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Lecciones de un boletín de 1935: ¿por qué la educación no cambia?

Hoy hablamos de escuelas verdes, de aprendizaje-servicio o proyectos interdisciplinares y creemos inventar algo nuevo

Alumnios de aprendizaje y servicio de un centro de Pamplona participan en el diseño y plantación de unos jardines.FESOFIABARAT

Fui alumno de bachiller en las primeras décadas de los noventa, cuando la reforma que supuso la LOGSE se empezaba a cocer pero uno no se daba cuenta.

El instituto donde estudié era conocido popularmente como “el masculino”, como símbolo de lo que fue décadas atrás. Permanecen de él algunos vagos recuerdos; uno de ellos era el de muchas paredes y mesas adornadas con grafitis que decían “no a la Selectividad”. Yo no lo entendía y poco después, cuando acabé COU, me tocó enfrentarme a esta criba que al final no fue para tanto: ya en aquellas épocas casi todo el mundo aprobaba, pero es cierto que a muchos no le valía para entrar en la carrera que querían. Hoy sigue ocurriendo lo mismo.

Que los marcos educativos evolucionan poco me lo terminó por demostrar un buen amigo que, conocedor de que me atraen las rarezas educativas, me mandó un boletín de la Inspección de Primera Enseñanza de Cuenca de finales de 1935. En él, un inspector anónimo denunciaba: “Es una iniquidad el tener a los niños todas las horas de clase sujetos a esos bancos casi siempre antihigiénicos”.

Me llevó a escribir estas líneas la idea de que hay continuismos incómodos. Uno de ellos nace de la idea de que la escuela pública española arrastra inercias estructurales del pasado inmunes al paso del tiempo: el boletín menciona la burocracia asfixiante, las desigualdades territoriales y una tensión permanente entre modelos pedagógicos.

El texto defendía también con pasión la necesidad de abrir la escuela a la vida. Hoy hablamos de escuelas verdes, de aprendizaje-servicio o proyectos interdisciplinares y creemos inventar algo nuevo. La gran pregunta es por qué, a pesar de los reconocidos avances en universalidad y éxito escolar, seguimos moviéndonos en marcos similares de pensamiento.

Este curioso boletín denunciaba también la precariedad de los edificios escolares, y en esto hay unanimidad. Reclamaba que el Estado asumiera la construcción de centros y viviendas dignas para el profesorado rural. Casi un siglo después, seguimos hablando de barracones, de centros saturados, de una escuela rural desatendida y de aulas que se convierten en hornos en junio y se congelan en enero. La historia es tozuda y tiende a retornar a los mismos lugares comunes.

Cuando la escuela pública depende de la voluntad política del momento, sufre. Cuando depende de la burocracia, se ralentiza. Si depende de la heroicidad del profesorado, se agota. Y aquí aparece otro eco del boletín: la crítica a la maraña administrativa que impedía actuar con agilidad. El inspector reclamaba que, si un edificio era necesario, “allí debe ir un arquitecto a levantar los planos y allí debe estar la consignación presupuestaria”. Esta exigencia de eficacia nos suena tremendamente actual a muchos.

Hay otro punto que me parece llamativo del boletín: la crítica a la movilidad del profesorado, descrita con crueldad como “manía” de traslados y permutas. El diagnóstico era injusto, ya que la movilidad no es caprichosa, sino una mezcla de circunstancias laborales y personales que hace muy difícil garantizar cierta estabilidad.

Que quede claro que la crítica al profesorado me parece injusta, pero hay algo interesante que entresaco de esta opinión: es muy difícil consolidar equipos estables en zonas alejadas o de especial dificultad, y esto perjudica mucho a muchos centros escolares. Es precisamente el alumnado más vulnerable el que necesita de más estabilidad, por lo que volver a las lecciones de un boletín de hace casi cien años nos ayuda a repensar incentivos y estrategias para lograr la ansiada permanencia.

La escuela pública es un proyecto inacabado, siempre en construcción, vulnerable a los vaivenes políticos y administrativos.

Tal vez mi amigo me haya pasado este boletín de 1935 porque piensa, como yo, que la escuela pública es un proyecto inacabado, siempre en construcción, vulnerable a los vaivenes políticos y administrativos. Pero también el contenido de este documento histórico me recuerda que nuestro proyecto educativo de país ha sobrevivido a guerras, dictaduras, crisis económicas y transformaciones sociales profundas. Su fortaleza radica en que representa un gran pacto moral entre generaciones que garantiza que cada niño y niña tenga acceso a una educación digna. Y esto está por encima de todo, también de cada uno de nosotros. Pero ese pacto exige inversión sostenida, estabilidad normativa, reducción de burocracia, infraestructuras dignas, ratios razonables y una apuesta decidida por el bienestar del alumnado y del profesorado. Y eso no llega solo.

Algo me enseñó, pues, aquel boletín de 1935. También me enseñaron aquellos grafitis en las mesas del instituto de mi adolescencia. Los marcos de pensamiento se mantienen porque tenemos claro qué es lo que necesitará siempre la escuela para que algo cambie. Falta ahora la voluntad de quienes nos gobiernan: quienes tienen que entender qué subyace tras estas lecciones que, tanto tiempo después, permanecen tan vigentes.

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