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Los ‘tories’: cómo acabar con el partido político más antiguo del planeta

Reform, la formación política más joven del Reino Unido, puede superar en las municipales del 7 de mayo al Partido Conservador, a pesar de sus más de tres siglos de historia

Nigel Farage, líder de Reform, posa con candidatos del partido en Chigwell (Reino Unido), el pasado 10 de abril. Carl Court ( Getty Images)

Quizá no haya habido muchos europeos dispuestos a envidiar el clima de Gran Bretaña, pero la admiración por sus instituciones ha sido infalible. La explicación es sencilla: en los últimos dos siglos, Alemania ha conocido la monarquía, la república, el Reich, la partición en dos regímenes antagónicos y el modelo federal. Francia y España no han tenido menos convulsiones, e Italia, durante un buen tramo, ni siquiera existía. Mientras tanto, Gran Bretaña ha seguido todo este tiempo bajo una monarquía parlamentaria bien asentada, sin ...

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Quizá no haya habido muchos europeos dispuestos a envidiar el clima de Gran Bretaña, pero la admiración por sus instituciones ha sido infalible. La explicación es sencilla: en los últimos dos siglos, Alemania ha conocido la monarquía, la república, el Reich, la partición en dos regímenes antagónicos y el modelo federal. Francia y España no han tenido menos convulsiones, e Italia, durante un buen tramo, ni siquiera existía. Mientras tanto, Gran Bretaña ha seguido todo este tiempo bajo una monarquía parlamentaria bien asentada, sin un solo amago revolucionario desde el siglo XVII. Su vida política ha tenido, sin duda, refriegas y escándalos severos. Lo que llegaba a las costas del continente era, en cambio, la estabilidad de su sistema parlamentario, “igual que el mar más agitado parece”, como escribe un viajero del XIX, “desde la distancia de una cumbre, un lago plácido”. Esa seducción no solo es cosa del ayer: Tony Blair y David Cameron inspiraron el cambio de partidos progresistas y conservadores en todo el mundo. Y Margaret Thatcher sigue proyectándose con fuerza —Ayuso, Vox— entre nosotros.

Han bastado, sin embargo, 15 años para alterar por completo ese “lago plácido” de la institucionalidad británica. El referéndum, una herramienta ajena a su tradición constitucional, se ha empleado dos veces. Solía decirse, citando a Disraeli, que “Inglaterra no ama las coaliciones”: pues bien, hemos visto al conservador David Cameron y al liberal Nick Clegg forjar un Gobierno conjunto, cuando tuvo que mediar una guerra para que el conservador Winston Churchill y el laborista Clement Attlee forjaran el último. El Reino Unido, además, quizá esté menos unido una temporada: por primera vez en la historia, Escocia, Gales e Irlanda del Norte pueden tener gobiernos regionales independentistas al mismo tiempo. Suma y sigue: el bipartidismo británico parece pertenecer al pasado, recién reconvertido a un sistema multipartidista en el que cuatro enseñas —Reform, Laboristas, Conservadores y Verdes— distan entre sí menos de 10 puntos en los sondeos. Sí, quien piense que una rara agitación recorre la política británica, acierta: acabamos de conocer que, al cumplirse una década del Brexit, una sólida mayoría de los británicos apoya el regreso a la Unión Europea.

El mayor cambio de este tiempo, sin embargo, lo resumió el líder de Reform, Nigel Farage, cuando superó en afiliados a los conservadores: “El partido político más joven de la política británica acaba de adelantar al partido político más antiguo del mundo”. Era diciembre de 2024, y año y medio después Reform ya vaticina que los tories, cuya historia comienza en 1678, van a “dejar de ser un partido nacional” tras las elecciones locales y regionales del 7 de mayo. Esto ocurre solo siete años después de que consiguieran —con Boris Johnson en 2019— su mayoría más rotunda desde antes de la guerra de las Malvinas.

