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Si Putin bloquea Internet, ¿cómo se ha escrito este artículo?

El Kremlin y la población rusa juegan al ratón y el gato ante los intentos del Gobierno de controlar la red global. Niños y mayores ya manejan con soltura las herramientas para sortear la censura

Varias personas escuchan la intervención de Putin en un foro en San Petersburgo el 27 de julio de 2023AP

Una mañana enciendes el ordenador en casa y no logras acceder a la plataforma de trabajo. El último mensaje de WhatsApp es de la noche anterior. Tampoco funciona el portal de la administración electrónica. Está claro claro: tienes internet bloqueado por las autoridades. En teoría, solo es necesario reiniciar ...

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Una mañana enciendes el ordenador en casa y no logras acceder a la plataforma de trabajo. El último mensaje de WhatsApp es de la noche anterior. Tampoco funciona el portal de la administración electrónica. Está claro claro: tienes internet bloqueado por las autoridades. En teoría, solo es necesario reiniciar la VPN —la red privada virtual, un programa que sirve de túnel para eludir la censura y puede cifrar las comunicaciones—, pero la VPN de siempre, de pronto, no funciona: ha sido deshabilitada. Pruebas otra. Tampoco. Empiezan los nervios, una prueba tras otra. Pierdes una hora —otros días ha sido más tiempo—, pero por fin arranca. Entre las decenas de wasaps que se descargan de golpe, hay uno con un aviso importante de tu familia.

Así es el día a día para la mayoría de personas en Rusia: una lucha constante contra la estrategia del Kremlin, que hace pruebas desde hace meses para restringir el acceso a internet y permitir únicamente la consulta de unas pocas páginas web bajo su control. Algunos días, los teléfonos móviles directamente no funcionan en la calle. Y ya es rutina que todo el mundo pregunte qué nuevas VPN funcionan porque las viejas han caído.

De hecho, desde el año pasado es delito recomendar públicamente VPN que no estén aprobadas por el Gobierno —y por tanto sujetas a software espía—, aunque estas herramientas no están prohibidas per se.

Las autoridades empezaron a probar los apagones en algunas regiones en la segunda mitad del año pasado. Ahora, en Moscú, San Petersburgo y otras grandes ciudades rusas están empezando a comprobar el futuro que les aguarda. Algunas regiones, en cambio, ya viven desde hace meses en esta nueva realidad.

“No os preocupéis, no funciona internet en los móviles”, responde sin indignación ni sorpresa la casera de un apartamento en la provincia de Vladímir, a dos horas en tren al este de Moscú, tras no haber podido contactar ni recibir la transferencia con la fianza. Más tarde, al cruzar la imaginaria frontera interprovincial en la vuelta a la capital, un mensaje de texto en el móvil dice: “Bienvenido a casa”. De pronto, decenas de wasaps entran en tromba en la pantalla.

El vigilante de las telecomunicaciones ruso, la agencia pública Roskomnadzor, ha ido elaborando en los últimos años una lista negra con 4,7 millones de sitios web cuyo acceso está bloqueado a los ciudadanos: WhatsApp, Telegram, YouTube, Instagram, Roblox, Twitter y toda la prensa independiente y parte de la extranjera, entre otros: si usted se encuentra en Rusia no debería estar pudiendo leer esto. La lista es tan amplia que incluso niños y mayores han aprendido a manejarse con soltura con las VPN, para burlar ese bloqueo.

“La gente se adaptará, sin duda, pero la amargura persistirá”, reflexiona el periodista y experto en Rusia Andréi Kolésnikov. “La acumulación de descontento es constante, especialmente en el actual contexto de estancamiento económico y en el frente de guerra. Y podría tener repercusiones en el futuro”.

El sistema de Vladímir Putin, continúa Kolésnikov, “no conoce la marcha atrás: solo puede avanzar por el camino de las prohibiciones”. Pero el bloqueo de internet es “un error de cálculo inequívoco, una grave violación del contrato social” que había entre el Estado y sus ciudadanos y que, básicamente, consistía en lo siguiente: deja todo en manos del Kremlin y este te dejará en paz. “Han abolido todos los derechos y libertades, pero internet sigue siendo la última libertad que queda. No disfrutada plenamente, pero aún alcanzable. Arrebatar esta última libertad provoca descontento y desconfianza”.

La propaganda rusa canta canciones en televisión sobre lo maravillosa que es la vida sin internet, pese a que el mundo del siglo XXI está construido sobre su base. “Net interneta, spasayet gazeta” (No hay internet, el periódico sale al rescate), se lee en el anuncio para suscribirse al diario Kommersant. En su imagen, un soldado con pasamontañas sostiene el periódico de papel, uno de los pocos autorizados por el Kremlin.

