Todo empezó con el antisemitismo
El Holocausto nos enseña que la democracia es frágil y que si las personas de bien miran hacia otra parte el mal avanza
En el contexto de los actos de conmemoración del 27 de enero, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, un año más se han sucedido los eventos para restablecer y honrar la memoria de los seis millones de judíos, medio millón de gitanos, disidentes políticos, homosexuales, discapacitados y ...
En el contexto de los actos de conmemoración del 27 de enero, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, un año más se han sucedido los eventos para restablecer y honrar la memoria de los seis millones de judíos, medio millón de gitanos, disidentes políticos, homosexuales, discapacitados y todas las víctimas del atroz régimen nazi y sus colaboradores.
Un año más miramos hacia atrás y llegan las imágenes de los insultos, señalamientos, persecuciones, acoso… después llegó la industria de la muerte: los trenes, los campos de concentración y exterminio, las cámaras de gas y los crematorios.
Un año más nos preguntamos qué nos enseña el Holocausto: que la democracia es frágil si no estamos alerta. Que el desprecio, la discriminación y el odio se expanden como una mancha de aceite si no la paramos. Que los hombres y mujeres buenos, si miran hacia otro lado, permiten que la maldad aumente y se apodere de la sociedad.
El Holocausto no fue algo repentino. Fue una larva alimentada durante años a base de mentiras e infundios sobre los judíos.
Un año más, tenemos la oportunidad de meditar sobre ello y veremos que en nuestros días viven organizaciones e individuos con los mismos ánimos antisemitas que buscan la destrucción de los judíos.
Lo vimos en Manchester con el ataque a una sinagoga en el día más sagrado del judaísmo, Yom Kipur, y lo vimos en la masacre de Bondi Beach en Sídney, Australia, durante otra festividad judía. Dos hombres, padre e hijo la emprendieron a tiros contra la multitud, buscando asesinar a la mayor parte de personas.
¿A qué nivel de adoctrinamiento se han expuesto estas personas para generar esta necesidad de matar judíos?
Ellos aprietan el gatillo. Pero otros han calentado con palabras.
El pasado sábado 24 de enero, a sólo 3 días de la conmemoración del Holocausto, una veintena de tumbas judías aparecieron profanadas en el cementerio de Les Corts, en Barcelona. El colegio judío de la misma ciudad apareció en un mapa que señalaba comercios y empresas de judíos, israelíes y de españoles con intereses en Israel. ¡Un colegio del sistema público catalán! Así ponen en la mira la seguridad de cientos de niños. En paredes y muros de nuestras ciudades españolas vemos pintadas como “judío asesino”, “judío genocida”, “matar a los judíos”.
Los judíos españoles vivimos los tiempos más difíciles de nuestra vida. Muchos de los nuestros han decidido esconder los símbolos de identidad judía para no verse expuestos a posibles peligros. Los niños judíos son los únicos españoles que ven en la puerta de los colegios coches de policía. Los jóvenes judíos han escuchado en institutos y universidades de boca de sus profesores condenas, sentencias, señalamientos. Han vivido meses en un ambiente asfixiante protagonizado por una minoría hostil que ataca y una mayoría que no hace nada. Los fieles judíos son los únicos españoles que acuden a rezar casi escoltados por agentes.
¿Por qué?
Esta es una pregunta que no sólo deben hacerse los judíos que, por otra parte, nos sentimos profundamente agradecidos a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que nos cuidan y protegen con la máxima profesionalidad y sensibilidad. Vivir así es una completa anomalía en un país libre, democrático y defensor de los derechos individuales. Por qué, deberían preguntárselo los medios de comunicación, las autoridades deportivas, culturales, educativas.
Porque el antisemitismo es el canario en la mina, una señal de alerta temprana sobre un peligro mayor que acecha a toda la sociedad. Y el discurso antisemita se ha producido en todos estos ámbitos. Existe una gran confusión entre judío, israelí, sionista, pero lo que seguro que nos une, es el odio de los antisemitas.
Hemos escuchado discursos de algunos políticos a todas luces excesivos, que superan la legítima crítica y llaman claramente a la desaparición del estado de Israel, el único país judío del mundo. El país donde el pueblo judío ejerce su derecho inalienable a la autodeterminación.
Entendemos las críticas a los gobiernos, pero nos resulta insoportable que se llame al “desmantelamiento de Israel”, a que el estado de Israel desaparezca, como deseó una política balear para este nuevo año 2026.
Es profundamente injusto que se persiga y ataque a los judíos y a los israelíes. Es doloroso que las competiciones deportivas en las que juega un equipo israelí se celebren a puerta cerrada. Y, dicen, porque la seguridad no está garantizada. Mi pregunta es, ¿quién amenaza la seguridad?
Lo vimos en la Vuelta Ciclista que marcó un hecho sin precedentes con la cancelación de la última etapa, en los partidos de la Euroliga de baloncesto. Pero es que también han cancelado charlas sobre antisemitismo en España, sobre la historia de los chuetas (los judíos que se convirtieron al catolicismo en Mallorca).
Un seminario sobre antisemitismo previsto en la Universidad Complutense de Madrid tuvo que cambiar de ubicación. Se ha difamado e insultado a estudiosos del judaísmo, a investigadores del antisemitismo. Algunos políticos tendrían que ser más responsables con sus declaraciones.
Los medios de comunicación tienen un gran papel en esta escena: su misión es contar la verdad, aclarar las confusiones y favorecer un clima de respeto entre las personas y los pueblos. Sin embargo hemos visto manipulación y tergiversación que ya no sólo aumentan la confusión, sino que crea un clima idóneo para culpar, escupir y condenar a los judíos.
Los judíos españoles pedimos cortar de raíz los conatos de antisemitismo: desde una palabra, una expresión, un chiste o un lapsus. Pedimos responsabilidad a la hora de informar sobre el Estado de Israel porque entendemos el enorme poder que tienen los medios para moldear la opinión pública.
Informar con responsabilidad no significa censurar críticas ni exigir alineamiento político, sino contextualizar los hechos, evitar simplificaciones y distinguir claramente entre el estado de Israel, sus gobiernos circunstanciales, la sociedad israelí y el pueblo judío en su diversidad. Con demasiada frecuencia, coberturas parciales, titulares sensacionalistas o el uso de un lenguaje impreciso alimentan prejuicios y contribuyen a la desinformación, que luego se traduce en hostilidad hacia los judíos.
Exigir rigor periodístico es reclamar los mismos estándares que se aplican a cualquier otro conflicto: verificar las fuentes, ofrecer diferentes voces, marco histórico y cuidado con narrativas que deshumanizan.
En un contexto de polarización creciente, una información responsable no solo es una obligación profesional, sino también un aporte esencial a la convivencia y al debate democrático.
Por último, llamamos a consultar con la frecuencia necesaria y a difundir la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA por sus siglas en inglés) de la que España forma parte desde el año 2008 y cuya presencia refrendó en el 2020.