El peregrinaje cruel de quienes buscan a los desaparecidos: “Es un infierno, no podemos más”
El descarrilamiento deja al menos 40 fallecidos y más de 150 heridos
A las puertas del centro cívico Poniente Sur de Córdoba se agrupaban desde el medio día de este lunes familias deshechas que buscaban el rastro de hermanas, maridos, nueras, niños, nietos. Llevaban toda la noche peregrinando entre hospitales públicos y privados de la ciudad, comandancias de la Guardia Civil, morgues, mostrando una foto, deletreando nombres, repitiendo lo mismo: “No sabemos nada”. Todas han desembocado en el último punto de este particular calvario que para muchos comenzó con una llamada de teléfono, un mensaje de WhatsApp o un vuelco al ver las noticias mientras cenaban en sus casas de Huelva, Madrid o Málaga. Y al llegar la noche, muchos seguían en el mismo punto, en el lugar donde lo único que pueden hacer, con una botella de agua en la mano, es esperar. Y mientras lo hacen, no encuentran el tiempo verbal correcto para hablar de quienes viajaban en esos malditos vagones: pues esta treintena de pasajeros no están, pero ni siquiera saben dónde ir a llorarles.
Junto a la plaza de toros de Córdoba desfilaba un rosario de familias deshechas. Escoltadas por la policía, atravesaban el cordón policial y entraban a un recinto, diseñado para la atención ciudadana, que se ha convertido durante todo este día en un punto neurálgico del dolor de esta tragedia. Un lugar cerrado que aglutinaba todos los miedos, la impotencia, la desesperación. El último punto de un peregrinaje cruel para quienes no tenían una respuesta, donde les prometían una información que no llegaba y no llegó para muchos pasadas las 20.00. Con casi 24 horas de terror instaladas en el cuerpo, este espacio de llantos y silencios albergaba a otras decenas de víctimas colaterales de este accidente que se ha cobrado la vida de al menos 40 personas.
Nawal y su familia decidieron volver al lugar donde todo ocurrió. Después de buscar a su hermana Yamila, de 45 años, en hospitales en Córdoba, regresaron a Adamuz, a 40 minutos de allí. No podían acceder hasta el punto exacto de la colisión de los trenes, así que preguntaron en el Hogar del Pensionista. Allí ya no había nadie, las últimas familias que habían acudido buscando respuestas se habían ido hacia el medio día, dirigidas por las autoridades hasta Córdoba. Pero ellos, como muchos otros, iban y venían de un punto a otro, detenerse no era una opción. Nawal iba traduciendo a sus familiares: “Dicen que no hay información”.
Yamila había pasado el fin de semana en Málaga con su marido, pues él trabaja allí y ella en Madrid. Iba en el vagón número 8 del tren Iryo, justo uno de los que descarriló y fue arrollado por la cabecera del otro tren que iba a Huelva. “Estábamos hablando con ella por videollamada, cuando de repente el móvil se cayó y escuchábamos a gente gritar, mucho ruido. La cámara seguía activada, no veíamos nada, pero escuchábamos todo. Luego intentamos durante dos horas llamarla de nuevo y ya nunca pudimos”, cuenta su hermana. El móvil lo han recuperado porque un pasajero lo encontró sonando sin respuesta. La familia de Yamila lleva horas sentada esperando dentro del centro y según cuenta a EL PAÍS “la noche será muy larga”.
Rafa busca a su nuera, tiene 26 años, uno menos que su hijo, militar, que vive en Madrid y se despidió de ella la noche del domingo después de que pasaran unos días juntos. También esperan junto a decenas de personas en el centro cívico alguna respuesta. Ella regresaba a Lepe, Huelva, viajaba en el vagón número uno, el que se estrelló contra el coche de Yamila. Mientras su hijo iba de un sitio a otro de la ciudad esperando alguna respuesta, Rafa y su mujer no entendían por qué todavía a las 15.30 no sabían si su nuera es una de las víctimas que ha comunicado el Gobierno autonómico, si estará todavía atrapada entre los hierros, si quizá, simplemente no han podido localizarla.
Hacia la media tarde, el limbo en el que se había convertido el centro de Córdoba para los familiares se había vuelto también en un espacio tenso, donde algunos familiares se empezaban a desesperar. Mientras Rafa trataba de contactar con su mujer, una familia cruzaba llorando el cordón policial que mantiene una distancia entre los familiares y la prensa: “No nos dicen nada aquí. Nos vamos a buscar a otra parte”, contaban. No quiso aclarar a qué otra parte. Si acaso existía otro lugar más en la provincia de Córdoba donde buscar.