La cuestión es que Telegram es mucho más que un chat con conocidos: es una de las principales fuentes de información de los rusos. Uno de cada cuatro se informa principalmente por sus canales, en medio de la censura informativa a la que les somete el Kremlin, según un sondeo del centro independiente Levada. Su bloqueo por el Gobierno ruso, a mediados de marzo, apenas tuvo efecto. Otro sondeo de Levada apunta a que el 49% de la población usó Telegram, frente al 53% de un año antes.

Sin decisión judicial

En algunos casos, el esperpento es total: Telegram ha sido bloqueado sin estar condenado por ningún tribunal y, al mismo tiempo, es empleado masivamente por las propias autoridades. La Comisión Electoral Central ha confirmado que los partidos políticos permitidos por el putinismo podrán hacer campaña en esta plataforma para las elecciones legislativas de otoño, mientras que las agencias estatales han hecho en lo que va de mes al menos 13 licitaciones públicas para adquirir VPN, según un estudio del canal Agentsvo.

Las pruebas de las autoridades rusas han provocado daños colaterales, como la caída de los servicios de pago el pasado 3 de abril. Después, la agencia obligó a borrar sus noticias a los medios que publicaron aquel incidente.

“En su afán por combatir la elusión del bloqueo han dejado fuera de servicio la mitad de los servicios de Runet [la parte rusa de Internet]”, denunció en su canal de Telegram la cofundadora de Kaspersky Lab, Natalia Kasperski. Horas después publicó otra columna en la que se retractó, tras haber conversado con el director de Roskomnadzor, Andréi Lípov. Según la nueva versión, la caída fue provocada por un fallo del mayor banco de Rusia, Sberbank.

En cualquier caso, la experta había organizado un día antes un debate con otros especialistas en tecnología cuya conclusión fue unánime: “No existe forma técnica de bloquear una VPN sin interrumpir toda la conexión a internet”.

Resignación nacional

La decisión última sobre internet es de Putin, quien reconocía en 2024 que tiene una relación “muy primitiva” con la red. “A veces simplemente pulso unos botones para buscar algo”, dijo en un foro donde, al mismo tiempo, abogó por controlar la red bajo “algoritmos soberanos”.

“Los estadounidenses orbitan la Luna mientras nosotros vemos drones volando e Internet se cae”, dice Kolésnikov. “La desmodernización política siempre conlleva la desmodernización tecnológica y económica”, añade.

El bloqueo de Internet ha provocado alguna protesta anecdótica en las calles. Varios seguidores del Partido Nacional Bolchevique de Eduard Limónov fueron detenidos por manifestarse, y un propagandista que hasta hace poco había sido fiel al Kremlin, Ilia Remesló, fue internado en un psiquiátrico tras insultar a Putin por su gestión de la guerra y la censura de Internet.

“¿Acostumbrarse? Definitivamente, no. Vemos cómo millones de rusos buscan cómo sortear el bloqueo, pero no podemos ignorar el contexto ruso de guerra y represión, así que no deberíamos esperar protestas”, responde por su parte Antón Barbashin, director del centro de análisis ruso Riddle.

El experto sostiene que existe una división clara en la élite rusa acerca del bloqueo de internet, y que esa pugna interna ante el dilema de recrudecer o no el bloqueo continúa. “No se observa que el Servicio Federal de Seguridad (FSB) y quienes promueven políticas represivas estén preocupados por el daño a los ciudadanos. La guerra es un claro ejemplo [...] Pero la facción política, el Departamento de Política Interna de la Administración Presidencial, se opone claramente”, señala Barbashin.

El intrusismo del Kremlin en la vida personal de los ciudadanos alcanza cada día nuevas cotas. El Ministerio de Desarrollo Digital ha exigido a grandes empresas del país, como bancos (Sberbank), redes sociales (VK), buscadores (Yandex) y plataformas de comercio online (Wildberries, Ozon y Avito), que agreguen a sus aplicaciones de móvil un software que permite espiar las VPN que utilizan sus usuarios. Se desconoce si las empresas han accedido a instalar este módulo, que permite cotillear la IP y el contenido del teléfono.

Curiosamente, en la vecina Bielorrusia, bajo el régimen autoritario de Alexandr Lukashenko, funciona Internet en los móviles sin necesidad de VPN. La razón es sencilla: a diferencia de Rusia, la red se construyó en aquel país absolutamente centralizada en unos pocos nodos de tráfico al exterior, que controla el Estado a través de la compañía Beltelecom. Y, en el peor de los casos, la policía siempre puede exigir el móvil para revisarlo in situ. En Rusia, de momento, las fuerzas de seguridad desmienten las acusaciones de haber pedido los teléfonos a los viandantes.

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