La importancia de estos comicios es superior a la habitual precisamente por el posible adelantamiento de Reform. En las municipales de Inglaterra se prevé ventaja firme. En Escocia, Reform es segundo tras el SNP. Y en Gales lucha con los nacionalistas del Plaid Cymru por la primera posición. En el global británico, los de Farage llevan un año liderando las encuestas: han incorporado a notables tories e incluso a algún laborista, con el cuidado de no parecer un garaje de viejas glorias. Reform se ha dotado de estructura para no ser el partido de un solista. Y el propio Farage, ahora que vienen peor dadas, ha intentado marcar distancias con Donald Trump. Como fuere, el milagro más importante de Reform coincide con la singularidad de más peso en la política británica: los ciudadanos van a votar marcados por el malestar del Brexit precisamente al partido que más ayudó a hacer realidad el malestar del Brexit. Mientras, los tories siguen pagando por los desastres de Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak.

Podría parecer que la única buena noticia de este periodo electoral para las filas conservadoras es que va a haber una redistribución del infortunio con los laboristas. El primer ministro, Keir Starmer, puede irse de un momento a otro: si sigue en Downing Street para las elecciones, los resultados tal vez animen a derrocarlo. No en vano, se espera que el laborismo deje de tener la mayoría en la Cámara de Gales por primera vez desde su fundación en 1999. El panorama, con todo, es algo más matizado que antes para los tories. Reform ha reducido en siete puntos su ventaja desde septiembre hasta hoy. Es un lugar común hablar de “la recuperación” de Kemi Badenoch: la líder conservadora ha encadenado buenos debates y discursos, y ha mostrado carácter al expulsar a Robert Jenrick, su antiguo contendiente en las primarias, antes de que este anunciara su marcha a Reform. Farage, en fin, paga algún plato de los que está rompiendo Trump. Con todo, es posible que Badenoch se limite a causar menos rechazo sin causar mayor admiración. Al final, una de sus fuerzas es que las elecciones de 2029 están lejos. Y que las derrotas tories ya no son novedad.

Poco antes de caer en desgracia, Peter Mandelson ofreció a los conservadores alguna reflexión basada en su propia experiencia como laborista en los años —­primeros ochenta— en que los socialdemócratas del SDP superaron el 50% en los sondeos. Ciertamente, están en manos de un Farage que acertará si es visto como disruptivo y se equivocará si parece —a decir de Mandelson— un extremista. A la vez, Badenoch debe distanciarse del legado de los últimos gobiernos tories y construir credibilidad en materia económica para revivir la confianza de empresas e inversores. Los socialdemócratas terminaron por tener un efecto galvanizador en el laborismo: está por ver si los conservadores experimentan lo mismo con Reform.

En un momento de bravura, el antiguo líder conservador William Hague afirmó que “los valores del partido tory se remontan a los tiempos en que Wilberforce liberaba a los esclavos (…) y Pitt llamaba a la guerra contra la tiranía”. Épicas aparte, si algo ha sabido el torismo en estos años —­en estos siglos— es condensar las paradojas de la vida británica hasta hacerse acreedor del título de “partido natural de Gobierno” en el Reino Unido. Y sí: ha sido el partido del racista Enoch Powell y de la hija de nigerianos Kemi Badenoch. El partido de los euroescépticos que un día, sin embargo, se llamó a sí mismo “el partido de Europa”. El partido del Imperio pero también el de “los vientos de cambio” descolonizadores de Harold Macmillan. El partido de los intervencionistas de posguerra y la desregulación de los ochenta. El partido de la aristocracia y el de los chicos de Brixton como John Major. Una derecha tradicional que, sin embargo, abrazó políticas rompedoras como la extensión de la educación pública. Augusto Assía, el periodista español que mejor observó a los británicos, dejó escrito cómo “mientras otros pueblos se han debatido en desatar el nudo gordiano de la contradicción, los ingleses la han convertido en eslabón de su unidad”. Es un talento que hay que reconocerles a los conservadores británicos. Pero quien ya amara poco a los tories, que se prepare para los nuevos populistas.

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