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Columna

El mono y los gatos

Sigue siendo una decisión, e incluso una pequeña proeza, mantener la mirada y la atención en lo importante y no en lo que nos enseña el algoritmo

Han detenido a un niño de cinco años. Ha ocurrido en Estados Unidos. Lo ha detenido la policía migratoria, que ha apresado a otros niños también. Uno se pregunta que cómo es posible y, al otro ...

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Han detenido a un niño de cinco años. Ha ocurrido en Estados Unidos. Lo ha detenido la policía migratoria, que ha apresado a otros niños también. Uno se pregunta que cómo es posible y, al otro reel, aparece un baile viral y luego una imitación y luego un gato y, como te quedes unos pocos segundos, todo serán vídeos de gatos. No hará falta más: unos pocos segundos son ya una inmensidad. Antes se mercadeaba con el dinero y ahora se mercadea con la atención, tan maleable como los miedos.

Han separado a niños de sus familias, entre gritos de desgarro de sus madres y de sus padres. Han matado a tiros a un hombre que protestó contra esa represión y, antes, mataron a una mujer por la misma causa. Ha ocurrido en Estados Unidos. Al otro reel, más gatos y otro baile y la secuencia de una nueva película y una receta de cocina. Hay algo hipnótico en esa pulsión a la que cuesta tanto renunciar, porque hace falta distraerse y porque es implacable la tentación. Porque a nosotros que nos cuesta tanto elegir una película entre toda la oferta de las plataformas nos mata en cambio la curiosidad de saber cuál es el siguiente vídeo que unas máquinas han escogido para decirnos algo. Y, entonces, vuelven los gatos, tan tiernos que curan el mono. De eso se trata, al cabo: de una adicción.

Los vídeos de Estados Unidos no vuelven ya a aparecer. Han pasado tantos segundos que quién se acuerda de ellos. Se quedan los gatos y otras muchas veces, claro, lo que no son gatos. Son productos o ideas que no habrían llegado a nosotros de otra manera, hasta que de pronto se hacen familiares en nuestros teléfonos. O sea, en nuestras cabezas. Sigue siendo una decisión, e incluso una pequeña proeza, mantener la mirada y la atención. Pero aún está en nuestras manos. Antes, al menos, de que se las lleven los algoritmos entre vídeos virales que nos preparen los bots y las fábricas de inteligencia artificial.

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