“Cuatro de mis familiares siguen desaparecidos, pero me acaban de llamar para decirme que han encontrado a la pequeña de cinco años”, contaba a este periódico Germán, uno de los familiares que se encontraba en el centro, al salir corriendo camino a su coche. Clara Molero, una psicóloga de Renfe que ha estado atendiendo a familiares que se alojaban en hoteles, pasa el cordón policial para entrar en el centro y seguir ayudando. “Hay de todo, hay gente que está muy mal y otros que tratan de mantenerse positivos”, sostiene Molero.
Otra de las psicólogas, Lourdes Escobar, salía a la calle al caer la noche y describía un ambiente de “desesperanza”. “Las familias llegan con mucha incertidumbre y mucha angustia, pero según van pasando las horas la espera se va haciendo aún más angustiosa”, contaba Escobar frente a los medios. La trabajadora de Cruz Roja aseguraba que ellos “seguirán en el centro mientras queden familias que aguardan noticias”.
El peor de los escenarios se ha hecho realidad para algunas familias que, entre la esperanza y la angustia, han recibido en el centro la confirmación de la muerte de sus seres queridos tras el cotejo de las pruebas de ADN. Una mujer salía del recinto precintado buscando a un familiar que tras la noticia ha salido corriendo muy nervioso. “He perdido a mi hermano, su hijo y sus dos nietos”, decía conteniendo las lágrimas.
Unos minutos antes, un hombre acompañado de su esposa, su hija y su yerno, se acercaba al recinto preguntando por dos adultos y un niño. “No tenemos ni idea, no podemos más, estamos viviendo un infierno”. Mientras hablaba, en la puerta se comentaba el milagro de la niña de seis años, que había aparecido milagrosamente viva, después de que su familia entera falleciera entre los hierros. Todos de Punta Umbría, Huelva. Y su historia resonaba a las puertas de este centro mientras otros familiares acudían buscando a pequeños como ella. La niña salió ilesa de los pedazos del tren mientras en él acababan de morir sus padres, Félix y Cristina, su hermano Pepe, de 12 años y su primo, también Pepe.
Una joven abandonaba el edificio abrazada por su familia y pedía ayuda para encontrar a su novio, el malagueño Jesús Saldaña García. Saldaña viajaba en el tren de Iryo siniestrado porque era cardiólogo en el Hospital de la Paz en Madrid. Según cuenta, le recogió una ambulancia, pero tras recorrer los hospitales no han logrado dar con él. Fuentes hospitalarias cuentan a EL PAÍS que, pese a que todos los centros estaban preparados desde la madrugada para recibir a decenas y decenas de heridos graves, la realidad es que la mayoría fallecieron antes de lograr ser atendidos.
Para las familias que siguen llegando, el centro seguirá abierto toda la noche y contará con una veintena de psicólogos del equipo de respuesta inmediata de la Cruz Roja. Durante estas últimas horas, los trabajadores se han encontrado una situación muy dura en la que los familiares les han trasmitido “la agonía de no tener información”, según ha explicado su portavoz, Ignacio Romero.
Frente a las puertas de ese mismo centro, cerca de las 18.00, una mujer se acababa de enterar de que el familiar que esperaba era uno de los fallecidos. La mujer lloraba desconsolada y gritaba: “¡Ay, por Dios, no puede ser!”. Otra más joven lloraba mientras hablaba por teléfono. Los psicólogos sabían que conforme avanzara la tarde, todo se iba a complicar.
El presidente de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, explicaba ante los medios la mañana del lunes que la lentitud en la identificación de los cuerpos se debe a que “muchas de las personas son difícilmente reconocibles”. El barón del PP insistía en que este grupo de familias sin respuesta era la máxima prioridad del día después de la tragedia: “Sacar cuanto antes del sufrimiento a esas familias rotas. No va a ser rápido el trabajo técnico”, advertía el presidente autonómico. Antes del mediodía quedaban al menos ocho cuerpos por rescatar del lugar y no podían garantizar que no hubiera más atrapados. “A medida que pasan las horas se va haciendo más angustioso”, explica una de las psicólogas que están tratando a los familiares.