Campamentos de cartón: historia de un fracaso social
A muchos les dan miedo las personas sin hogar desde la otredad. A mí me lo dan desde la empatía. Porque solo hay un puñado de malas elecciones que nos separan de una vida en la calle
En mi barrio hay unos soportales que los días de lluvia se convertían en refugio por donde transitar seco y tranquilo. Conjugo en pasado porque desde hace meses están colonizados por casuchas efímeras que impiden el paso. Todo empezó con un colchón y unos cartones de Ikea. Parecía una caja de cerillas mullida y gigante, solo que dentro, en lugar de cerillas, había un señor. Después apareció otra caja de señores y una tercera. Al poco tiempo se fueron sumando cartones más verticales, construcciones más complejas, reforzadas con lonas y cuerdas. Poco a poco aquello empezó a parecer una ciudad en...
En mi barrio hay unos soportales que los días de lluvia se convertían en refugio por donde transitar seco y tranquilo. Conjugo en pasado porque desde hace meses están colonizados por casuchas efímeras que impiden el paso. Todo empezó con un colchón y unos cartones de Ikea. Parecía una caja de cerillas mullida y gigante, solo que dentro, en lugar de cerillas, había un señor. Después apareció otra caja de señores y una tercera. Al poco tiempo se fueron sumando cartones más verticales, construcciones más complejas, reforzadas con lonas y cuerdas. Poco a poco aquello empezó a parecer una ciudad en miniatura, un ruinoso Skyline patrocinado por Ikea, Sklum o Amazon. Veo ese castillo de embalajes y no puedo evitar pensar en el lobo de Los tres cerditos, son refugios al borde del derrumbe, podrían venirse abajo si uno suspira con la tristeza suficiente.
En mi barrio hay un parque lleno de árboles y césped. En los últimos meses, han empezado a florecer tiendas de campaña con profusión micológica. Si ignoras la miseria y la suciedad, dan un toque colorido y alegre, parece un campamento de verano improvisado en medio de la ciudad. A veces busco con la mirada entre las tiendas para ver si de alguna sale una cara conocida. Antes paseaba por allí con mi perro, pero su desagradable afición coprófaga (parece ser que las tiendas no tienen cuarto de baño) hace poco recomendable el paseo, así que hemos empezado a buscar rutas alternativas.
En mi barrio hay cada vez más mendigos. Creo que ahora no se llaman así. Lo correcto es decir personas sin hogar, o en situación de sinhogarismo. Hablamos de ellos cada vez con más respeto, con perífrasis más elaboradas, muros de palabras para designar algo que percibimos como lejano y terrible, pero que tenemos ahí al lado. Solo reparamos en ellos cuando molestan. Su drama vital solo nos interpela cuando tropezamos con su miseria. O cuando un alcalde racista e inhumano los desaloja de un antiguo instituto en lo peor del invierno. Cuando manchan la imagen pulcra y futurista del aeropuerto de Madrid. Entonces los cambiamos de sitio como si fueran muebles. Intentamos esconderlos o desperdigarlos por la ciudad, pero su miseria cada vez es más evidente. Y la nuestra.
A muchos les dan miedo las personas sin hogar desde la otredad. A mí me lo dan desde la empatía. Porque me veo en ellas, porque tengo la certeza de que solo hay un puñado de malas decisiones que nos separan de una vida en la calle. En los pequeños vecindarios de cartón hay problemas de adicción, divorcios, despidos y situaciones de migración irregular. Hay problemas de salud mental que los alejan de su familia y amigos, que los incapacitan para trabajar. Luego la calle lo agrava todo, la intemperie te vuelve loco, te roe los huesos y te aísla del mundo. El barrio agradable y tranquilo por el que yo paseo puede ser un infierno si pasas suficiente tiempo en él. Yo doy una vuelta por sus calles y luego me refugio en mi casa, pero para ellos es un páramo inhóspito que te destruye. No tienen ninguna casa en la que entrar, así que es un lugar del que no pueden salir.
Este verano, en el parque donde ahora hay decenas de tiendas de campaña —entonces solo había una— conocí a una mujer. Era deslenguada, excesiva y paranoica. Yo le seguía la charla de cortesía mientras nuestros perros jugaban, pero siempre intuí algo raro agazapado en el fondo de su mirada. Aunque hablaras directamente con ella, sus pupilas parecían divagar, como si su atención estuviera ligeramente desenfocada. Era histriónica en su aspecto; parecía vestida de retales, con capas y parches de combinaciones imposibles. Más que maquillada, iba garabateada. Sus ojos parecían tachados por el perfilador, lo que le daba una apariencia egipcia y resacosa; su boca era una explosión furiosa de rojo.
Los perros entienden muchas cosas antes que los humanos, y el mío empezó a ladrarle hace unos meses. El suyo contestaba con furia, así que nuestras interacciones se limitaron entonces a breves saludos maquinales y miradas de disculpa. Una tarde de verano me sorprendió verla pasear sin zapatos. Otra, me llamó la atención su peste a alcohol, penetrante incluso en la distancia a la que obligaban nuestras mascotas. A principios de septiembre la vi dormir en bancos y soportales y empecé a entender. Hace meses que no me la encuentro. No sé si la calle dejó de ser para ella un lugar agradable por el que pasear y se convirtió en una intemperie que desquicia. No sé si vive escondida en una de esas tiendas de campaña donde busco su cara. En realidad no sé si vive en absoluto.
Tiene un evidente problema mental, pero no sé si está tratado; quizá dejó la medicación, una pastilla al día es todo lo que nos separa de una vida en la calle. La suya es una tragedia individual. Pero hay en Madrid 4.400 tragedias individuales, más de 40.000 en toda España. Su historia forma parte de algo más grande y terrorífico. Algo que deberíamos afrontar de forma urgente como lo que es: un enorme fracaso social.