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‘Megustas’ y pinchazos

El yugo de la obsesión por la belleza siempre había pesado sobre las mujeres, pero ahora pesa mucho más

Hay a quien Los domingos, la película sobre la vocación religiosa de una adolescente, le ha parecido una peli de terror. A mí me ha ocurrido con...

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Hay a quien Los domingos, la película sobre la vocación religiosa de una adolescente, le ha parecido una peli de terror. A mí me ha ocurrido con Diva Virtual, un ensayo firmado por la periodista inglesa Ellen Atlanta. El libro arranca en España, porque fue en el desierto de Tabernas donde la autora se cayó del caballo. Hasta aquí había llegado junto a sus compañeros de trabajo, porque antes había corporaciones que le ponían pisos a sus obreros y ahora las hay que los llevan a hoteles boutique a hacer yoga y beber té matcha para que trabajen durante días sin pagarles las horas extra.

En esas se encontraba Ellen, feminista y entonces veinteañera, cuando se dio cuenta de que la aplicación de tratamientos de belleza que estaba desarrollando junto a su equipo no era en absoluto feminista. Se trataba de una guía de tratamientos que iban desde la peluquería hasta la cirugía estética, y Ellen se hizo una pregunta más que pertinente: ¿puede una industria que se basa en fomentar y alimentar las inseguridades de las mujeres para luego intentar paliarlas —ya sea mediante un tinte o un bisturí—ser feminista? La respuesta es evidente: no.

Desde el sur de Almería, Ellen hace un recorrido a través de datos, reflexiones y experiencias sobre el que probablemente sea el gran elefante en la habitación del feminismo. Hay un ámbito —hay más de uno, pero este es indiscutible— en el que somos mucho más esclavas que nuestras madres y abuelas: el de la belleza. Porque es cierto que ese yugo siempre había pesado sobre nuestras nucas, pero al carro se le han echado toneladas en los últimos años.

Y lo hemos naturalizado. No nos chirría que haya quien mire con pena o condescendencia a las musulmanas veladas mientras normalizamos que cada vez más chicas se sometan a una anestesia general, se corten los músculos y se rajen los pezones para colocarse implantes mamarios. No nos parece raro que haya actrices hablándonos de lo oprimidas que estaban sus predecesoras cuando ellas se han partido el tabique para fabricarse una nariz nueva. En ese contexto, el libro de Ellen Atlanta nos dice que el rey va desnudo. Lo hace contándonos que ella y sus amigas, que a los veinte ya acumulaban varias intervenciones estéticas, modifican sus fotos grupales una por una antes de subirlas a redes. Que si no llegan a un número determinado de likes pueden llegar a llorar. Y no son una excepción: es así como están creciendo generaciones enteras.

La obsesión por la belleza y la sexualización de las niñas desde su infancia es, si no el mayor problema, sí el mayoritario y el más transversal para las mujeres occidentales. Y ya no va de acumular carísimas cremas, que también: va de pincharse cara y cuerpo, de someterse a anestesias para romperse huesos y músculos, de depresión, ansiedad y autolesiones, de la búsqueda constante de validación por cauces cada vez más costosos y del vacío que genera que nunca llegue del todo.

Pero nadie se lo está tomando demasiado en serio. Ni siquiera algunas de las que somos conscientes del peligro, porque el fenómeno nos somete por dentro pero nos da rédito por fuera. Cuando terminé Diva Virtual le hice una foto y se la mandé a mi mejor amiga. Le dije que se lo leyera y así alternábamos su comentario con fantasear sobre los tratamientos que nos haríamos cuando las arrugas hicieran su aparición. Me respondió riéndose, porque sabe que eso es justo lo que ocurrirá. Pero a nosotras, a diferencia de a Ainara, la niña que se quiere meter a monja en Los Domingos, nadie nos dirá que no estamos siendo libres.

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