Independentismo europeo
Los depredadores putinistas y trumpistas se relamen ante la presa fácil que representan unos europeos desunidos
El independentismo está en auge. Pero no el catalán o el vasco sino el europeo. Encuentra su expresión entre gobernantes y responsables de las instituciones de Bruselas, como la dócil Ursula von der Layen, el conservador canciller Friedrich Merz o el centrista Emmanuel Macron. Si Putin amenaza a Europa militarmente con su guerra en Ucrania, Trump constituye una amenaza no menos grave a su soberanía, con sus ambiciones sobre Groenlandia, sus exacciones arancelari...
El independentismo está en auge. Pero no el catalán o el vasco sino el europeo. Encuentra su expresión entre gobernantes y responsables de las instituciones de Bruselas, como la dócil Ursula von der Layen, el conservador canciller Friedrich Merz o el centrista Emmanuel Macron. Si Putin amenaza a Europa militarmente con su guerra en Ucrania, Trump constituye una amenaza no menos grave a su soberanía, con sus ambiciones sobre Groenlandia, sus exacciones arancelarias, sus pretensiones de liberar de cualquier regulación europea a sus grandes empresas tecnológicas y la guinda política de su descarada interferencia electoral para que entren en los gobiernos los partidos de extrema derecha.
De prosperar las ofensivas en curso, la construcción europea sufrirá un serio revés, que puede conducir hasta la fragmentación y el regreso a las históricas y nefastas rivalidades nacionales que llevaron a la guerra entre europeos en multitud de ocasiones. La unidad europea ha sido siempre un requisito para existir en el mundo global, pero ahora es una exigencia defensiva ante el peligro existencial del cerco imperial y autoritario, que es militar desde el Este y multifactorial (arancelario, ideológico, tecnológico y finalmente geopolítico) desde el Oeste. Si cada socio europeo por sí solo no contaba para existir globalmente, todavía menos para defenderse ante los ofensivas contra su soberanía en el mundo multipolar.
En este difícil horizonte, los independentismos menores convienen a los adversarios de Europa, como se ha visto con el Brexit. Quienes quieren emanciparse de Bruselas, como Hungría y Eslovaquia, y muchos otros socios si las extremas derechas siguen avanzando, terminarán arrodillados ante Putin o Trump, incluso ante ambos a la vez, sin soberanía europea y sin soberanía nacional. Idéntico destino les espera a los independentismos minúsculos de las naciones sin Estado que no han sido sabido encauzar sus aspiraciones de libertad en democracia a través del federalismo europeo, primero desde sus correspondientes Estados socios y luego en el conjunto de la Unión.
La quimera de la Europa de los pueblos y de las viejas naciones históricas surgidas del nacionalismo romántico interesa tanto a los depredadores putinistas como a los trumpistas. Ambos se relamen ante la presa fácil que representan unos europeos débiles y desunidos. No es una novedad en la historia. Dividir políticamente es una táctica imperial, pero fragmentar es una estrategia geopolítica para evitar que crezca una fuerza capaz de retar e incluso vencer al imperio dominante.
El nazismo promovía a los pequeños nacionalismos etnicistas en el mapa de su Europa alemana, como ahora desde la Casa Blanca y el Kremlin se vitupera la unidad europea, se ensalza las viejas naciones y, si hace falta, se promueve la secesión de los pequeños pueblos. La única independencia efectiva, en paz, libertad y democracia, no es la de Somalilandia, que tanto le gusta a Carles Puigdemont, o la de Groenlandia, como pretendía Trump para hacer con ella lo que Putin hizo en Crimea, sino la de la Unión Europea respecto a los tres imperios, el ruso, el chino y el americano.