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Por el barrio de Urca, el litoral desconocido y sosegado de Río de Janeiro

Esta zona al sur de la ciudad brasileña es un remanso de paz frente a las siempre concurridas Ipanema y Copacabana. Está nutrida de casas históricas y sitios para comer y tiene las mejores vistas a la sombra del Pão de Açúcar

Personas disfrutan de las vistas desde la Mureta da Urca, en el barrio de Urca de Río de Janeiro (Brasil).Pedro Costa Simeao ( GETTY IMAGES )

Tras bordear el kilométrico paseo que une Leblon con Ipanema y el malecón de Copacabana, famoso en el mundo entero por las baldosas zigzagueantes en blanco y negro que remodeló Roberto Burle Marx en los años setenta, aterrizar en el pausado barrio de Urca se siente casi como un espejismo entre el ajetreo y la vida a pie de calle de los que gozan las playas de Río de Janeiro. Un reducto residencial al sur de la ciudad brasileña que seduce a su clase alta con alma bohemia, y que coloniza el encuentro entre la bahía de Guanabara y el océano Atlántico. Este es ese tipo de lugares que permite dejar el uniforme de viajero para meterse de lleno en la vida de un local, sintiendo su rutina desde primera hora de la mañana.

Emular a los lugareños con una sesión de jogging por su calzada de piedra durante los primeros rayos de sol es una forma de integrarse en el compás de esta población que araña los 7.000 habitantes, un lugar con más alma de pueblo que de gran ciudad. El ruido de los camiones que abastecen a los contados comercios de la zona se funde con el entrenamiento mañanero del cuerpo de bomberos en la playa de Urca, cuyas modestas dimensiones contrastan con la inagotable arena fina de Ipanema. Un remanso de tranquilidad ajeno a la criminalidad que se atribuye a otras franjas costeras de la ciudad, y que incita a familias y pensionistas cada fin de semana a posar su toalla con miras a la bahía y la estatua de Cristo Redentor, entre un partido improvisado de voleibol, el puesto de aperitivos y caipirinhas o las salidas en kayak de la escuela náutica.

Un imponente edificio de planta racionalista que parece custodiar toda la praia alberga hoy un colegio privado. Construido en 1922 como hotel balneario, entre sus funciones cumplió la de sede del IED en Río de Janeiro y de la Rede Tupi durante casi tres décadas, hasta el cierre en 1980 de la primera cadena de televisión de Brasil. En recuerdo de su pasado televisivo, un bar con el rótulo de Canal 6 despacha a pocos metros el combo favorito de la zona para calmar el hambre a media tarde: una pequeña empanada conocida como pastelzinho junto a una cerveja gelada.

La mente colectiva mantiene sin embargo vivo su recuerdo como el Cassino de Urca, empleo que adquirió en los años treinta de la mano del empresario Joaquim Rolla, quien lo encumbró como el más espectacular de Latinoamérica y parada obligatoria de orquestas internacionales como Whitey’s Lindy Hoppers, con la reina del swing Norma Miller ​al frente. Clausurado en 1946 cuando el presidente Dutra prohibió el juego en todo el país, este lujoso complejo encabezó junto al Copacabana Palace la era dorada del glamour en Río de Janeiro, en cuya barra se alternaban Orson Welles —aquí grabó parte de su película inacabada It’s All True— con Walt Disney o Joséphine Baker. La leyenda se afianzó con el debut de la actriz Carmen Miranda, que actuó casi a diario en su escenario circular hasta que fue descubierta por un productor de cine y su posterior marcha a Hollywood.

La cantante de samba lusobrasileña fue una de las vecinas más ilustres de Urca, propietaria de una pequeña casa en el número 131 de Rua São Sebastião, reconocible por el cartel de Pequena Notável —"pequeña maravilla", en castellano– inscrito en la puerta. A solo cuatro números, en el 135, se encuentra la Casa Benet Domingo, el centro cultural que guarda el legado de esta familia catalana, cuyos miembros reconstruyeron sus vidas en Urca tras el exilio por el franquismo. Ahora ejerce de residencia para artistas con una amplia agenda de actividades durante todo el año.

