Piernas peludas asesinas
Los peores medios, el peor internet y las peores personas han pactado actuar contra un fenómeno viral que no existe como ellos imaginan: la expansión de los ‘therian’
Una de las cosas que ocurren en la estupenda película brasileña El agente secreto es que durante los años setenta aparece una pierna en el interior de un tiburón muerto en una playa de Recife. Y resulta que esa pierna (peluda, para más datos) recorre las noches de la ciudad tomándose la justicia por su cuenta, pateando gays, por ejemplo. Sus andanzas las sigue la prensa local y la gente, evidentemente, se entusiasma con ellas. ...
Una de las cosas que ocurren en la estupenda película brasileña El agente secreto es que durante los años setenta aparece una pierna en el interior de un tiburón muerto en una playa de Recife. Y resulta que esa pierna (peluda, para más datos) recorre las noches de la ciudad tomándose la justicia por su cuenta, pateando gays, por ejemplo. Sus andanzas las sigue la prensa local y la gente, evidentemente, se entusiasma con ellas. Como explicó su director, Kleber Mendonça Filho, a la Cadena SER, esa subtrama está basada en una leyenda urbana de la ciudad que fue creada por un periodista: “En aquel momento, no se podía escribir sobre la violencia contra homosexuales, contra las mujeres o contra quienes se iban a los parques a fumar marihuana, no se podía decir lo que la policía les hacía, o lo que los militares perpetraban. Por eso, la pierna era la manera de contarlo”. La pierna peluda asesina fue una gigantesca metáfora empleada contra la censura de la dictadura brasileña que funcionó porque se estableció un pacto tácito: allí todo el mundo sabía que era mentira pero que, en realidad, era verdad.
El estreno de la película coincide con la fiebre por otro fenómeno viral que tampoco existe, pero en realidad sí que existe porque así lo hemos convenido: la expansión de los therian, jóvenes que se identifican con animales. Hay bien pocos, muchísimos menos que los curiosos y acosadores que —tras la locura colectiva desatada en redes, prensa y televisión, primero en Argentina, después en México y más tarde en España— acudieron para verlos a los encuentros celebrados durante el fin de semana en varias ciudades. En algunos fueron agredidos. El fenómeno no es nuevo: estos chavales están emparentados con una vieja subcultura de internet llamada otherkin. “¿Eres un dragón? Yo sí lo soy”, preguntaba hace 20 años un joven a una periodista de un diario local de Mineápolis, “creo que los espíritus dragón siempre han estado aquí, pero solo desde la era de internet hemos podido encontrarnos fácilmente unos a otros”. El dragón tenía razón: sus identidades son narrativas compartidas y amplificadas por la capacidad de internet de crear comunidades.
Como en todas las subculturas (pienso, no sé, en los góticos o los jugadores de pádel), los therian solo se entienden entre ellos. Como subcultura juvenil nacida en internet tiene, además, una parte de performance, de contenido creado para generar atención que se desnaturaliza en el momento en el que sale de la red. “Lo de las máscaras, caminar a cuatro patas, se suele hacer por contenido”, dijo una therian en Canal Sur ante el espanto de Toñi Moreno. Quiero creer que aquí nadie es idiota: los therian me parecen inteligentes (hay que serlo para plantearse una relación imperfecta con lo humano), y quienes hacen como que se escandalizan por la idea de que les salga un hijo therian saben que sobreactúan porque jamás vieron uno en persona. Pero en algún momento hemos cambiado la ficción que mostraba la verdad para proteger a los débiles por la verdad que dice una mentira para señalarlos; las metáforas de la censura por la literalidad de la sobreinformación. Fingir es bueno para los clics y para el odio. Los peores medios, el peor internet y las peores personas han pactado actuar como si existiera un fenómeno real descontrolado e ir a la caza, virtual o física, del therian. Pero hay que recordar que es mentira. Lo único cierto es el gusto de los de siempre por patear al diferente con sus repugnantes piernas peludas.