No vayas hoy
Al abandonar la ducha, un frasco de perfume por el que siento gran aprecio se arrojó desde una balda para estrellarse contra el suelo
Hay días en los que percibes a tu alrededor una intensidad suicida que contrasta con tus ganas de vivir. Hoy, por ejemplo, salí de la cama eufórico. Probé un nuevo champú que resultó muy refrescante. Pero, al abandonar la ducha, un frasco de perfume por el que siento un gran aprecio se arrojó desde una balda para estrellarse contra el suelo. Lo hizo mientras yo permanecía de espaldas, de modo que no lo vi en el momento de lanzarse al vacío, aunque escuché el estrépito que hizo al romperse. A lo mejor, dirán algunos, estaba mal colocado, porque resulta difícil atribuirles voluntad alguna a los ...
Hay días en los que percibes a tu alrededor una intensidad suicida que contrasta con tus ganas de vivir. Hoy, por ejemplo, salí de la cama eufórico. Probé un nuevo champú que resultó muy refrescante. Pero, al abandonar la ducha, un frasco de perfume por el que siento un gran aprecio se arrojó desde una balda para estrellarse contra el suelo. Lo hizo mientras yo permanecía de espaldas, de modo que no lo vi en el momento de lanzarse al vacío, aunque escuché el estrépito que hizo al romperse. A lo mejor, dirán algunos, estaba mal colocado, porque resulta difícil atribuirles voluntad alguna a los objetos. Es más tranquilizador pensar eso. Pero los objetos son muy hijos de puta.
Y mientras recogía los pedazos del frasco suicida, uno de los cristales, al girarlo bajo la luz, me devolvió un reflejo de mi rostro. Era un rostro fatigado, como si ese espejo espontáneo tuviera acceso a una versión terrible de mí que aún no había sucedido, pero que me esperaba quizá a la vuelta de la esquina. Fue entonces cuando sospeché que el frasco no se había roto por desesperación, sino para avisarme de algo. Luego, advertí que el cable del secador estaba desenrollado de tal forma que recordaba vagamente la palabra “aún”. ¿Aún qué?, me pregunté. ¿Aún estoy a tiempo de volver a la cama? Entre tanto, el grifo goteaba en código morse. Lo descifré y decía “no vayas hoy”. ¿Adónde no debía ir? Mientras me tomaba el café en el bar de siempre, el camarero me dijo que mi amigo el ventrílocuo había preguntado por mí. “Llevaba el muñeco en brazos y el que parecía más interesado en saber a qué hora solías venir era el muñeco”.
Hay temporadas en las que los objetos intentan establecer algún tipo de conexión conmigo. Son épocas aciagas, de las que procuro huir porque los objetos, en general, tienen un lado muy siniestro. Por eso se rompen. Pero hay personas, como yo, que les debemos algo, no sabemos qué, e intentamos recomponerlos.