Aunque sus orígenes se remontan a la época colonial en torno a la fortaleza militar São João del XVIII, el desarrollo moderno de Urca se produjo varios siglos después, con un fachada ilustre de casas históricas —en ocasiones reconvertidas en casas de huéspedes o estudios de yoga—, viviendas del ejército, algunas villas custodiadas por verjas de hierro y áticos acristalados que miran a la bahía. Los cuarteles del ejército en activo la encumbran como el barrio más seguro de la ciudad, con reducidas opciones de alojamiento más allá de pisos turísticos o los hoteles cercanos en la zona emergente de Botafogo.

El interior de la fortaleza guarda, además de una playa privada, un museo de acceso exclusivo a través de visitas guiadas que se deben solicitadar por email. La estela que dibuja este complejo militar bordeando la bahía conecta con uno de los grandes atractivos del barrio para los cariocas: la Mureta da Urca. Es ya una tradición recibir el atardecer que dulcifica el skyline de Río en este dique de piedra con una cerveza en la mano, acompañada de un petisco o un plato de bobó con marisco encargado en el mítico Bar Urca, fundado en 1939. Otra práctica común que hace a uno sentirse como un local es visitar la feria que tiene lugar cada domingo (de 9.00 a 14.00) en la plaza Teniente Gil Guilherme. Un mercadillo de comida, artesanía y flores donde degustar una dulce cachaça con quesos artesanales, encontrar alguna antigüedad o disfrutar de un concierto improvisado.

Un pequeño mirador en la avenida Pasteur, construido con piedras portuguesas que circundan un monumento a la rosa de los vientos, fue testigo de la gran renovación que vivió su malecón como parte del Proyecto Rio-Orla sobre el litoral sur, ordenado por el entonces alcalde Marcello Alencar a comienzos de los años noventa. En la acera opuesta, y como parte del club de vela y pesca de Río de Janeiro, el restaurante Convés inicia la arteria comercial del barrio que culmina en la Rua Mal Cantuaria. En esta calle de apenas medio kilómetro se encuentran la primera iglesia baptista de Urca, varias tiendas de abastos y la oferta culinaria del barrio, donde tomarse desde un vino local (Vinho da Urca), un café de especialidad (Lab Cup) o un postre de açaí (Maria Açaí Urca). También es el lugar en el que adquirir un souvenir diferente, como los objetos que diseña la artesana Teresa Turatti en su taller y tienda de cerámica, mosaico y pintura Kambuchi Ateliê. Unos metros más allá, merece la pena reservar una mesa en el siempre abarrotado Garota da Urca (Av. João Luiz Alves, 56) para disfrutar de su pizza portuguesa tras una mañana de sol y playa.

En lo alto, y desde cualquier punto del barrio, uno se siente protegido por el Pão de Açúcar, el peñasco más famoso de Brasil que surca con los cables de su bondinho el firmamento carioca sin excepción, haya niebla, estrellas o un sol radiante. Esperar la cola para montarse en uno de sus carros suspendidos que conducen a la cumbre (abierto de lunes a jueves, de 8.30 a 20.00) puede parecer una turistada, pero las estremecedoras vistas que ofrece de la ciudad —incluida la de la anatomía de Urca— hace que merezca la pena. Inaugurado en octubre de 1912, el primer teleférico del país ofrece también la visita a un parque custodiado por una densa vegetación, algún mono despistado y las esculturas del artista Carlos Vergara en el Projeto Maravilha.

Descender a pie por el sendero gratuito que recorre el Morro de Urca permite ser testigo de la vida más silvestre que plaga el segundo cerro que forma el peñasco brasileño, el de menor altura y que conecta desde el cerro con la playa de Vermelha, la última parada de este recorrido. Los restos del fuerte militar que aún custodia su costa desvelan el papel estratégico que jugó para la ciudad en el pasado; aquí se acumulan las historias bélicas protagonizadas por corsarios franceses o militantes comunistas. La sangre derramada en este campo de batalla revalorizó el significado de su nombre —Vermelha (Roja)—, llamada así por el tono rojizo de los cristales de roca que pulverizan su arena. Hoy es un lugar tranquilo salpicado de quioscos con mesitas y puestos ambulantes en los que disfrutar de este paraíso urbano casi todos los días del año. La suave brisa del mar, las conversaciones animadas y el sabor dulce de una caipiroska de frutas sellan nuestro idilio con Urca.

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