Opinión

La juventud, divino tesoro, vista por una médica de salud sexual

“Pasar consulta en una Unidad de Salud Sexual y Reproductiva te da una idea bastante aproximada de cómo está el patio”, afirma la doctora Mónica Molner

Un joven consultando un móvil.OSCAR CORRAL

La tormenta se acerca, los primeros destellos anuncian su inminencia y desde el interior de la piscina comunitaria un joven grita: ¡Venga, que viene el rayo!

No hace falta ser electricista para saber que puedes morir electrocutado ¿verdad?

Así nos va, con inconscientes que demuestran su ignorancia o su sobredosis de adrenalina que, en extremo, pueden resultar un peligro para los demás.

Soy de la generación bisagra entre el despertar tras una dictadura y el “todo vale” imperante de ahora con el agravante de que cualquiera puede tener en sus manos un arma de destrucción masiva neuronal que nuestros abuelos ni imaginaron, llamada móvil.

Del morbo rayado del Canal Plus, al porno para menores sin filtros.

Lo que antes era “Vírgenes hasta el matrimonio” ahora es un “A ver si puedes serle fiel” en programas de televisión que demuestran el nivelazo que tenemos.

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Pasar consulta en una Unidad de Salud Sexual y Reproductiva te da una idea bastante aproximada de cómo está el patio. En la Comunidad Valenciana disponemos de unas 80, donde administrativas, enfermeras, sexólogas/os y médicas/os formamos un equipo que ya quisiera la Marvel, para resolver los problemas que nos plantean y que, en ocasiones, parecen más guiones de El club de la comedia que consultas reales.

En la Malvarrosa (Valencia) nuestro censo es tan grande como variado.

Si en menos de un año una chica solicita, por tercera vez, pruebas para detectar infecciones de transmisión sexual o, en la misma semana, dos chicos consultan para esas mismas pruebas por tener secreciones, que ya tuvieron anteriormente diagnosticadas como gonorrea, tenemos un problema de base.

Un embarazo puede verse desde diferentes perspectivas, la chica de 16 años que quiere seguir adelante en contra de la voluntad de su madre que le monta una bronca en la consulta difícilmente reproducible, mientras otra te pide con 20 años pruebas de infertilidad, también está la que quiere escuchar el latido del embarazo que va a interrumpir o, la que te pide la foto para su pareja.

Si sobre mi cabeza aparecieran bocadillos cuál cómic, con los emoticonos de lo que pienso, se darían circunstancias un tanto incómodas que la templanza y la paciencia evitan.

En esos momentos, recuerdo las collejas de la gran Amparo Baró en la serie 7 vidas.

Con los correos que recibimos se hace patente que, tanto la lectura como la educación sexual, son asignaturas pendientes, no sólo por las faltas de ortografía, sino porque a pesar de toda la información que damos y los folletos que se llevan o, que incluso firman (antes de ponerse dius o implantes), la conclusión es que NO LEEN, porque cómo explicar, que una semana después de iniciar un método, estén llamando, o, intentando contactarme por redes sociales, porque les pasa algo que ya les avisaste que podía ocurrir, y te das cuenta que el mundo se ha llenado de Dorys (amiga de Nemo) incapaces de retener información.

Lo que nuestras madres sudaron para conseguir una píldora y ahora, como quién elige gominolas a la entrada del cine, la generación “En plan” te pide directamente lo mismo que usa su amiga sin pensar que hablamos de medicamentos con posibles contraindicaciones y secundarismos.

Está la que quiere un implante sin saber lo que es, o aquella que le molestaba mucho el diu del brazo, aunque en su tarjeta indicaba hasta el lote del implante que llevaba.

Ahora con 3 semanas algunas ya consideran que tienen pareja estable.

A pesar de mi juventud madura, me siento a veces a años luz de una población que considera como música el reggaeton, que no escucharon a Aretha Franklin ni le ponen cara a David Bowie. Muchos de sus referentes basan sus contenidos en un sexo centrado en el coito con relaciones más tóxicas que la infusión de baladre.

Si a eso añadimos, empresas que mercadean sus productos gracias a sus clientas cargadas de filtros y postureos, o la exposición constante en redes de imágenes subidas de tono, tenemos la tormenta perfecta.

Si pudiera como Indiana Jones viajar en el tiempo, intentaría arreglarlo, pero para eso, tendría que saber, en qué momento se nos fue todo esto de las manos.

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