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La UE pierde peso geopolítico por miedo a enfrentarse a Trump

Las negociaciones de paz sobre Ucrania han mostrado la debilidad de la UE. El club comunitario anuncia medidas para impulsar su competitividad y reforzar la defensa, pero fracasa en el paso a la acción

Europa se puede ver absorbida por una tormenta perfecta. La pérdida de competitividad frente a Estados Unidos y China; la guerra de Rusia contra Ucrania, de cuyas negociaciones de paz Estados Unidos ha excluido a l...

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Europa se puede ver absorbida por una tormenta perfecta. La pérdida de competitividad frente a Estados Unidos y China; la guerra de Rusia contra Ucrania, de cuyas negociaciones de paz Estados Unidos ha excluido a la UE; la volatilidad del jefe de la Casa Blanca, Donald Trump, que ha impuesto un acuerdo comercial desigual; el avance de la ultraderecha euroescéptica y la ruptura del cordón sanitario por parte de los conservadores tradicionales… Todo puede debilitar desde dentro esa Europa de valores en la que se asienta el Viejo Continente.

La Unión Europea, el bloque de 27 miembros y 450 millones de habitantes al que le cuesta un mundo pasar de la norma, los informes y los discursos a la acción, trata de sacar la cabeza en ese complicado escenario: ha aumentado el gasto militar, está acelerando en sus esfuerzos para simplificar sus cientos de reglas burocráticas y está acercándose a nuevos socios comerciales; tanto que, si nada se tuerce, rubricará antes de final de año el acuerdo con los países de Mercosur para crear la mayor área de libre comercio del mundo. Y es que, si no actúa con firmeza y rápido, Europa corre el riesgo de perder definitivamente su papel como actor geopolítico global.

El balance actual es negativo. Europa, demasiado preocupada por su propia seguridad, su estabilidad y las represalias del jefe de la Casa Blanca, se ve incapaz de plantar cara a Trump. “El miedo a su reacción es demasiado grande”, reconoce una alta fuente comunitaria. Los Veintisiete fallaron en condenar con una sola voz los ataques de Israel contra Gaza —y contra la Flotilla de la Libertad, que llevaba decenas de europeos a bordo— y está fracasando en pronunciarse sobre Venezuela tras la escalada retórica y militar sin precedentes de Washington.

Europa no logra sacudirse el uniforme de vasallo. “Dependía de la energía barata de Rusia, los productos baratos de China y la seguridad barata de Estados Unidos. Este modelo ha fracasado”, radiografía por correo electrónico el ex secretario general de la OTAN y ex primer ministro danés Anders Fogh Rasmussen. “Europa tiene que valerse por sí misma hoy, en una era de auge de las autocracias”, advierte.

Los desafíos que afronta el club comunitario no son nuevos —lo que añade gravedad a la inacción—, pero el terremoto que ha causado en el tablero geopolítico global la llegada de Donald Trump y su estilo transaccional y autoritario han desarbolado a la UE. “Nos ha hecho ver más claramente nuestras debilidades”, resume una veterana diplomática de Bruselas. “El problema es quedarse en el análisis de esas vulnerabilidades y solo ponerles parches”, añade.

“Las líneas de batalla para un nuevo orden mundial basado en el poder se están trazando ahora mismo”, remarcó a principios de curso la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que habló de la necesidad de apuntalar “una nueva Europa”. “No podemos limitarnos a esperar a que pase esta tormenta”, afirmó Von der Leyen, defendiendo la acción de la Comisión en materia de defensa, competitividad, energías limpias, mercado único y digitalización. También justificó el acuerdo comercial con EE UU. “Este debe ser el momento de la Independencia de Europa. Creo que esta es la misión de nuestra Unión. Ser capaces de hacernos cargo de nuestra defensa y nuestra seguridad”.

Pero pese a la voz de alarma, y a la evidencia de que le quieren pisar el cuello —Washington está chantajeando a la UE para que rebaje sus reglas digitales a cambio de negociar los aranceles—, el Ejecutivo comunitario, que va a cumplir un año de gestión, parece enfrascado en una parálisis agotadora. Y en esperar a que amaine la tormenta.

Hay decenas de informes y análisis sobre los retos europeos y describen cómo Europa ha confiado en el potencial de su mercado único para ejercer un poder comercial que este verano desbarató Trump, ondeando la amenaza de retirar su paraguas de seguridad de Europa para imponer un mal acuerdo comercial. O cómo China está inundando el mercado europeo de productos baratos y alimentando las dependencias de la Unión. El bloque comunitario se mueve hacia un esquema de “Europa primero” que dé prioridad a los productos europeos, pero sin atreverse a lanzar ni contra Washington ni contra Pekín su arma nuclear, el instrumento anti-coerción, un paquete de herramientas que permiten responder a las agresiones económicas de terceros países con medidas como el control de exportaciones.

El expresidente del Banco Central Europeo y ex primer ministro italiano Mario Draghi alumbró hace un año el más citado de los informes, en el que pone el foco en los problemas de productividad del club comunitario y reclama una revisión radical de su política industrial para revertir el declive competitivo de Europa frente a Estados Unidos y China. Y donde da, además, cifras pasmosas —como que solo cuatro de las 50 mayores empresas tecnológicas del mundo son europeas— que desnudan a una Europa que, si no se pone remedio, puede caer en una “lenta agonía”, dijo.

