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Columna

Epstein y los “amores prohibidos”

Lo más triste de los párrafos tachados en negro de la lista infame es que intuimos lo que pone

Cuando llega la temporada de bodas y empiezan a desfilar en mi móvil las pamelas de las madrinas entradas en años me sigue sorprendiendo ver a las niñas bien de una de las ciudades con más solera de España, una de esas donde la recta moral se vigila con lupa, contrayendo matrimonio con señores que les sacan dos décadas. A mis ojos de adulta la diferencia de edad se presenta muchísimo más evidente que cuando se casaron Marta Chávarri (aquel bombón cuya entrepierna ...

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Cuando llega la temporada de bodas y empiezan a desfilar en mi móvil las pamelas de las madrinas entradas en años me sigue sorprendiendo ver a las niñas bien de una de las ciudades con más solera de España, una de esas donde la recta moral se vigila con lupa, contrayendo matrimonio con señores que les sacan dos décadas. A mis ojos de adulta la diferencia de edad se presenta muchísimo más evidente que cuando se casaron Marta Chávarri (aquel bombón cuya entrepierna pasó a ser propiedad de todos los españoles) y Fernando Falcó (aquel marqués que iba con su Porsche naranja a esperar a la puerta del colegio Sagrado Corazón). Entonces yo era una niña y me parecían los dos simplemente “mayores”; él, además, muy feo. Es lo curioso de la madurez, tanto física como intelectual: de pronto descubres bajo la luz deslumbrante que el tiempo y la experiencia arrojan sobre todas las cosas, la faz verdadera tras cada máscara. Por ejemplo, ¿cómo se le llama a un padrastro que se enamora de su hija menor de edad? Esa nueva clarividencia puede llevarte a verle incluso nuevos significados a expresiones antiguas: “amor prohibido”, “arrebato pasional”, “celos” o “playboy”. En esta última categoría caían Julio Iglesias, del que no hay nada más que añadir, o el recientemente fallecido Philippe Junot, quien tenía 38 y unas buenas entradas cuando le pidió matrimonio, con la oposición de la madre de la criatura (otra que veía con claridad), a una princesa con cara de muñequita y apenas veinte años. Se llamaba Carolina, como la protagonista de la canción de un grupo español que contaba la historia de una dulce cría que no tenía edad para hacer el amor (“su madre la estará buscando o eso es lo que creo yo”). Mucho jiji pero cuántas letras de rock macho moderno aluden a conductas con mujeres menores que harían fruncir el ceño a Epstein. Lo más escandaloso de los párrafos tachados en negro de esa lista infame es que lo que pone no es nuevo: solo le llamamos de otra forma.

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