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La etapa del no en los niños: por qué aparece y cómo acompañarla

Lejos de ser una manifestación de rebeldía, esta fase, que se manifiesta alrededor de los 15 meses y puede extenderse hasta los 3 años, es un hito crucial en la formación de la identidad y la autonomía del menor. Eso sí, es un momento desafiante para los adultos, por lo que la clave es la paciencia y la comprensión

La etapa de negación, conocida popularmente como “la etapa del no”, es un fenómeno universal y fundamental en el desarrollo de los niños. Lejos de ser un capricho o una manifestación de rebeldía, esta fase, que suele emerger alrededor de los 15 meses y puede extenderse hasta los 3 años, representa un hito crucial en la formación de la identidad y la autonomía del pequeño. Es un período en el que los menores comienzan a distinguirse como individuos, explorando sus propios límites y los de su entorno. Este proceso, aunque desafiante para los adultos, es reflejo de un desarrollo saludable y un paso necesario hacia la madurez emocional y social.

La aparición de la negación en el vocabulario infantil no es un acto arbitrario, es decir, obedece a una serie de razones psicológicas y evolutivas que, en conjunto, asientan la personalidad del menor. En primer lugar, la palabra “no” se convierte en una de sus primeras y más potentes herramientas de comunicación. A medida que los niños adquieren la capacidad de expresarse verbalmente, descubren el poder de esta palabra para manifestar sus deseos, preferencias y, por supuesto, su aversión. A través del “no”, pueden comunicar frustración, desacuerdo o simple desinterés, dotando a su lenguaje de una dimensión más rica y funcional.

Además de ser una herramienta comunicativa, el “no” es un instrumento de exploración y afirmación del “yo”. Los pequeños comienzan a tomar conciencia de su individualidad, de que son entidades separadas de sus padres y cuidadores. Decir “no” es una forma de ejercer su voluntad, de probar los límites del control que poseen sobre su propio cuerpo y sus acciones. Con ello observan la reacción de su entorno, aprendiendo sobre las dinámicas de poder y la efectividad de sus palabras para influir en el comportamiento de los demás. Esta interacción les enseña a relacionarse con el medio y a ser independientes. La repetición de esta palabra despierta la respuesta y reacción de los adultos que les rodean, lo que refuerza su uso y lo consolida como un pilar en sus primeras herramientas comunicativas.

Aunque pueda resultar agotador para los padres, la etapa de negación es indispensable para el correcto desarrollo de sus hijos. Permite al menor asentar las bases de su carácter y de su conducta. Al expresar sus propias decisiones, a practicar la autonomía y la toma de decisiones. Este proceso es vital para el desarrollo de un sentido de identidad sólido y para la construcción de un autoconcepto positivo. Esta fase tan solo asienta los cimientos de una habilidad que tendrá que seguir potenciando a lo largo de toda la vida. En cuanto al desarrollo evolutivo del menor, se observa que al comenzar a emplear el “no”, está evolucionando del modo esperado tanto en el área cognitiva como en el área del lenguaje. La negación no deja de ser la oposición a algo, comprendiendo lo que implica emplearlo.

El principal desafío de esta etapa recae en los adultos. Es común que los padres sientan frustración, impotencia e incluso se cuestionen si están haciendo algo mal. Sin embargo, es fundamental que comprendan que el comportamiento del pequeño no es un ataque personal, sino una manifestación natural de su desarrollo. La clave para superar esta fase de manera constructiva es la paciencia y la comprensión. Mantener la calma y la perspectiva puede ayudar a comprender que tan solo se trata de una fase natural, propia de esta etapa. El menor no está juzgando la educación que recibe de los adultos, ni se comporta de tal modo porque trate de echar un pulso a sus padres. Mantener la serenidad permite actuar como un modelo de autocontrol y respuesta adecuada, demostrando al niño que la frustración puede manejarse sin estallidos emocionales.

La anticipación a situaciones conocidas y habituales puede ser de gran ayuda para evitar confrontaciones innecesarias. Ante situaciones de este tipo puede ayudar ofrecer dos opciones de elección al menor, en lugar de dar un abanico tan amplio que provoque la negación. Por ejemplo, en lugar de preguntarle si quiere vestirse, será más oportuno preguntarle si quiere la camiseta blanca o la azul. De este modo, el niño siente que su opinión cuenta y aporta, pero siempre desde el control y la gestión previa del adulto.

Aprender a trabajar en las expectativas se convierte en la base de todo el proceso. En ocasiones, los adultos no son realistas e imaginan o fantasean con situaciones idealizadas que se alejan mucho de la realidad del niño en esta etapa. Es importante marcarse objetivos alcanzables y ponerse pocas metas para poder cumplirlas.

Los límites siempre deben establecerse desde la amabilidad, con afecto y firmeza. Es decir, la falta de límites claros puede generar confusión e inseguridad en el menor, generando el efecto contrario al deseado. Pero poner normas no significa ser autoritario, sino firme. La amabilidad y el afecto no están reñidos con las normas y las pautas a seguir. Por último, e igualmente relevante, cabe destacar la importancia del vínculo de apego seguro entre adulto y niño, siendo la confianza, el cariño y el respeto pilares incuestionables para generar unos cimientos sólidos, sanos y fuertes en su educación como ser humano.

Un niño que siente que es amado de manera incondicional por sus figuras de referencia tiene la confianza para explorar el mundo, ya que sus raíces son resistentes y estables. Esto implicará que pueda echar a volar, sabiendo que puede acudir a sus orígenes siempre que lo necesite, incluso en aquellos momentos en los su comportamiento no sea el deseado o el esperado.

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