“La inacción amenaza no solo nuestra competitividad, sino también nuestra propia soberanía”, aseveró a finales de septiembre Draghi, convertido en el necesario pope de una UE agarrotada. “Debemos hacer lo que nunca se ha hecho antes y no frenarnos con límites autoimpuestos”, reclamó. El italiano cree que Europa debe abrazar la simplificación de sus reglamentos para poder avanzar. Sobre todo en avances como la Inteligencia Artificial donde, asegura, esas normas pueden comerse la innovación.

Pese a los innumerables diagnósticos y recetas, la UE sigue perdida. Para Karel Lanoo, del Centre for European Policy Studies (CEPS), el mayor reto para Europa es la seguridad y la guerra de Rusia contra Ucrania, que va camino de su cuarto aniversario y que enfrenta ahora unas imprevisibles negociaciones de paz que, de momento, no parecen en absoluto ventajosas para Kiev.

“No se puede hacer como si nada. Algunos no parecen ser conscientes de la gravedad de la situación, que es verdaderamente crítica”, señala por teléfono el experto, que reclama una mayor unidad a los 27 Estados miembros de la UE y una mayor capacidad de reacción. “Carecemos de una estructura supranacional de seguridad y defensa que funcione. Está la OTAN, pero depende totalmente de Estados Unidos”, comenta. “Europa es extremadamente capaz, no debe subestimarse, pero es cuestión de cooperación”.

“Estamos en la situación más difícil y peligrosa desde el final de la Segunda Guerra Mundial”, dijo hace unas semanas la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. Mientras Rusia intensifica sus ataques contra Ucrania y eleva la presión con sus herramientas de guerra híbrida contra Occidente —como las incursiones de drones sobre el espacio aéreo de varios países europeos, las campañas de desinformación o interferencia política— para tratar de desestabilizar, Europa habla de rearme.

La Unión busca fondos para incrementar su gasto militar y toma medidas hasta hace no mucho inéditas: como en Francia, donde se va a recuperar el servicio militar (por ahora voluntario); o en Alemania, donde se han aprobado unos presupuestos con el segundo mayor endeudamiento de la historia, fundamentalmente para defensa; o en Lituania, donde incluso en las escuelas se enseña cómo enfrentar la amenaza rusa. “Espero que no sea demasiado tarde, pero ciertamente es demasiado poco”, incide Lanoo.

Las negociaciones de paz para Ucrania han sido otro baño de realidad para Europa. Y un baño particularmente helado. Estados Unidos y Rusia han puesto los mimbres para un plan que contempla la pérdida de soberanía de Ucrania, con la cesión de territorios ocupados al Kremlin, y crea un problema para la arquitectura de seguridad de Europa. Un plan que se elaboró sin Ucrania y sin la UE, que Kiev y los europeos han tenido que tomar de base para enmendar una serie de puntos que pongan remedio al desaguisado. Eso sí, siempre tomando de base ese plan ruso-estadounidense y cuyo espíritu es que Trump quiere sacar tajada del conflicto, volver a hacer negocios con Rusia y que Europa pague la factura.

“Europa no puede esperar a Washington. Ni tampoco a Moscú. Debe ejercer una política de poder duro y presentar un plan concreto para Ucrania”, remarca Anders Fogh Rasmussen. “Para definir cualquier acuerdo, Europa debe presentar propuestas operativas, empezando por garantías de seguridad respaldadas por una fuerza de reaseguro europea y el uso inmediato de los activos rusos congelados”, sigue el ex secretario general de la OTAN.

“El mejor ejército para luchar contra Rusia son los propios ucranianos. Creo que una fuerza de reaseguro europea tras el frente, no en las trincheras, es lo que se necesita para hacer cumplir cualquier plan de paz. No creo que Putin respete ningún acuerdo formal. Por lo tanto, Europa necesita ofrecer una presencia concreta sobre el terreno en Ucrania para que cualquier acuerdo de paz sea duradero”, dice.

Fogh Rasmussen, uno de los primeros en hablar de blindar a Ucrania con la “estrategia del puercoespín” para disuadir a Rusia de cualquier ataque futuro, ha puesto sobre la mesa una propuesta para que se desplieguen hasta 20.000 tropas europeas tras las líneas en Ucrania para servir como una garantía de seguridad duradera y férrea contra futuras agresiones del Kremlin, y la creación de un escudo aéreo liderado por Europa sobre el oeste de Ucrania, respaldado por hasta 150 aviones.

También que se desbloqueen los activos soberanos rusos congelados por las sanciones en la UE y se empleen en financiar la reconstrucción de Ucrania y la financiación militar a largo plazo; un punto que ahora se debate en la UE, pero que se está antojando difícil por la oposición de Bélgica, el país donde se aloja el dinero. “Cuando Europa pone capacidades sobre la mesa, se convierte en un actor, no en un observador”, zanja el ex secretario general de la OTAN.

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