Odiarás al prójimo como a ti mismo
No es necesario ser español para usar una bandera nacional de parapeto
Vivo en un barrio latino de Madrid aún sin gentrificar. Nada de galerías de arte, mercados gastronómicos pintones para hipsters talluditos ni celebraciones pintorescas con subvenciones del Ayuntamiento. Hay, eso sí, muchos templos. Es ...
Vivo en un barrio latino de Madrid aún sin gentrificar. Nada de galerías de arte, mercados gastronómicos pintones para hipsters talluditos ni celebraciones pintorescas con subvenciones del Ayuntamiento. Hay, eso sí, muchos templos. Es un barrio de trabajadores donde se puede adivinar a qué se dedican profesionalmente los vecinos solo echando un vistazo a los tendederos, en los que frecuentemente hay monos añiles con restos de pintura o uniformes con bandas amarillo fluorescente. En este barrio todavía existen tiendas de “mueble juvenil” (Ikea no ha podido con ellas), pastelerías que elaboran tartas horteras de colores inverosímiles, zapaterías con pantuflas con el escudo del Atleti (tiembla Nike) y pequeños restaurantes de arepas, ceviches o tacos donde las banderas de los países de origen se despliegan más con ánimo explicativo que nacionalista. Informan a los que nacieron en el mismo país que los dueños de que allí pueden encontrar gente con su acento, y a los que no nacieron en el mismo lugar de dónde proceden sus costumbres. Son todo lo contrario de las enseñas españolas que brotan desde hace años en los balcones de los barrios nobles. Esas, tan orgullosas y chovinistas, cumplen la función de dar al otro lo contrario de la bienvenida. Son un aviso a navegantes. Hace dos semanas, en un balcón de toldo verde contiguo al mío, como un canario en la mina apareció una rojigualda. No es necesario ser español para usar una bandera nacional de parapeto, como tampoco es obligatorio ser extranjero y agradecer mediante el voto la legalización en el país de acogida. Lo demuestra el caso de Estados Unidos, donde tantos migrantes con papeles votaron al que ahora apaliza a quienes no los tienen. En España, mientras tanto, se ha puesto de moda entre quienes más los necesitan repudiar los servicios públicos y llamar invasores a quienes también van a pagar impuestos. Impresiona lo que el autodesprecio y el miedo pueden hacerle al segundo mandamiento.