Volver a creer en los Reyes
Conforme se acercaba la fecha, el hijo de Ahmed hablaba con mayor insistencia de la fábula ilusionante que escuchaba en el parque y en el colegio
Dejar de creer en los Reyes no es una experiencia irreversible. Un hermano mayor o un primo imprudente pueden dar al traste con la tierna conspiración social que sostiene la esperanza de tantos críos. Basta una frase ...
Dejar de creer en los Reyes no es una experiencia irreversible. Un hermano mayor o un primo imprudente pueden dar al traste con la tierna conspiración social que sostiene la esperanza de tantos críos. Basta una frase dicha a destiempo para que se desplome todo un edificio de ilusión cuidadosamente construido. Por fortuna, del mismo modo que alguien puede arruinar esa creencia, hay personas capaces de devolvernos la confianza en los Reyes Magos. Yo mismo renové la mía gracias a Ahmed, Tahmid y Sebastián.
Hará ahora veinte años. Ahmed acababa de llegar a España y regentaba, como tantas personas procedentes de Bangladesh, una frutería en Madrid, cerca de Legazpi. El local era modesto y funcional, aunque con unos horarios imposibles: abría temprano y cerraba tarde. En ocasiones lo acompañaban su mujer, Sadia, y su hijo, Tahmid. Aquella noche, sin embargo, ya había oscurecido y Ahmed estaba solo. Era cinco de enero, hacía frío y, ajeno al calendario festivo, mantenía la tienda abierta.
Sebastián era un vecino del barrio que solía comprar a deshoras, fruto de una gozosa indisciplina. Aquella noche volvió a entrar en el colmado y, tras despacharle unas mandarinas, Ahmed le preguntó qué demonios era eso de los Reyes. Su hijo llevaba días hablándole de unos Reyes Magos y, conforme se acercaba la fecha, recurría con mayor insistencia a la fábula ilusionante que escuchaba en el parque y en el colegio. Ahmed llevaba pocos meses en Madrid y pasaba la jornada entera en su tienda. Nunca, salvo por su hijo, había oído hablar del paso nocturno de Melchor, Gaspar y Baltasar por las casas de los niños españoles.
La pregunta puso en alerta a Sebastián. Si su nuevo vecino le preguntaba por los Reyes a las ocho y media de la noche del cinco de enero, existía un riesgo real de que aquel niño amaneciera sin regalos. Explicarle la historia al padre y confiar en que dejara la tienda para salir a comprar no era una opción. Así que Sebastián se limitó a decirle que no se preocupara y que, bajo ningún concepto, cerrara hasta que él regresara. Ambos cumplieron su palabra.
Pasadas las diez, Sebastián volvió con una bolsa llena de paquetes. Resuelta la emergencia, casi sobre la campana, le contó a Ahmed la vieja leyenda y juntos celebraron que el pequeño Tahmid, llegado desde tan lejos, compartiera la ilusión de tantos niños la mañana del seis de enero. Fui testigo de esta historia. Y fue así como, ya de adulto, comprendí que creer en los Reyes no es más que una manera de creer en los demás.