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La traición conservadora

La capacidad del PP para erigirse en alternativa regeneradora frente al PSOE se evapora en cuanto decide mimetizarse con el populismo circundante

El conservadurismo no es una pose ni un atrezo intermitente. Es una tradición moral y política exigente, más noble de lo que creen algunos de sus sedicentes practicantes, tan aficionados al disfraz como renuentes al legado. Basta recorrer el hilo que une a Chateaubriand con Oakeshott, o a MacIntyre con Chesterton, para advertir que el conservadurismo siempre fue una def...

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El conservadurismo no es una pose ni un atrezo intermitente. Es una tradición moral y política exigente, más noble de lo que creen algunos de sus sedicentes practicantes, tan aficionados al disfraz como renuentes al legado. Basta recorrer el hilo que une a Chateaubriand con Oakeshott, o a MacIntyre con Chesterton, para advertir que el conservadurismo siempre fue una defensa de las formas. Burke lo dijo con la contundencia de quien entiende la política como herencia: las manners sostienen la comunidad incluso antes que las leyes. Por eso el conservadurismo auténtico, ese que no se agota en la chaqueta teba ni en los mocasines con borlas, no puede permitirse el abandono de la cortesía exquisita y de cierto rigor.

Más allá del reparto de escaños en Aragón, la última semana ha revelado algo grave para el PP: los populares han decidido malbaratar, con una ligereza difícil de comprender, una parte esencial de su capital político. Uno recuerda la promesa regeneracionista de Feijóo en el oratorio de San Felipe Neri, en aquellos días finos de enero de 2023, y resulta desconcertante comprobar la velocidad con la que, movido por el trauma de la derrota, ha optado por demoler algunos de sus activos más valiosos.

El abrazo explícito a Vito Quiles, o la burda travesura de cerrar un mitin con Los Meconios, inaugura una estrategia comunicativa que dinamita aquello que la derecha clásica siempre reivindicó y no siempre fue capaz de satisfacer: contención, distancia, autoridad moral. Del mismo modo, la actitud grosera de algunos al tratar algo tan sensible como una denuncia por acoso revela hasta qué punto Vox ha comenzado a ejercer una influencia tóxica sobre un PP cada vez más vulgarizado.

Habrá quien interprete esta deriva como una radicalización por contagio. Pero que un partido conservador se recree en la zafiedad o se arroje al barro con la excusa de que el adversario ya está manchado no es radicalizarse: es renunciar a los valores que dice defender. El PP no se vuelve más conservador por hacerse gamberro, sino menos. Y su capacidad para erigirse en alternativa regeneradora frente al PSOE se evapora en cuanto decide mimetizarse con el populismo circundante.

Con esta mutación nerviosa del PP, me temo que también los conservadores españoles —los de verdad, desde la vieja gente de orden a la prudente democracia cristiana— empiezan a quedarse huérfanos de voto. Aunque, bien mirado, para un conservador, perder las formas siempre será peor que perder las elecciones.

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