeraria encaja con la visión de los magnates de Silicon Valley, entregados a la conquista del espacio en competencia con las tradicionales empresas del sector y cuya relevancia para el actual Gobierno de EE UU eclipsa a la de la NASA, que estuvo sin director durante un año. Blue Origin (del fundador de Amazon, Jeff Bezos), y SpaceX, del dueño de X y Tesla, Elon Musk —que, horas antes del despegue, dio los primeros pasos para sacar la compañía a Bolsa— están compitiendo por desarrollar un sistema que permita la siguiente fase del programa: el alunizaje en el polo sur de la Luna en 2028. Un negocio de cientos de miles de millones de dólares que, como todos los grandes negocios dependientes del Gobierno de Trump, es cuanto menos vidrioso.

La exploración espacial siempre ha tenido un valor más simbólico que práctico y su impacto en la innovación científica y técnica es relativamente menor. Los motivos por los que se lleva a cabo este programa pueden no ser los más nobles y puede no hacerse de la manera más segura. Pero en la Orion vuelan las ilusiones de todos quienes quieran ver en ella un símbolo de que el ser humano nunca ha dejado de creer en que puede algún día hacer lo que hoy parece imposible y llegar a donde no ha llegado nunca. Y eso es siempre digno de admiración y aplauso.

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