Dalmau y las diez manos tendidas
Lo único positivo de esta implosión es que, tal vez, la movilidad del día a día de centenares de miles de personas se convierta por fin en una prioridad política
El 22 de octubre de 2006, en plena campaña de las elecciones que llevarían a José Montilla a la presidencia de la Generalitat, las obras del AVE provocaron averías en los trenes de cercanías. La prensa hablaba de “colapso”. Albert Dalmau no tenía edad para votar. La prioridad era la alta velocidad, por lo que sea, tal vez porque permitía inversiones más grandes, tal vez porque facilitaba sacar pecho ante el mundo, o quizás por algún otro motivo que se me escapa. Va para 20 años desde aquello y, ciertamente, una cosa ha cambiado: Albert Dalmau ya vota. En cambio, la degradación de Rodalies se ha mantenido en un crescendo ininterrumpido, las quejas por el servicio han llegado a convertirse en un tópico y son ya la primera idea del humorista principiante que busca un chiste fácil para granjearse la complicidad del público.
Hasta que ha llegado la tragedia, la muerte de un maquinista en prácticas, y el colapso general del sistema; lo único positivo de esta implosión es que, tal vez, la movilidad del día a día de centenares de miles de personas se convierta por fin en una prioridad política. Ni que sea porque, aunque no se trate de un asunto para lucir en la Wikipedia de ningún dirigente, sí que puede llevarse por delante a un Gobierno.
Una combinación diabólica de caos ferroviario y osteomielitis púbica ha empujado hasta la primera línea de combate a aquel chaval que no pudo votar a Montilla, y que empezó a militar en los momentos más difíciles de la historia reciente del PSC. Se me ocurren algunos planes más sugestivos que estrenarse como president de la Generalitat en funciones con una comparecencia tras la semana fantástica de Rodalies.
Este miércoles, en una sesión monotemática de preguntas de la oposición y en su comparecencia posterior sobre el mismo asunto, Dalmau no ha aparentado estar acusando la presión. Se le veía seguro, sin alzar la voz, manteniendo el volumen constante. Sólo en su última intervención, después de casi cinco horas de debate, hemos podido escucharlo titubear levemente en algún final de frase. El mensaje estaba claro: lo ocurrido ha sido una desgracia, el Govern ha hecho lo que debía en cada momento (defendiendo a la consellera de Territori, Sílvia Paneque, a la que casi toda la oposición pide defenestrar), y una oferta de pacto para resolver los problemas de Rodalies.
Fíjense si tenía claro este punto que ha repetido hasta en diez ocasiones el concepto “mano tendida”. Y ocho veces “humildad”, que también conviene cuando uno quiere llegar a acuerdos. La sombra del ausente, Salvador Illa, se ha colado en el discurso del conseller de la Presidència cuando ha hablado de “política útil” y ha descartado “soluciones mágicas”. Porque eso es lo que promete el PSC postpandemia y postprocés: hacer lo posible. Sin más alegrías. Y sin plazos demasiado concretos, lo que comporta, en consecuencia, que evaluar el cumplimiento de la promesa se convierte en algo opinable y relativo.