Cuento de hadas para Lalachus

El odio es capaz de cargarse de razones inauditas, también en Navidad

Kirsty MacColl (1959-2000) y Shane MacGowan en una imagen promocional de 1987.Tim Roney (Getty Images)

Es irónico que las mismas Navidades en que Lalachus va a retransmitir las campanadas en Sol, Iván Ferreiro haya hecho una versión madrileña del que está considerado como uno de los mejores villancicos de la historia del pop. No se dice nunca, pero a pesar de su título y de la ternura que inspira, el Fairytale of New York de The Pogues está lejos de ser un cuento de hada...

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Es irónico que las mismas Navidades en que Lalachus va a retransmitir las campanadas en Sol, Iván Ferreiro haya hecho una versión madrileña del que está considerado como uno de los mejores villancicos de la historia del pop. No se dice nunca, pero a pesar de su título y de la ternura que inspira, el Fairytale of New York de The Pogues está lejos de ser un cuento de hadas. El narrador es un alcohólico que está pasando la Nochebuena en el calabozo de los borrachos, un tipo de estancia que existe aún en las comisarías de muchas ciudades de Estados Unidos y donde se arroja a los ciudadanos intoxicados a esperar a que se les pase la mona para que después puedan pagar por los desperfectos que han causado bajo los efectos de sustancias que muchas veces no son solo líquidas. Algunas de estas personas mueren porque, sin supervisión médica, la borrachera da la bienvenida a la parca. Pero sigo con el villancico: Shane MacGowan, absolutamente curda, se pone a echar de menos a su pareja, interpretada por Kristy MacColl, quien también le recuerda a él, apoyada en el piano de algún cuchitril. Ambos van repartiéndose estrofas en las que cuentan cómo se conocieron: fue el día de Navidad en un salón de fiestas. Sonaban canciones de Sinatra, él le prometía a ella el oro y el moro y ella, embrujada, por fin se dejaba besar. Pasa el día, pasa la romería y con el tiempo la pareja se acaba odiando e insultando, porque cuando el enamoramiento pasa pero el alcoholismo persiste, a veces aparece la violencia. Es sorprendente la compasión que generan borrachos y drogadictos, aunque estén como chotas desdentadas, siempre que sean estrellas del rock, la literatura o el deporte. Y hombres. No se les lincha a pesar de que estén claramente enfermos: solo faltaba que no puedan hacer lo que quieran con su cuerpo. No me sorprende tanto que la salud de una mujer se convierta en debate nacional solo si no está delgada. La misoginia y la gordofobia son capaces de cargarse de razones inauditas, también en Navidad.

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