Jim Carrey y él mismo
El actor ha olvidado que no es suficiente con ser uno mismo: hay que parecerlo
A estas horas, decenas de medios de comunicación están informando, algunos incluso con impertinente seriedad, de que Jim Carrey es Jim Carrey. Estos medios lo tuvieron delante el jueves, pusieron después como pajaritos el oído en las redes sociales, donde incluso por encima del odio manda el entretenimiento, y finalmente se lanzaron a confirmar si el actor llamado Jim Carrey que hablaba como Jim Carrey rodeado de la familia de Jim Carrey en una entrega de premios a Jim Carrey, era Jim Carrey. ...
A estas horas, decenas de medios de comunicación están informando, algunos incluso con impertinente seriedad, de que Jim Carrey es Jim Carrey. Estos medios lo tuvieron delante el jueves, pusieron después como pajaritos el oído en las redes sociales, donde incluso por encima del odio manda el entretenimiento, y finalmente se lanzaron a confirmar si el actor llamado Jim Carrey que hablaba como Jim Carrey rodeado de la familia de Jim Carrey en una entrega de premios a Jim Carrey, era Jim Carrey. Como decíamos ayer, o sea la semana pasada, no será la primera vez. De la realidad no importará tanto quién la cuente sino quién la detecte. Con Jim Carrey ni siquiera ha hecho falta la inteligencia artificial: ni sin pantalla de por medio hubo gente segura de que era él. Una cara demasiada extraña, dijeron del rey de la mueca y la caricatura, el protagonista de La Máscara; destino feliz para quien se hizo famoso imitando celebridades que finalmente haya acabado su identidad disuelta. Consecuencia lógica de tiempos que se mueven entre lo ridículo y lo sublime. El actor acudió a la entrega del Premio César honorífico del cine francés y se presentó a la manera de Hollywood: rostro aparentemente operado, idioma francés perfeccionado y un discurso muy bien aprendido y seguramente ensayado. Todo muy profesional. Nada que objetar: todo parecía él menos él. Carrey olvidó que no es suficiente con ser uno mismo: hay que parecerlo. Hay algo profundamente moderno, por tanto perturbador, en esa escena: un hombre rodeado de cámaras, pronunciando un discurso impecable, y miles de espectadores sospechando de él y atentos a quien reivindique la gamberrada. Como si aquel doble cutre de Nicholas Cage en el palco del Bernabéu resultase ser ahora efectivamente Nicholas Cage. Habrá un nosotros y habrá una versión de nosotros, una que reivindiquemos y otra que rechazaremos, y tendremos herramientas para hacerlo, cada vez más perfectas.